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La Empleada del Magnate

La Empleada del Magnate

Status: Terminada
Genre:CEO / Mujer poderosa / Niñero / Completas
Popularitas:114
Nilai: 5
nombre de autor: AUTORAATENA

Antonieta, una joven luchadora, acepta trabajar en la mansión de Luke Petronius para asegurar estabilidad y cuidar a su abuela enferma.

Decidida e indomable, entra en conflicto directo con la actitud rígida y controladora de Luke, dentro de un ambiente lleno de reglas y tensión silenciosa.

Entre provocaciones, límites puestos a prueba y una convivencia obligada, ambos se ven envueltos en una dinámica peligrosa donde el poder, el deseo y la resistencia empiezan a confundirse…

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CAPÍTULO 2

Capítulo 2 — Carla y sus ideas

Yo nunca había pisado en un lugar así en mi vida.

Y mira que ya he limpiado mansiones de gente rica, ya he tallado baños de mármol importado, ya he pasado el trapeador en pisos que costaban más por metro cuadrado que mi renta. Pero el Resort Petronius era otra categoría. Era el tipo de lugar que te hace detenerte a la mitad del camino y repensar tus decisiones de vida.

Bajé del autobús en la parada equivocada porque Google Maps tiene placer en hacerme la vida imposible en los momentos más inconvenientes. Caminé tres cuadras con el sol pegando en la nuca, la bolsa al hombro y esa sandalia que aprieta en el dedo gordo cuando hace calor, y cuando doblé la última esquina y el portón principal apareció frente a mí literalmente me detuve.

Me quedé parada en la banqueta como poste.

El lugar se abría como si la naturaleza hubiera sido contratada para ser parte de la decoración. Verde por todos lados, ese tipo de vegetación que parece intocada pero sabes que hay gente levantándose temprano todos los días para garantizar que cada hoja quede exactamente en su lugar. Más adentro podía ver el comienzo de un lago, el agua tan quieta y clara que parecía falsa. Había un sendero de piedras que desaparecía entre los árboles y juro que escuché ruido de cascada incluso desde lejos.

Y los jardines. Dios mío, los jardines.

Flores que nunca había visto en mi vida, colores que no sabía que existían juntos sin agredir la vista, plantas con formas que parecían sacadas de un libro de ciencia ficción. Supe después que había un jardín de invierno dentro del complejo, lleno de especies raras de todo el mundo, plantas carnívoras que Carla un día me describió con un brillo en los ojos que me dejó con duda si estaba hablando de botánica o de romance.

Y los animales. Eso no lo esperaba.

Había una zona preservada dentro del resort con especies que no ves en ningún otro lugar, todo legalizado, todo cuidado, resultado de una autorización federal que dicen que el propio Obama firmó en su momento. No sé si es verdad o si es una leyenda que los empleados fueron creando con el tiempo, pero el hecho es que el lugar respiraba una vida que la gran ciudad olvidó que existe.

Todo eso le pertenecía a un solo hombre.

Le mandé un mensaje a Carla.

Estoy en la entrada. ¿Tú vives en un cuento de hadas o qué?

Respondió al instante.

Deja de babear y ven por la lateral, diles que eres mi visita. Te espero en la cafetería.

La cafetería estaba en una terraza amplia con vista a los jardines, cubierta por una estructura de madera noble que dejaba entrar la luz sin dejar entrar el calor. Mesas pesadas, sillas con cojín grueso, el aroma de café recién pasado mezclado con algo de vainilla que venía de la cocina y que hizo que mi estómago gruñera discretamente.

Carla ya estaba sentada cuando llegué, uniforme del resort impecable, cabello recogido con ese cuidado de quien tardó en hacerlo, el gafete con el logo del Petronius Resort brillando en el bolsillo. Se levantó y me abrazó con esa energía que tiene, esa forma de lanzar todo el cuerpo en el abrazo como si fuera la última vez que va a ver a la persona.

—¡Viniste!

—Me llamaste.

—Pensé que ibas a buscar alguna excusa.

—Carla, vine en autobús con una sandalia que aprieta. Si no fuera importante no estaría aquí.

Se rio y me jaló para sentarme. Llamó a la mesera con esa familiaridad de quien lleva tiempo trabajando ahí y pidió dos cappuccinos sin preguntarme si quería, lo cual iba a reclamar si no fuera por el aroma que llegó a la mesa antes que la taza.

Tomé el primer sorbo y cerré los ojos.

—Para. —dije.

—Te lo dije.

—Esto es un abuso. Nadie tiene derecho.

—Imagínate tomarte esto todos los días. —dijo ella en ese tono manso de serpiente enrollándose en el árbol.

Posé la taza y la miré fijo.

—Dime de una vez qué quieres, Carla.

Sonrió. Cruzó los brazos sobre la mesa y se inclinó ligeramente hacia adelante con esa cara de quien está a punto de explotar de emoción por dentro pero está haciendo un esfuerzo por parecer casual.

—El señor Petronius está contratando.

Hice una pausa.

—Petronius. El dueño de todo esto.

—Exacto.

—Carla, ese hombre tiene una empresa de Private Equity, compra y vende corporaciones enteras como si fuera un mercado de barrio, es dueño de este resort que parece de otro planeta. ¿Qué tiene que ver exactamente conmigo?

—Necesita camarera para su mansión privada.

—Mansión.

—Su residencia particular está en un sector separado del resort, completamente privado, nadie entra sin autorización. Él vive ahí cuando está aquí. Está separado del complejo principal, tiene su propia estructura, su propio personal. Y está renovando el equipo.

Me quedé mirándola.

—¿Por qué renueva el equipo?

—Porque puede. —se encogió de hombros. — Antonieta, el hombre contrata a quien quiere como quiere. Y lo que escuché aquí adentro es que prefiere empleadas mayores de veinticuatro años, organizadas, discretas y que tengan una presencia cuidada. No necesita ser miss universo pero sí tener presencia, ¿entiendes?

—Presencia. —repetí despacio.

—Deja de repetir lo que digo con esa cara y escúchame. Tienes exactamente veinticuatro años, eres demasiado organizada, discreta cuando quieres serlo, y en cuanto a la apariencia...

—Carla.

—Déjame terminar. En cuanto a la apariencia, serías preciosa si tuvieras cinco minutos para mirarte en el espejo sin que sea para checar si tienes producto de limpieza en la cara. —me señaló sin ceremonia. — Ese cabello, por ejemplo. ¿Cuántas mujeres pagarían una fortuna por ese volumen?

—Ese volumen tiene nombre y se llama falta de buen acondicionador.

—Exactamente por eso. —golpeó la palma sobre la mesa. — Escucha, tengo el sábado libre. Pásate a mi casa en la mañana y lo resolvemos todo.

—¿Resolver qué?

—Todo. Piel, cabello, uñas, una ropa decente para que vayas a entregar el currículum. Tengo unos productos que son increíbles, hidratación, mascarilla capilar, tu piel es linda, Antonieta, solo necesitas una crema corporal y dos días sin fregar el piso para que aparezca.

Quise reírme pero su seriedad me frenó.

—Carla, ¿y si no resulta? No tengo dinero ahora para pagarte los productos, la ropa...

—Para con eso. —cortó sin groserías pero sin espacio para argumentar. — Me pagas cuando estés empleada. Y lo vas a estar.

—No sabes eso.

—Sí sé. Te conozco desde hace años, sé cómo trabajas, sé de lo que eres capaz. —dijo mirándome directo a los ojos, sin ese floreo de amiga que quiere animar. — Lo que no sé es hasta cuándo vas a seguir cargando todo sola sin aceptar una mano.

Me quedé callada.

Afuera el jardín seguía siendo absurdamente hermoso, el lago al fondo destellando contra el sol, una garza blanca posada en la orilla, inmóvil como estatua.

Pensé en la renta. En el medicamento de la abuela. En la jornada que se canceló la semana pasada y dejó un hueco a fin de mes que todavía estaba intentando tapar.

—¿Es difícil? —pregunté por fin.

Carla abrió la boca. La cerró. Hizo esa cosa con la boca que hace cuando está eligiendo las palabras con cuidado.

—Es exigente.

—Eso no responde mi pregunta.

—Es muy exigente. —corrigió. — Pero paga muy bien, hay todos los derechos, alojamiento incluido para quien lo necesite y seguro médico desde el primer mes.

Seguro médico.

Miré la taza.

Seguro médico desde el primer mes significaba que Abuela Cida tendría acceso a consultas sin que yo tuviera que elegir entre el médico y el supermercado a fin de mes.

—El sábado en la mañana. —dije sin mirarla.

Carla no dijo nada. Pero cuando levanté los ojos tenía esa sonrisa, esa sonrisa pequeña y cálida de quien te conoce demasiado bien para necesitar celebrar en voz alta.

—El sábado en la mañana. —confirmó. — Y, Antonieta.

—Qué.

—¿Puedes dejar de ser terca solo por un día?

—No prometo nada.

Se rió. Yo también.

Y el cappuccino seguía siendo absurdamente bueno.

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