*PRÓLOGO*
*Sonya Smith*
El “lo siento” de Noa sonó a disparo antes que el disparo.
Sonya no bajó el arma. No por él. Por Lucía, que estaba detrás, llorando como si no fuera ella quien había puesto el veneno en su café esa mañana. Amigas. Amantes. Traidores.
“Eran los mejores diez años de mi vida,” dijo Noa. Tenía el dedo en el gatillo. No le temblaba. A Sonya siempre le gustó eso de él.
“Fueron,” corrigió ella.
El estruendo reventó la habitación. Dolió menos de lo que pensó. El suelo estaba frío. El techo, blanco. Lucía se arrodilló y le sostuvo la mano mientras se iba. Qué detalle.
Sonya Smith, 30 años, la mujer que desarmó carteles y tumbó gobiernos, murió en el piso de su cocina por confiar en dos personas.
Lo último que pensó no fue en venganza. Fue en silencio.
Por fin, silencio.
Y luego, luz.
NovelToon tiene autorización de Pau Orozco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 1* *Elira Valemot*
El primer error de Sonya Smith fue confiar.
El primer pensamiento de Elira Valemot fue: _no vuelvo a cometerlo._
El techo era distinto. Blanco, con molduras doradas que se descascaraban por la humedad. Olía a lavanda rancia y a polvo. Nada que ver con su apartamento, con los casquillos en el suelo y la sangre de Noa en sus manos. No. La sangre ahora era suya, pero vieja. Un labio partido, costra seca. Un cuerpo que no reconocía.
Intentó sentarse y el mundo se ladeó. Veintidós años, gritaba cada músculo. Débil. Sin callos en las manos. Sin la cicatriz del hombro donde Lucía la había apuñalado "entrenando" hacía seis años. Ese cuerpo no había vivido nada. Y sin embargo, su cabeza estaba llena de muerte.
_Sonya Smith, treinta años, ejecutada en su cocina. Por las únicas dos personas a las que amó._
Apretó los dientes. El dolor del labio le recordó que seguía viva. De alguna forma retorcida, seguía viva.
La puerta se abrió sin tocar.
“Ya era hora de que despertaras, inútil.” La voz de Andrew Valemot cortó el aire como un látigo. Su hermano mayor. Alto, rubio, con el uniforme de la academia militar desabrochado. La miraba desde arriba, con esa mezcla de asco y aburrimiento que Elira no recordaba... pero que Sonya reconoció al instante. Era la mirada de un hombre que se cree superior porque nunca ha sangrado de verdad.
“Padre está furioso. Darian Montclair viene hoy y tú sigues en cama como una enferma.” Escupió las palabras. “Una vergüenza para el apellido Valemot. Otra vez.”
Elira no respondió. Sonya Smith habría contado tres pasos hasta él, una fractura de tráquea, silencio. Elira Valemot bajó la cabeza y se mordió el labio partido hasta que el sabor metálico le llenó la boca. _Calibra. Evalúa. No muestres la mano en la primera ronda._
“¿No dices nada? Claro. ¿Qué podrías decir?” Andrew se acercó a la cama y le tiró un vestido encima. Seda azul, caro, de los que aprietan hasta dejar sin aire. “Póntelo. Péinate. Y por el amor de los dioses, intenta no avergonzarnos. Darian es un santo por cargar contigo. Sofía dice que cualquier otra en tu lugar ya se habría tirado por un balcón.”
Sofía. El nombre le cayó en el estómago como plomo. No lo conocía. Elira no lo conocía. Pero el tono en que Andrew lo dijo, suave, con admiración... Sonya lo tradujo sin diccionario: _amante_.
“Darian... Montclair,” dijo Elira. Su voz sonó rasposa, ajena. Probando el nombre. Probando el cuerpo.
Andrew rodó los ojos. “Tu prometido, por si tu cerebro de pájaro lo olvidó. El hombre que va a salvar a esta familia de la ruina cuando por fin te cases con él. Aunque con esa cara, dudo que quiera consumar nada.”
Se fue dando un portazo. El vestido azul quedó sobre sus piernas como una acusación.
Elira se quedó quieta cinco segundos. Cinco segundos para dejar que la rabia de Sonya hirviera y se asentara. Luego se movió.
Se puso de pie. Las piernas temblaron. Débiles. Inútiles. Tardó veinte segundos en cruzar la habitación hasta el espejo de cuerpo entero. Y lo que vio la dejó fría.
Veintidós años. Cabello negro, largo hasta la cintura, enredado. Ojos grises, demasiado grandes para una cara que había adelgazado por hambre o por pena. Labio partido, pómulo amarillo por un golpe viejo. Era bonita debajo del daño. Del tipo de bonita que los hombres subestiman hasta que es tarde.
Sonya Smith sonrió dentro de ella. _Perfecto. Nadie espera un cuchillo de una muñeca rota._
Revisó la habitación como si fuera una escena del crimen. Porque lo era. Ventana: segundo piso, caída posible pero ruidosa. Puerta: madera gruesa, cerradura simple que podía abrir con una horquilla. Escritorio: vacío. Sin armas. Sin cartas. Sin nada personal. La habían vaciado. A Elira Valemot la habían vaciado mucho antes de que Sonya llegara.
Se vistió con el jodido vestido azul. Apretaba. La dejaba sin aire. Le marcaba las costillas. _Bien_, pensó. _Que vean lo frágil que soy. Que se confíen._
Llamaron a la puerta. Tres golpes, suaves.
“¿Hermana?” La voz de Samantha era miel envenenada. “¿Puedo pasar? Mamá dice que no bajes si no te sientes bien. Aunque Darian y Sofía ya llegaron. Sería una lástima que pensaran que los desprecias.”
Sofía. Otra vez ese nombre.
Elira abrió la puerta. Samantha Valemont tenía diecinueve, el cabello igual que el suyo pero arreglado en rizos perfectos, y una sonrisa que no llegaba a los ojos. Olía a jazmín y a mentira.
“Pobrecita,” dijo Samantha, tocándole el labio con un dedo frío. Elira no se movió. “Siempre tan torpe. Te caíste otra vez, ¿verdad? Andrew está tan preocupado por ti.”
_Mentira_, dictó Sonya en su cabeza. _Microexpresión en la comisura izquierda. Disfruta el dolor. Es cómplice._
“Estoy bien,” mintió Elira. Su voz era un susurro ensayado. “Gracias por preocuparte, Samantha.”
“Claro que sí.” Samantha le ajustó un mechón de cabello detrás de la oreja. El gesto era maternal. El tacto, hielo. “Ven. Darian preguntó por ti. Y Sofía... bueno, Sofía está deseando conocerte. Dice que ha oído _tanto_ sobre ti.”
Bajaron juntas. Cada escalón era un cálculo. Elira contaba salidas. Contaba sirvientes. Contaba cuántas miradas se desviaban cuando pasaba, como si fuera un mal presagio.
El salón principal olía a té caro y a conspiración.
El duque Roderick Valemont estaba de pie junto a la chimenea, rígido en su uniforme. No la miró. La duquesa Cristal Valemot bebía de una taza de porcelana, los ojos perdidos en la ventana. Tampoco la miró. _Padres vivos_, pensó Elira. _Padres inútiles. No vieron los golpes. No verán el cuchillo tampoco._
Y luego los vio.
El conde Darian Montclair era exactamente lo que Sonya esperaba. Treinta y dos, alto, cabello castaño peinado hacia atrás, mandíbula cuadrada. Guapo de esa forma que sale en monedas. Sonreía sin enseñar los dientes. Un político. Un actor. Un hombre que había firmado sentencias de muerte con esa misma boca.
A su lado, Sofía Lauren.
Veinte años. Rubia, ojos celestes, vestido rosa que la hacía ver como un pastelito. Se abanicaba y reía por algo que Darian le murmuró al oído. Cuando vio a Elira, su rostro se iluminó con una preocupación tan falsa que Sonya casi aplaudió.
“Oh, Elira,” dijo Sofía, corriendo hacia ella y tomándole las manos. Sus dedos estaban helados. “Estás pálida. ¿Te encuentras bien? Darian estaba tan angustiado. No ha dejado de hablar de ti en toda la semana.”
Darian no se había movido. La evaluó de arriba abajo, como se evalúa a un caballo enfermo. Su mirada se detuvo en el labio partido medio segundo más de lo necesario. No hubo pena. Hubo cálculo.
_Él lo ordenó_, susurró Sonya. _Él le dijo a Andrew que lo hiciera. O no lo detuvo. Es lo mismo._
“Elira,” dijo Darian por fin. Su voz era profunda, educada. “Espero que te estés recuperando. La caída debió ser terrible.”
No fue una pregunta. Fue una coartada.
Elira bajó la cabeza. Dejó que el cabello le cubriera la cara. Dejó que los hombros temblaran un poco. “Sí, mi señor. Fui... torpe. Como siempre.”
Sofía le apretó las manos, solidaria. “No digas eso. Eres muy valiente. Yo no podría soportar... bueno, todo.” Su mirada bajó al vestido azul, a las costillas marcadas. “Darian, ¿no crees que deberíamos sentarnos? Elira se ve a punto de desmayarse.”
_Quiere que me siente. Que me quede quieta. Que no hable. Que no exista._
“Por supuesto,” dijo Darian. Y por primera vez, la tocó. Una mano en la parte baja de la espalda, guiándola al sofá. El tacto era posesivo. No de amante. De dueño.
Elira se sentó donde la pusieron. Sonya contó las salidas otra vez. Tres puertas. Cuatro ventanas. Un cuchillo de plata junto a los pastelillos.
La duquesa Cristal por fin habló. “Sofía, querida, cuéntanos de tu viaje a la capital. Roderick, ¿no es fascinante lo que la joven Lauren logró con las donaciones?”
Y así, Elira Valemot dejó de existir en la conversación.
Hablaban sobre ella, alrededor de ella, como si fuera un mueble. Andrew comentó lo "difícil" que era su hermana. Samantha suspiró y dijo que "todos hacían lo que podían". Darian asentía con pesar, el prometido abnegado. Sofía le palmeaba la mano a Elira cada tanto, como se consuela a un perro moribundo.
Sonya Smith lo grabó todo. Cada palabra. Cada gesto. Cada mentira.
_Noa me miró a los ojos cuando disparó_, pensó. _Lucía me sostuvo la mano. Dijeron que me amaban. Estos ni siquiera fingen._
Cuando la reunión terminó dos horas después, Elira tenía un mapa completo en la cabeza. Darian y Sofía eran el problema. Andrew y Samantha, los perros. Roderick y Cristal, estatuas inútiles.
Esa noche, cuando la casa durmió, Elira se levantó.
No encendió velas. Sonya no las necesitaba.
Fue a la cocina. Abrió cajones hasta encontrar lo que buscaba: el cuchillo más pequeño, el que usaban para pelar fruta. Lo probó en la yema del dedo. Afilado. _Bien._
Volvió a su cuarto y se paró frente al espejo. Veintidós años la miraron de vuelta, con el labio partido y el vestido azul tirado en el suelo.
Levantó el cuchillo.
No para ella.
Lo apoyó en la madera del marco de la ventana y empezó a hacer muescas. Una por cada mentira que había escuchado hoy. Una por cada vez que Darian la tocó. Una por cada "pobrecita" de Sofía.
Cuando terminó, había treinta y siete marcas.
Sonya Smith había matado por menos.
Elira Valemot apoyó la frente en el vidrio frío y se prometió algo en silencio.
No iba a morir en el piso de una cocina otra vez.
Esta vez, el suelo iba a ser de mármol. Y la sangre no iba a ser la suya.
Afuera, en el jardín, un cuervo graznó.
Adentro, Elira sonrió. Por primera vez, la sonrisa era suya. De las dos.
Quién se atraviese primero y por qué... Montclair o el trono.🤨😈😏😈🙎♀️