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Forjada en el Bosque

Forjada en el Bosque

Status: Terminada
Genre:Fantasía / Aventura / Venganza / Hombre lobo / Completas
Popularitas:225
Nilai: 5
nombre de autor: Kel lopez

Zaya siempre fue rechazada por su manada por no transformarse en el tiempo esperado. Cuando finalmente despierta a su loba, Sura, aun así es expulsada tras ser rechazada por su compañero destinado, el alfa Varg. Condenada como renegada, sobrevive en el bosque hasta encontrar la Manada de la Oscuridad.

Allí conoce a Zack, otro renegado, con quien crea un vínculo muy fuerte. Ambos se ven envueltos en un conflicto mayor cuando Zack descubre que es el compañero destinado de Maia, hermana del temido Alfa Razkan (Sombra), líder de la manada. Esto provoca tensiones entre el destino, la lealtad y la autoridad.

Mientras Zaya intenta adaptarse y sobrevivir en este nuevo mundo, secretos sobre el pasado de Razkan y la destrucción de su antigua compañera revelan que el destino de todos está profundamente conectado, y que Zaya podría tener un papel decisivo para cambiarlo todo.

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Capítulo 22

Razkan y Zaxar corrieron lado a lado por el bosque hasta la frontera de la manada. A mitad de camino, ambos se transformaron; los cuerpos humanos cedieron lugar a las formas lupinas. El sonido pesado de las patas contra la tierra resonaba entre los árboles, sincronizado, como siempre había sido desde la juventud.

Ya lo bastante lejos, Zaxar rompió el silencio a través del vínculo mental.

—¿Qué fue eso? —preguntó, directo.

—¿De qué hablas? —respondió Razkan, manteniendo el ritmo, la mirada atenta al entorno.

—No te hagas el desentendido. Si yo no hubiera llegado en ese momento, habrías besado a Zaya.

Razkan gruñó bajo, irritado.

—Estás viendo cosas donde no las hay. Solo estábamos entrenando.

—Te conozco, Razkan. Conozco a tu lobo —insistió Zaxar—. Y sé reconocer cuando algo te mueve. Esa chica te está provocando eso desde el día en que puso los pies en la manada.

—Basta —cortó Razkan—. No te metas ideas en la cabeza. No confundas cercanía con debilidad.

—No es debilidad —respondió Zaxar, reduciendo el ritmo para correr a su lado—. Es humanidad. No eres de piedra, aunque finjas serlo.

Razkan permaneció en silencio unos instantes, el viento golpeando con fuerza contra su hocico mientras avanzaban por el sendero. Finalmente respondió, la voz más dura de lo que pretendía:

—No voy a cometer el mismo error dos veces. No me voy a permitir sentir nada. No por ella. No por nadie.

Zaxar suspiró.

—A veces, el mayor error es creer que huir del dolor nos mantiene enteros.

Razkan no respondió. La frontera ya estaba a la vista, pero las palabras de su amigo siguieron resonando en su mente y, contra su voluntad, la imagen de Zaya —jadeante, decidida, los ojos llenos de fuego— también.

Zaxar habló bajo, con expresión grave, mientras caminaban por el bosque cerrado.

—Uno de los vigías encontró el cuerpo cerca de la frontera este. Intentaron ocultarlo, pero el olor a sangre todavía era demasiado fuerte.

Razkan apretó la mandíbula. Algo en esa información lo inquietaba profundamente.

—Llévame hasta allá.

Cuando llegaron al lugar, el silencio era denso, casi asfixiante.

El cuerpo de la loba yacía cerca de la frontera, parcialmente cubierto por hojas y tierra, como si alguien hubiera intentado esconder lo que hizo… o borrar rastros. Aun así, nada allí lograba disimular la brutalidad. Había marcas profundas de golpes, huesos rotos, el olor metálico de sangre seca… Y algo más pesado, más cruel, que dejaba claro el tipo de violencia que ella había sufrido.

—Fue brutal —murmuró Zaxar, la mirada oscurecida por la furia—. Quien hizo esto sabía lo que estaba haciendo.

Razkan cerró los ojos un instante y aspiró profundamente.

—El olor… —gruñó bajo—. Está encubierto.

—Magia —concluyó Zaxar—. O alguien muy experimentado.

Antes de que pudieran decir algo más, un sollozo cortó el aire.

Razkan se giró en el acto.

Zaya estaba unos metros atrás, inmóvil, el rostro pálido, los ojos fijos en el cuerpo tendido en el suelo. Las lágrimas caían silenciosas, el cuerpo temblándole como si el frío le hubiera traspasado la piel.

—Zaya… —dijo con firmeza, poniéndose de pie de golpe—. ¿Qué haces aquí?

Ella no respondió de inmediato. Dio algunos pasos al frente, como si algo la jalara hacia aquella escena horrible. Al verlo de cerca, se llevó la mano a la boca y el llanto escapó sin control.

—Ella… ella no tuvo oportunidad… —la voz le salió quebrada—. Nadie debería morir así.

Razkan se acercó y le sujetó los hombros con cuidado, intentando traerla de vuelta a la realidad.

—No deberías haber venido. Este no es lugar para ti.

—Pero pasó en nuestra manada —respondió ella, alzando los ojos anegados hacia él—. Podría haber sido cualquiera de nosotras.

Esas palabras lo golpearon con fuerza.

Zaxar se agachó una vez más junto al cuerpo y señaló los brazos de la loba.

—Ella se resistió —dijo, la voz cargada de tensión—. Arañazos profundos. Uñas clavadas con fuerza. Le dejó marcas al agresor.

Razkan sintió que la sangre le hervía. Los ojos dorados le brillaron un segundo; el lobo dentro de él rugía de odio.

—Entonces está herido —gruñó.

Zaya se abrazó a sí misma, sintiendo un escalofrío recorrerle la espina.

—¿Qué clase de monstruo haría algo así? —preguntó, la voz baja, cargada de dolor e incredulidad.

El silencio que siguió fue abrumador.

—Alguien que ya no conoce límites —respondió Razkan al fin—. O alguien que cree estar por encima de las leyes de la diosa y de la manada.

Zaya sintió que el corazón se le encogía. Su loba se agitó dentro de ella, inquieta, casi llorando.

—¿Y si está entre nosotros? —susurró—. ¿Si es alguien de la propia manada?

Razkan la miró con gravedad. Esa posibilidad ya martillaba su mente desde el primer instante.

—Entonces será aún más peligroso. Porque conoce nuestras rutas, nuestros horarios… nuestras debilidades.

Dio un paso al frente, interponiéndose entre Zaya y el cuerpo en un gesto instintivo de protección.

—Por eso, a partir de ahora, no andas sola —ordenó, sin dejar espacio a discusión—. Ni de día ni de noche.

Zaya abrió la boca para protestar, pero algo en el tono de él la hizo callar.

Zaxar cruzó los brazos.

—Voy a avisar a los guerreros para que busquen lobos heridos. Cualquier arañazo sospechoso será investigado.

Razkan cerró los ojos un breve instante, como si cargara el peso de aquella decisión en el pecho. Luego, su voz sonó firme, sin margen para objeciones.

—Entierren el cuerpo aquí mismo. —Miró alrededor, asegurándose de que no hubiera nadie más cerca—. Era una loba rechazada. Estaba buscando refugio en nuestra manada… Pero alguien la encontró primero.

Zaya se llevó la mano a la boca, sintiendo que el estómago se le revolvía. La injusticia de esa verdad le quemaba por dentro.

—Eso es cruel… —murmuró, con los ojos anegados.

—Más cruel aún —continuó Razkan— es dejar que el responsable sepa que encontramos el cuerpo. Podría borrar rastros, huir… o atacar de nuevo.

Zaxar asintió, comprendiendo de inmediato la estrategia.

—Entonces fingimos que nada pasó —respiró hondo—. Como si ella nunca hubiera estado aquí.

Razkan apretó los puños.

—No es olvido —corrigió, la voz cargada de promesa—. Es paciencia. Y cuando lo encontremos… va a pagar.

Los guerreros se acercaron en silencio, respetuosos, y comenzaron a preparar el entierro allí mismo, bajo los árboles centenarios, donde el bosque parecía guardar secretos desde hacía siglos.

Zaya se alejó unos pasos, el corazón pesado. Su loba lloraba dentro de ella, y algo extraño comenzó a latir en su pecho. Un dolor que no era solo tristeza… Era rabia.

Una rabia profunda.

—Vamos a volver —dijo Razkan, volviéndose hacia el grupo—. Dispérsense por la frontera. Observen todo. Cualquier olor extraño, cualquier comportamiento fuera de lo normal, avísenme de inmediato.

Zaxar ya había retomado su forma humana.

—¿Y si encontramos a alguien herido? —preguntó.

Los ojos de Razkan brillaron peligrosamente.

—Tráiganlo ante mí.

Entonces miró a Zaya, demorándose un poco más de lo que debería.

—Tú vienes conmigo —afirmó—. Te quiero cerca de mí.

Zaya tragó saliva, sintiendo el peso de esa orden…

Mientras se alejaban del lugar, el bosque parecía observarlos.

Y, en algún lugar entre las sombras, el verdadero monstruo tal vez también los estuviera mirando.

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