El mundo terminó en menos de un mes.
Primero fueron los rumores: personas enfermas, ataques violentos, ciudades enteras aisladas.
Después llegó el silencio.
Las calles se llenaron de cadáveres caminando bajo la lluvia, las comunicaciones desaparecieron, y sobrevivir un día más se volvió un milagro.
Charlie nunca creyó necesitar a nadie. Fría, impulsiva y acostumbrada a huir de todo, aprendió rápido que el nuevo mundo solo recompensa a quienes son capaces de abandonar sentimientos.
Hasta que conoce a Tamara.
Tamara es completamente diferente: amable, inteligente, demasiado humana para un mundo muerto.
Y aun así… sobrevive.
Juntas atraviesan ciudades destruidas, hospitales infestados, carreteras cubiertas de sangre y grupos humanos mucho más peligrosos que los zombis.
Pero mientras el horror crece, también crece algo peor:
el amor.
Porque enamorarse en el fin del mundo significa descubrir un miedo nuevo.
No perder la vida.
Perder a la única persona que hace que todavía valga la pena vivi
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Hasta el Último Latido
Capítulo 1: La ciudad que dejó de respirar
La lluvia golpeaba las ventanas del supermercado vacío.
Una.
Otra vez.
Y otra.
Charlie sostenía el bate cubierto de sangre mientras respiraba agitadamente detrás de una góndola caída.
Silencio.
Demasiado silencio.
Eso era lo peor del nuevo mundo.
No los gritos.
No la sangre.
No los cadáveres caminando.
El silencio.
Porque el silencio significaba que algo estaba esperando.
Charlie limpió el sudor de su frente con el brazo y avanzó lentamente entre los pasillos oscuros.
Las luces parpadeaban sobre su cabeza con un zumbido eléctrico enfermizo.
El olor a carne podrida impregnaba todo el lugar.
Llevaba tres días sola.
Tres días durmiendo en edificios abandonados. Tres días sobreviviendo apenas con comida robada. Tres días viendo personas convertirse en monstruos.
Tres días escuchando a gente suplicar ayuda antes de ser devorada.
Ya no quería pensar en eso.
Sus botas aplastaron algo blando en el suelo.
Charlie miró abajo apenas.
Un brazo humano.
Apartó la vista rápido.
Todavía no lograba acostumbrarse completamente a los cadáveres.
Y odiaba eso.
Porque significaba que todavía le quedaba humanidad.
Avanzó hacia la zona de comida enlatada revisando rápidamente los estantes destruidos.
Vacíos.
Casi todo estaba saqueado.
—Genial… —murmuró.
Abrió una mochila vieja y guardó dos latas vencidas y una botella de agua medio vacía.
No podía ponerse exigente.
No ahora.
Entonces escuchó un ruido metálico al fondo del supermercado.
Charlie se tensó inmediatamente.
Silencio otra vez.
Luego…
otro ruido.
Más suave.
Más cuidadoso.
No sonaba como un infectado.
Los infectados no escondían su presencia.
Corrían.
Gritaban.
Destrozaban todo.
Charlie levantó lentamente el bate y comenzó a avanzar hacia el sonido.
Paso a paso.
Sin respirar.
Su corazón golpeaba fuerte contra el pecho.
Llegó a la zona de farmacia.
Y entonces la vio.
Una chica agachada detrás del mostrador intentando abrir un botiquín con manos temblorosas.
Cabello oscuro largo. Sudadera gris manchada de sangre. Respiración agitada.
Pero viva.
Charlie levantó el bate inmediatamente.
—No te muevas.
La chica dio un pequeño salto del susto y levantó las manos rápido.
Sus ojos marrones se abrieron enormes.
—¡Espera! ¡No estoy infectada!
Charlie no bajó el arma.
—Todos dicen eso.
La desconocida respiraba rápido.
Asustada.
Pero sus ojos…
no parecían peligrosos.
Parecían agotados.
—Enséñame los brazos.
La chica dudó un segundo antes de subir lentamente las mangas de la sudadera.
Sin mordidas.
Sin heridas recientes.
Charlie siguió desconfiando igual.
—¿Qué haces aquí?
—Busco antibióticos —susurró la chica.
—¿Para qué?
Silencio breve.
—Mi hermano está herido.
Charlie sintió algo incómodo en el pecho.
Porque todavía sonaba humana.
Y eso era peligroso.
En este mundo la gente buena moría primero.
Charlie apartó un poco la mirada incómoda.
—Entonces deberías irte antes de que te maten.
La desconocida bajó apenas los ojos.
—Lo sé.
No lloró.
No suplicó.
Solo sonó cansada.
Como alguien que ya había visto demasiado.
Charlie conocía esa mirada.
La había visto en espejos rotos.
Antes de que pudiera responder—
Un grito monstruoso explotó desde el fondo del supermercado.
Ambas se congelaron.
Charlie giró lentamente la cabeza.
Y sintió el terror recorrerle todo el cuerpo.
Había demasiados.
Sombras moviéndose entre los pasillos.
Rápidas.
Torcidas.
Hambrientas.
Los infectados las habían encontrado.
—…mierda.
Uno de los zombis salió de detrás de una góndola arrastrando una pierna destrozada.
Su mandíbula colgaba rota. Los ojos completamente blancos.
Y aun así corría.
Más aparecieron detrás.
Cinco.
Diez.
Tal vez más.
Charlie retrocedió un paso automáticamente.
—Corre —dijo.
—¿Qué?
—¡CORRE!
Los zombis aparecieron entre las góndolas gruñendo violentamente.
Uno de ellos saltó directamente hacia la chica.
Charlie reaccionó por instinto.
CRACK
El bate destrozó la cabeza del infectado.
Sangre negra salpicó el suelo.
La chica soltó un pequeño grito ahogado.
—¡MUÉVETE!
Tomó el botiquín rápidamente y ambas comenzaron a correr entre los pasillos mientras los gritos llenaban el supermercado.
Los infectados eran rápidos.
Demasiado rápidos.
Charlie podía escucharlos golpeando estantes detrás de ellas.
Gruñidos.
Pasos violentos.
Carne chocando contra metal.
Uno apareció de repente desde la izquierda.
Una mujer infectada con parte del cuello arrancado.
Charlie la golpeó brutalmente con el bate.
CRACK
La infectada cayó contra unas cajas.
Pero otra ya venía detrás.
—¡Agáchate! —gritó Charlie.
La chica obedeció inmediatamente.
Charlie giró el bate con fuerza.
CRUNCH
El cráneo del infectado explotó.
La sangre cubrió parcialmente la mejilla de Charlie.
Ella ni siquiera reaccionó.
Ya estaba demasiado acostumbrada.
Empujó un carrito metálico detrás de ellas bloqueando parcialmente el paso.
Los infectados chocaron violentamente contra él.
Pero seguían avanzando.
Siempre seguían avanzando.
—¡Por aquí!
Doblaron hacia la zona de depósitos.
Oscuridad total.
La única luz venía de un fluorescente roto que parpadeaba débilmente.
La respiración de ambas resonaba desesperadamente.
Charlie abrió una puerta metálica de golpe.
—¡Entra!
Las dos cruzaron justo cuando los gruñidos se escuchaban cada vez más cerca.
Entonces—
la chica tropezó con algo en el suelo.
Charlie reaccionó rápido y la sostuvo antes de que cayera.
Y por un segundo…
todo se detuvo.
Demasiado cerca.
Charlie pudo ver cada detalle de su rostro.
Las gotas de lluvia todavía atrapadas en su cabello. La respiración temblorosa. El miedo en sus ojos.
Pero también algo más.
Confianza.
Extraño.
Inmediato.
Peligroso.
Porque nadie confiaba así en el nuevo mundo.
Charlie tragó saliva lentamente.
Y por alguna razón…
no la soltó enseguida.
Los gruñidos volvieron a escucharse cerca.
Más fuertes.
La chica habló apenas.
—Me llamo Tamara.
Silencio.
Charlie no entendía por qué eso importaba ahora.
Quizá porque el mundo se estaba acabando.
Quizá porque escuchar un nombre humano todavía se sentía extraño.
Finalmente respondió.
—Charlie.
Y justo después—
BOOM
Un golpe brutal sacudió la puerta del depósito.
Las dos se separaron de inmediato.
Otro golpe.
Más fuerte.
El metal comenzó a doblarse.
Los infectados las habían encontrado.
Tamara retrocedió aterrorizada.
—Oh mierda…
Charlie apretó el bate con fuerza mientras observaba la puerta temblar violentamente.
Su respiración volvió a acelerarse.
Porque esa puerta no aguantaría mucho.
Y ambas lo sabían.