Seiscientos años de leyenda nos han contado la historia del invicto, del ronin que jamás perdió un duelo. Pero la historia olvidó mencionar la batalla número 62: la que Musashi libró cada noche contra su propia sombra.
Este libro no es una crónica de cortes y acero, sino el mapa de un laberinto mental. Descubre al hombre detrás del mito, aquel que comprendió que vencer a mil enemigos es insignificante comparado con la tarea de dominarse a uno mismo. Aquí no encontrarás al héroe de piedra, sino al ser humano que sangró en silencio, enfrentando demonios que ninguna katana podría cortar.
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La Semilla de la Discordia
La primera sangre que Bennosuke vio no fue la de un enemigo caído en el campo de batalla, sino la de su propia madre, tiñendo las sábanas de un carmesí que se grabó en sus pupilas antes incluso de que pudiera enfocar la vista.
Nació en 1584, el año de la Cabra de Madera, en una aldea de la provincia de Harima donde el aire siempre pesaba, cargado de la humedad de los arrozales y el humo de las hogueras bajas. No lloró. Mientras otros recién nacidos reclaman su lugar en el mundo con un berrido de vida, él guardó un silencio sepulcral, como si ya supiera que el mundo no tenía intención de darle la bienvenida. Omasa, su madre, fue quien gritó por ambos. Gritó hasta que sus cuerdas vocales se desgarraron, hasta que el sonido se volvió un hilo fino y transparente, y luego, simplemente, el hilo se rompió.
Cuando la comadrona, con las manos temblorosas y manchadas, lo puso en brazos de Shinmen Munisai, su padre, la mujer ya era un cuerpo vacío y frío. Munisai, un hombre cuya alma parecía hecha de hierro y desprecio, no miró la cara del niño. Sus ojos, curtidos por mil duelos, se fijaron en el futón empapado.
—Otro hijo que me quita una esposa —gruñó, y su voz sonó como piedras chocando en el fondo de un pozo.
Esa fue la bendición de Bennosuke. Un nombre que significaba "ayuda", una ironía cruel grabada en su piel desde el primer aliento. En aquel entonces, nadie pronunciaba el nombre de Musashi; era solo un niño pequeño en un mundo demasiado grande y demasiado hambriento.
...La Piel del Demonio...
La aldea de Miyamoto era un lugar de sombras largas. Las casas de madera, ennegrecidas por décadas de lluvias incesantes, parecían encogerse bajo el peso del cielo. Allí, el estigma de Bennosuke no era solo su orfandad materna, sino su propia carne.
A medida que crecía, una enfermedad cruel se manifestó en su piel. Costras rojas y escamosas le brotaban en el cuello, se extendían tras las orejas y le pesaban en los párpados, dándole un aspecto perpetuamente febril. En el pueblo, la ignorancia era la religión predominante. Las mujeres se tapaban la boca al verlo pasar, murmurando que era un castigo de los dioses, que el espíritu resentido de su madre o un yokai del bosque se había instalado en su cuerpo desde el parto.
Los otros niños, crueles por naturaleza y por imitación, lo llamaban Onibaba.
—¡Mírenlo! ¡El niño demonio se está pudriendo por fuera! —gritaban, lanzándole piedras desde una distancia prudencial, como si su desgracia fuera contagiosa.
Bennosuke no huía. Se quedaba allí, con la mirada perdida en algún punto del horizonte, rascándose las llagas hasta que el líquido amarillento y la sangre se mezclaban bajo sus uñas. No jugaba a la guerra con palos como los demás; él ya estaba en una guerra interna contra su propio cuerpo.
...La Sombra de Munisai...
Su padre, Shinmen Munisai, era un maestro del jutte y de la espada, un hombre cuya reputación en el clan Shinmen le otorgaba un respeto nacido del miedo. Para Munisai, un hijo enfermo y silencioso era una mancha en su linaje. No había caricia, solo corrección.
Las lecciones de artes marciales no eran enseñanzas, eran palizas sistemáticas disfrazadas de disciplina. Munisai llegaba a menudo con el aliento pesado por el sake barato, encontrando a Bennosuke en un rincón de la casa, siempre rascándose, siempre solo.
Una noche, la violencia escaló. Munisai lo levantó del suelo sujetándolo con fuerza del cabello, obligándolo a mirar su propio reflejo en una tina de agua oscura.
—¿Duele? —le espetó el padre, con los ojos inyectados en sangre.
Bennosuke, que apenas tenía seis años, asintió levemente. El dolor de las costras al estirarse era insoportable, pero el agarre de su padre era peor.
—Bien —sentenció Munisai, soltándolo para que cayera como un fardo sobre las maderas podridas del suelo—. Que te duela. El dolor es el único maestro que no miente. Si no sientes nada, estás muerto. Y los muertos no sirven para proteger un nombre.
En ese momento, algo cambió en los ojos del niño. El dolor dejó de ser una carga para convertirse en un ancla. Comprendió que la única forma de comunicación que su padre aceptaba era la violencia. Si el mundo quería un demonio, él les daría uno que no pudieran ignorar.
...El Refugio del Espíritu...
Tiempo después, su tío Dorin, un monje de espíritu templado y manos callosas por el trabajo en el templo, decidió intervenir. Viendo que Munisai terminaría matando al niño o volviéndolo loco, se lo llevó bajo su tutela.
En el templo, el aire era distinto. Olía a incienso y a papel viejo. Dorin intentó enseñarle que el mundo no era solo acero y sangre. Le enseñó a sostener el pincel, a trazar los caracteres con la misma precisión con la que se lanza una estocada. Bennosuke aprendió rápido; su mente era una esponja sedienta. Pero la paz era un concepto que no lograba asimilar.
Por el día, escribía sobre la vacuidad y el camino del Buda. Por la noche, el "espíritu" seguía rascándose por dentro. El picor no era solo cutáneo; era una inquietud del alma que exigía acción.
A los siete años, mientras otros niños dormían abrazados a sus madres, Bennosuke dormía con un bokken (palo de madera) corto al lado de su futón. No temía a los bandidos que acechaban los caminos, ni a los lobos del monte. Sus ojos se mantenían abiertos en la penumbra, vigilando la puerta corrediza. No esperaba la iluminación. Esperaba el momento en que su padre cruzara esa puerta para terminar lo que había empezado.
En el silencio del templo, Bennosuke empezó a entender que el vacío no era la ausencia de cosas, sino el espacio donde se gesta la tormenta. Y él era una tormenta que apenas comenzaba a soplar.