Araiya siempre supo cómo debía vivir: sin errores, sin escándalos, sin salirse del camino. La perfección era su refugio… hasta que conoció a Andrés.
Él es todo lo que ella debería evitar. Frío, dominante y acostumbrado a controlar cada aspecto de su vida, Andrés no cree en el amor, solo en el poder. Pero hay algo en Araiya que no encaja en sus reglas, algo que lo desafía… y lo atrae de una forma que no puede detener.
Lo que comienza como una conexión prohibida pronto se convierte en un vínculo intenso, adictivo y peligroso. Entre decisiones impulsivas, secretos y un pasado que nunca deja de perseguirlos, ambos cruzan límites que cambiarán sus vidas para siempre.
Hasta que una traición lo destruye todo.
Cuando creen que ya no queda nada por salvar, aparece lo inesperado: una nueva vida que los une de una manera imposible de ignorar.
Ahora, entre el dolor, el orgullo y las segundas oportunidades, tendrán que decidir si el amor que los rompió… también puede ser el que los salve.
NovelToon tiene autorización de cristy182021 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 4
El silencio no desapareció cuando me alejé.
Se quedó.
Pero cambió.
Ya no era incómodo.
Ni tenso como antes.
Era… consciente.
Como si ambos supiéramos exactamente lo que acababa de pasar…
y lo que estuvimos a punto de hacer.
Y eso…
lo hacía más peligroso.
Me recargué ligeramente en el respaldo del sofá, sin apartar completamente la mirada de ella.
Araiya tampoco se movió de inmediato.
Seguía ahí.
En el mismo lugar.
Con la respiración aún inestable…
y la mano que hace unos segundos estaba en mi pecho… ahora descansando sobre su propio regazo, como si no supiera qué hacer con ella.
Pero sus dedos…
seguían tensos.
La tensión no se había ido.
Solo había cambiado de forma.
Más profunda.
Más difícil de ignorar.
—Esto… —murmuró finalmente, sin mirarme— no estaba en mis planes.
Su voz salió baja.
Casi como si no quisiera romper el momento por completo.
Apoyé los codos sobre mis rodillas, inclinándome un poco hacia adelante.
—Nunca lo estuvo.
Levantó la mirada.
Y esta vez…
no había evasión.
No había distancia.
Solo algo más honesto.
Más expuesto.
—Tú sí cambiaste… —añadió.
Sonreí apenas.
—Tú también.
—No así…
Negué levemente con la cabeza.
—Siempre fuiste así.
Frunció el ceño.
—¿Así cómo?
La miré con más atención.
Sin prisa.
Sin suavizarlo.
—Intensa.
Su respiración se detuvo un segundo.
—No soy intensa…
—Lo eres cuando algo te importa.
Eso la hizo quedarse en silencio.
Porque lo sabía.
Porque era verdad.
Y porque ahora…
ya no podía fingir que esto no le importaba.
Se pasó una mano por el cabello, apartándolo ligeramente de su rostro.
Un gesto simple.
Pero nervioso.
—Esto es demasiado rápido… —dijo.
—No.
Me miró.
—¿No?
—Esto es tarde.
El silencio cayó otra vez.
Pero esta vez…
fue más profundo.
Más personal.
Porque lo que estaba diciendo…
no era algo nuevo.
Era algo que había estado ahí desde antes.
Mucho antes.
—No sé si eso lo hace mejor… —susurró.
—Lo hace más real.
Sus ojos se suavizaron apenas.
Y por un momento…
dejaron de defenderse.
—Todo está mal allá afuera… —añadió—. Mi papá… ese hombre… todo esto…
Su voz perdió firmeza.
Y por primera vez desde que llegó…
volvió a sentirse vulnerable.
No por nosotros.
Sino por todo lo demás.
Me incliné un poco más hacia ella.
No para invadir.
Sino para estar cerca.
—Mírame.
Lo hizo.
Sin dudar esta vez.
—Eso no cambia lo que está pasando aquí.
Sus labios se separaron apenas.
Como si quisiera decir algo…
pero no encontrara la forma correcta.
—Debería…
—No.
Mi tono fue firme.
Pero no duro.
—No todo tiene que romperse solo porque algo más está mal.
El silencio volvió a envolvernos.
Pero esta vez…
no pesaba igual.
Araiya bajó la mirada un segundo.
Luego otro.
Y finalmente…
volvió a mí.
—Me siento… —empezó, dudando— confundida.
—Eso es normal.
—No… —negó—. Esto no se siente como confusión.
Me incliné un poco más.
—¿Entonces qué es?
Su respiración cambió otra vez.
Más lenta.
Más profunda.
—Se siente como si ya hubiera tomado una decisión…
El aire entre nosotros se volvió más denso.
—…pero no quiero admitirla.
Eso…
me hizo sonreír apenas.
No por burla.
Sino porque entendía exactamente a qué se refería.
—Entonces deja de pelear contigo misma.
Ella sostuvo mi mirada.
Más tiempo.
Más directo.
—¿Y si me equivoco?
Negué suavemente.
—Entonces te equivocas conmigo.
El silencio se rompió…
pero no con palabras.
Con algo más.
Con la forma en que dejó de tensar los hombros.
Con la forma en que su respiración se estabilizó poco a poco.
Con la forma en que…
ya no parecía querer irse.
—Esto va a complicar todo… —murmuró.
—Todo ya está complicado.
—Lo haces sonar fácil…
—No lo es.
Hice una pausa.
Mirándola fijo.
—Pero vale la pena.
Sus ojos se quedaron en los míos.
Y esta vez…
no hubo duda.
No hubo miedo inmediato.
Solo esa mezcla peligrosa de emociones que estaba creciendo entre nosotros.
Algo que ninguno de los dos planeó.
Algo que llegó sin permiso.
Pero que ahora…
ya no se podía ignorar.
Porque una vez que lo sientes…
ya no puedes volver atrás.
El silencio no se rompió de inmediato.
Pero algo cambió.
No en el ambiente.
En nosotros.
Porque después de lo que acabábamos de decir…
de lo que no dijimos…
y de lo que casi pasó…
ya no había forma de fingir normalidad.
Araiya seguía mirándome.
No con duda.
No completamente.
Sino con algo más complejo.
Más peligroso.
Como si ya no estuviera huyendo…
pero tampoco supiera cómo quedarse.
—Esto no debería sentirse tan… fácil —murmuró.
Su voz salió baja.
Casi como una confesión.
Negué suavemente.
—No es fácil.
—Se siente así…
—Porque siempre estuvo ahí.
Sus ojos parpadearon lentamente.
Procesando.
Aceptando.
Resistiéndose… solo un poco.
—No quiero equivocarme contigo… —añadió.
Esa frase…
no sonó como miedo.
Sonó como cuidado.
Como si yo importara más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Me incliné un poco más hacia ella.
Sin invadir.
Pero sin esconder lo que estaba pasando.
—Entonces no lo hagas.
Frunció el ceño apenas.
—¿Así de simple?
—No —respondí—. Así de claro.
El silencio volvió.
Pero esta vez…
era distinto.
Más cálido.
Más cercano.
Araiya bajó la mirada un segundo.
Y luego…
la volvió a levantar.
Directo a mí.
—No sé cómo hacer esto…
—No tienes que saber.
—Entonces ¿qué hago?
La miré fijo.
Sin dudar.
—Quedarte.
Su respiración se detuvo un segundo.
Y ahí…
lo vi.
El momento exacto en el que dejó de luchar.
No completamente.
Pero lo suficiente.
Su cuerpo se relajó apenas.
Sus hombros bajaron.
Y su mirada…
ya no estaba a la defensiva.
—Estoy aquí… —susurró.
Y eso…
fue más que suficiente.
Me acerqué un poco más.
Lento.
Sin prisa.
Dándole tiempo.
Dándole espacio…
para decidir si quería detenerme.
Pero no lo hizo.
No se movió.
No retrocedió.
Y eso…
lo cambió todo.
Mi mano volvió a buscar la suya.
Esta vez con más seguridad.
Entrelaçando sus dedos con los míos.
Y esta vez…
ella respondió.
Apretó suavemente.
No fuerte.
Pero firme.
Presente.
Real.
—Andrés… —murmuró.
Su voz ya no temblaba igual.
Había algo distinto.
Más decisión.
Más entrega.
Levanté la mirada hacia sus ojos.
—Dime.
Sus labios se separaron apenas.
Como si fuera a decir algo importante.
Algo que llevaba tiempo guardando.
Pero en ese momento…
un sonido cortó el aire.
Seco.
Inesperado.
El teléfono.
Araiya se tensó de inmediato.
El cambio fue brusco.
Como si la realidad regresara de golpe.
Miró hacia su bolso.
La pantalla iluminándose en la oscuridad de la sala.
Su expresión cambió.
No fue sorpresa.
Fue algo peor.
Reconocimiento.
—No contestes —dije sin apartar la vista de ella.
Pero ya era tarde.
Su mano dudó…
solo un segundo.
Antes de tomar el teléfono.
Miró la pantalla.
Y el color se le fue del rostro.
—Es él…
El ambiente cambió en un instante.
Toda la calma.
Toda la cercanía.
Se rompió.
—Dámelo.
—No… —negó—. Si no contesto, va a ser peor.
Apreté ligeramente la mandíbula.
No me gustaba.
Nada.
Pero tampoco iba a presionarla.
—Ponlo en altavoz.
Dudó.
Pero al final…
aceptó.
Deslizó la pantalla.
Y llevó el teléfono entre nosotros.
—Hola…
El silencio del otro lado duró un segundo.
Dos.
Y luego…
esa voz.
Fría.
Segura.
Controlada.
—Sabía que contestarías.
Araiya se quedó completamente quieta.
—¿Qué quieres?
Su tono intentó ser firme.
Pero yo sabía…
que por dentro no estaba igual.
—Qué directa… —respondió él con una ligera risa—. Me gusta eso.
Sentí cómo mis manos se tensaban.
Pero me mantuve en silencio.
Escuchando.
Aprendiendo.
—No tengo tiempo para esto —añadió ella—. Di lo que tengas que decir.
Otra pausa.
Pero esta vez…
más pesada.
—Solo quería asegurarme de algo.
Mi atención se afiló.
—¿De qué?
La respuesta…
llegó más suave.
Más peligrosa.
—De que estás donde pensé que estarías.
El aire se volvió frío.
Instantáneamente.
Araiya me miró.
Y en sus ojos…
vi miedo real.
—¿Qué significa eso?
Él soltó una risa baja.
—Significa que deberías dejar de confiar tanto en la gente equivocada.
Mis ojos se endurecieron.
—Cuidado con lo que dices —murmuré, sin acercarme al teléfono… pero lo suficiente para que me escuchara.
El silencio al otro lado…
cambió.
—Ah… —dijo finalmente—. Así que sí estás ahí.
Error.
Pero ya estaba hecho.
—Perfecto.
—Di lo que quieras y termina esto —respondí.
—Tranquilo… apenas está empezando.
Sentí cómo algo dentro de mí se activaba.
—No juegues conmigo.
—No estoy jugando contigo.
Pausa.
Y luego…
—Estoy jugando con ella.
Araiya apretó el teléfono.
—Basta.
Pero él continuó.
Como si nada.
Como si ya tuviera el control.
—Tienes 48 horas.
El silencio cayó como un golpe.
—¿Para qué? —pregunté.
—Para tomar una decisión inteligente.
Mi mirada se volvió fría.
—No negociamos contigo.
—No es negociación.
Su voz bajó.
Más oscura.
Más seria.
—Es una advertencia.
Araiya dejó de respirar por un segundo.
—Si en 48 horas no vienes por tu cuenta…
El silencio siguiente…
fue peor que cualquier palabra.
—Voy a ir por ti.
Y esta vez…
no voy a preguntar.
La llamada se cortó.
Seco.
Sin despedida.
Sin nada más.
El silencio que quedó…
fue completamente distinto a todo lo anterior.
Pesado.
Real.
Peligroso.
Araiya bajó lentamente el teléfono.
Sus manos temblaban.
—Esto… ya empezó… —susurró.
La miré.
Y esta vez…
no había duda.
—No.
Me incliné ligeramente hacia ella.
Más firme.
Más decidido.
—Esto… se acaba.
Y en ese momento…
supe una cosa con total claridad.
Ya no había vuelta atrás.
El silencio después de la llamada…
no fue normal.
No fue de esos que se llenan con palabras o respiraciones.
Fue pesado.
Denso.
De los que se sienten en el pecho.
Araiya no se movió de inmediato.
Seguía con el teléfono en la mano,
como si aún pudiera escuchar su voz al otro lado.
Como si la amenaza…
no hubiera terminado de irse.
Sus dedos temblaban.
Apenas.
Pero lo suficiente para notarlo.
—Esto… ya empezó… —susurró.
Su voz no sonó fuerte.
Pero tampoco débil.
Sonó real.
Demasiado real.
La miré fijamente.
Y por dentro…
algo en mí se acomodó.
No miedo.
No duda.
Decisión.
—No.
Mi voz salió más firme de lo que esperaba.
Más fría.
Más clara.
Me incliné ligeramente hacia ella.
Acortando la distancia.
Pero no solo física.
—Esto… se acaba.
Araiya levantó la mirada.
Y en sus ojos…
había de todo.
Miedo.
Confusión.
Incertidumbre.
Pero también…
algo más.
Confianza.
Pequeña.
Frágil.
Pero creciendo.
—No es tan fácil… —murmuró.
—Nunca dije que lo fuera.
Me levanté del sofá.
El cambio fue inmediato.
El ambiente… también.
Ya no era solo emocional.
Ahora era acción.
Caminé unos pasos, pasando una mano por mi cabello,
organizando ideas…
moviendo piezas en mi cabeza.
—Ese tipo no está improvisando —dije—. Esto lleva tiempo.
Araiya me observaba en silencio.
Siguiendo cada movimiento.
Como si intentara entender…
en qué momento todo había cambiado.
—Lo sé… —respondió—. Siempre ha sido así.
Me detuve.
La miré.
—Entonces también sabes algo más.
—¿Qué?
—Que no se va a detener.
El silencio cayó.
Porque eso…
no era opinión.
Era verdad.
Araiya bajó la mirada.
—No…
Respiró hondo.
—No lo va a hacer.
Asentí levemente.
—Perfecto.
Frunció el ceño.
—¿Perfecto?
—Sí.
Volví a acercarme.
Esta vez más directo.
Más decidido.
—Porque eso significa que va a cometer errores.
Ella me miró.
Y por primera vez desde la llamada…
algo en su expresión cambió.
No fue calma.
Fue curiosidad.
—¿Qué quieres decir?
—Que alguien que cree tener el control… baja la guardia.
Me incliné un poco más hacia ella.
—Y ahí es donde pierde.
El silencio se llenó de algo distinto.
No miedo.
Expectativa.
—Andrés… —susurró— esto no es un juego…
—Lo sé.
Mi tono bajó.
Más serio.
Más real.
—Por eso no voy a jugar.
Sus manos se tensaron otra vez.
—Él es peligroso…
—Yo también.
La frase salió sin esfuerzo.
Sin arrogancia.
Sin necesidad de demostrar nada.
Y eso…
la hizo quedarse en silencio.
Porque lo entendió.
Porque lo sintió.
Me alejé un paso.
Tomé mi teléfono del bolsillo.
Lo observé un segundo.
Pensando.
Decidiendo.
Y luego…
marqué.
Araiya no preguntó.
Solo miró.
Atenta.
Tensa.
Esperando.
—¿Sí? —respondió una voz al otro lado.
—Soy yo.
Mi tono cambió por completo.
Más directo.
Más autoritario.
Más… frío.
—Necesito información.
Pausa.
—¿Sobre qué?
—Todo lo que tengas del socio de Martínez… y su hijo.
El silencio al otro lado…
fue distinto.
Reconocimiento.
—Eso no es cualquiera…
—Lo sé.
—¿Qué tan profundo quieres llegar?
Mi mirada volvió a Araiya.
Y supe la respuesta.
—Hasta el final.
Otra pausa.
Más corta.
Más seria.
—Dame una hora.
—Treinta minutos.
Colgué.
Sin despedida.
Sin explicación.
El ambiente en la sala cambió otra vez.
Araiya me miraba diferente ahora.
No solo con emoción.
No solo con miedo.
Con algo más.
—¿Quién era?
—Alguien que sabe encontrar cosas.
—¿Y tú… siempre haces esto?
La miré.
—Solo cuando es necesario.
—¿Y esto… lo es?
No dudé.
—Sí.
El silencio volvió.
Pero ahora…
no era vacío.
Era preparación.
Araiya se levantó lentamente.
Sus pasos fueron pequeños.
Pero seguros.
Se acercó un poco más a mí.
—Andrés…
—Dime.
—Si esto se sale de control…
La miré directo.
—No lo va a hacer.
—No puedes saberlo…
—Sí puedo.
Me acerqué un poco más.
Lo suficiente para que entendiera que hablaba en serio.
—Porque no lo voy a permitir.
Su respiración se aceleró ligeramente.
No por miedo.
Por la intensidad del momento.
—Esto es más grande de lo que crees…
—Entonces lo hago más grande yo.
El silencio cayó.
Y esta vez…
no hubo duda.
No hubo miedo inmediato.
Solo una verdad clara.
Esto ya no era solo su problema.
Era mío también.
Y no iba a soltarlo.
No ahora.
No después de encontrarla otra vez.
No después de saber…
que aún la quería.
Mi teléfono vibró.
Demasiado pronto.
Miré la pantalla.
Y algo en mi expresión cambió.
Araiya lo notó al instante.
—¿Qué pasa?
No respondí de inmediato.
Abrí el mensaje.
Leí.
Y el aire…
se volvió más frío.
—No tenemos treinta minutos… —murmuré.
—¿Por qué?
Levanté la mirada.
Directo a ella.
—Porque él tampoco está esperando.
El silencio siguiente…
fue brutal.
—¿Qué significa eso?
Apreté ligeramente el teléfono en mi mano.
—Significa…
Hice una pausa.
Porque sabía lo que venía.
Y no iba a ser simple.
—Que esto ya escaló.
Araiya dejó de respirar por un segundo.
—Andrés…
—No estás segura aquí.
El ambiente cambió por completo.
Otra vez.
Pero ahora…
no era tensión.
Era urgencia.
Y lo peor…
apenas estaba comenzando.
El ambiente cambió en un segundo.
Ya no era tensión.
Ya no era duda.
Era urgencia.
Real.
Inmediata.
Peligrosa.
—No estás segura aquí —repetí.
Araiya se quedó completamente quieta.
Como si su cuerpo no supiera si reaccionar…
o quedarse paralizado.
—¿Qué significa eso? —preguntó, apenas respirando.
No suavicé la respuesta.
No había tiempo para eso.
—Significa que ya sabe dónde estás.
El silencio que siguió…
no fue silencio.
Fue impacto.
Araiya dio un paso atrás.
Pequeño.
Pero lleno de miedo.
—No… eso no es posible…
Negué levemente.
—Sí lo es.
Tomé las llaves de la mesa sin pensarlo.
Mis movimientos eran rápidos.
Precisos.
Automáticos.
—Tenemos que salir.
—¿Salir? ¿A dónde?
—A un lugar donde no pueda encontrarte tan fácil.
—Andrés…
Se detuvo.
Y su voz…
tembló.
—¿Y si ya es tarde?
La miré directo.
Firme.
—Entonces llegamos antes que ellos.
No le di tiempo a pensar más.
Me acerqué.
Tomé su mano.
Y esta vez…
no fue suave.
Fue urgente.
—Confía en mí.
Y sin esperar respuesta…
la guié hacia la puerta.
El sonido al abrirla rompió el silencio de la casa.
Pero lo que había afuera…
lo rompió todo.
Dos autos.
Negros.
Detenidos frente a la entrada.
Motor encendido.
Luces bajas.
Esperando.
El tiempo se congeló.
Un segundo.
Dos.
Y en ese instante…
todo se volvió claro.
—Mierda… —murmuré.
Araiya se tensó a mi lado.
—¿Son…?
—Sí.
No había duda.
Una de las puertas se abrió.
Lento.
Seguro.
Como si no hubiera prisa.
Como si ya supieran…
que no íbamos a escapar fácil.
Un hombre bajó.
Luego otro.
Y otro más.
Tres.
No improvisados.
No nerviosos.
Organizados.
—Atrás —dije, colocándome ligeramente delante de ella.
Mi cuerpo reaccionó solo.
Protección.
Instinto.
Ella dio un paso atrás.
Pero no huyó.
No me soltó.
—No compliquen esto —dijo uno de ellos.
Su voz era seca.
Profesional.
Sin emoción.
—Solo venimos por la chica.
Sentí cómo algo dentro de mí se rompía.
Pero no fue miedo.
Fue algo más oscuro.
—Entonces vinieron al lugar equivocado.
El hombre soltó una pequeña risa.
—No… vinimos exactamente al correcto.
Y entonces…
se movieron.
Rápido.
Sin advertencia.
Sin negociación.
Uno avanzó directo hacia nosotros.
Otro rodeó el auto.
El tercero…
se quedó atrás.
Cubriendo.
Pensando.
Calculando.
—Corre —le dije a Araiya.
—¿Qué?
—¡Corre!
La empujé ligeramente hacia atrás.
Pero no hacia la calle.
Hacia dentro.
Hacia la casa.
Ella dudó un segundo.
Solo uno.
Pero luego…
lo hizo.
Corrió.
Y eso fue suficiente.
El primero llegó.
Demasiado rápido.
Intentó sujetarme.
Pero no estaba improvisando.
Bloqueé el movimiento.
Giré.
Y lo empujé con fuerza contra el auto.
El golpe resonó.
Seco.
Pero no lo detuvo.
El segundo ya estaba encima.
Intentó rodearme.
—No… —murmuré.
Y reaccioné antes de que lo lograra.
Golpe directo.
Preciso.
Sin dudar.
Retrocedió.
Pero no cayó.
—Interesante… —escuché decir al tercero.
No me gustó ese tono.
Demasiado tranquilo.
Demasiado confiado.
Como si esto…
no fuera suficiente para detenerlos.
—¡Andrés! —escuché desde dentro.
Araiya.
Y eso…
fue lo que cambió todo.
Porque en ese instante…
dejé de contenerme.
El siguiente movimiento fue más rápido.
Más directo.
Más violento.
No estaba jugando.
No estaba midiendo.
Estaba terminando esto.
El primero intentó levantarse.
No lo dejé.
El segundo volvió.
Tampoco.
Pero entonces…
algo no encajó.
Un sonido.
Distinto.
Metálico.
Detrás de mí.
Giré apenas.
Y lo vi.
El tercero.
No estaba peleando.
Estaba apuntando.
Un arma.
Directa.
Precisa.
A mí.
El tiempo se detuvo otra vez.
—Se acabó —dijo con calma.
Araiya gritó mi nombre desde la puerta.
Y en ese instante…
todo se redujo a una decisión.
Un segundo.
Un movimiento.
Un error…
y todo terminaba.
Mis ojos no se apartaron del arma.
Pero mi mente…
ya había decidido.
Porque si esto era lo que querían…
iban a tener que pasar por mí primero.
Y no iba a ser fácil.
Ni rápido.
Ni limpio.
Porque esta vez…
no iba a perder.
—Inténtalo —murmuré.
Y el silencio que siguió…
fue el más peligroso de todos.