⚠️ADVERTENCIA DE CONTENIDO⚠️ Está novela cuenta con acoso severo, violencia física y emocional...
Un amor de la infancia destruido por el control despiadado de mi hermano. Mi amado Adán no solo perdió nuestros preciados recuerdos esa noche, también perdió la sensibilidad de sus piernas gracias a una persona desquiciada. Con la culpa creciendo dentro de mí desde niña me puse un propósito en mente. Esta vez yo lo cuidaré, lo protegeré, me convertiré en su esposa y cumpliré nuestras promesas olvidadas. Aunque su desconfianza me destroce el corazón, aunque su indiferencia me desgarre el alma, me quedare a su lado. Romperé esta jaula que me mantiene encerrada y volare tan alto que ya nadie más me podrá volver a enjaular.
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Esposo en subasta.
Me echo un último vistazo al espejo de cuerpo entero, y la sombra de mi propio reflejo tiembla. Hoy no soy solo Alondra, hoy soy una arma afilada, pulida hasta el último detalle. Tengo que lucir impecable. Perfecta. Porque hoy depende de ello ganar el único lugar que importa en el mundo, el de esposa a lado de Adán. Por lo que escuché, la competencia arde con fuego voraz muchas mujeres desean lo mismo que yo, sus ojos brillando con la sed de poder y riqueza.
Pero ninguna de ellas tiene la convicción que late en mi pecho, ni la motivación que me consume por dentro. Ellas quieren su apellido, su fortuna. Yo... yo tengo una deuda de vida con él. Y estoy dispuesta a todo con tal de remediar el terrible error que lo llevó al estado en el que se encuentra hoy. Ese error que yo causé. Ese error que me ha consumido durante años, como un ácido en el alma.
He tenido mucho tiempo, demasiado tiempo para prepararme. Años en los que he estudiado, entrenado, transformado cada rincón de mi ser. Aunque tenga que fingir ser otra persona, aunque tenga que enterrar a la Alondra que fui para siempre, no hay nada que no esté dispuesta a hacer por volver a ganarme su cálido corazón. Ese corazón que una vez me dio su calor, y que hoy tal vez me odie sin conocerlo.
El auto se detiene frente al recinto donde la señora Mischinni ha preparado su macabra selección, un escenario perfecto para dar la bienvenida a quien será su nueva nuera política. Una mujer de buen apellido, educada, refinada, con modales impecables. "Una pareja perfecta", gritará la sociedad para su amado hijo paralítico. Las palabras me saben a ceniza en la boca.
La fila es interminable, una procesión de bellezas de todas las clases y orígenes. Y aunque Adán esté en una silla de ruedas, su posición y su riqueza son un faro que atrae a todas estas mujeres dispuestas a sacrificar lo que sea, todas menos yo. Yo no vine por lo que él tiene. Yo vine por lo que él es. Y voy a defenderlo de todas estas trepadoras, estas chupasangre que lo ven como un objeto a conseguir.
Esta vez yo lo protegeré. Tal como aquel día Adán me protegió a mí, cuando el mundo se vino abajo sobre mis hombros.
— Nombre y apellido, y por favor, muéstrame tu invitación.
La voz del guardia resonó con autoridad, sus ojos escrutando cada centímetro de mí como si yo fuera un intruso. Le extiendo la hoja de papel que es mi única llave, una invitación exclusiva, sin la cual nadie puede pisar este lugar. Porque este matrimonio no es de amor es un arreglo, un trato para ganar prestigio y gloria. Nada más.
— Soy Muscari, Alondra —mi voz sale clara, firme, sin un atisbo de duda.
La mujer que revisa la lista frunce el ceño por un instante, luego asiente y me entrega un número de plástico frío. Cincuenta y tres. Odio esa sensación, como si Adán fuera un objeto en una subasta, un objetivo al que vender al mejor precio. Pero si es necesario, estaría dispuesta a dar mi alma por él. Porque mi alma ya es suya desde hace años.
De repente, una voz insufrible corta el silencio, la última persona que quería ver en este lugar.
— ¿Tú qué haces aquí, Alondra?
Samantha. Mi ex cuñada potencial, la que casi se casa con mi hermano. Le respondo sin mirarla a los ojos, sin desviar mi atención de la fila que avanza lentamente.
— Lo mismo que tú, Samantha.
Ella se rió con sarcasmo, su risa como rasgaduras de papel.
— Pensé que no necesitabas un esposo.
— Y yo pensé que tú serías mi desagradable cuñada —la miré finalmente, y en mis ojos debe haber brillado algo tan feroz que ella se quedó muda por un instante, su rostro rojo de rabia, y se fue a otro rincón del salón. Me gustaría decirle que lo mejor que le pudo pasar fue no casarse con mi hermano, pero ella nunca me escucharía.
Espero paciente mi turno, cada minuto que pasa se siente como una eternidad. Mi corazón late con fuerza contra mis costillas, como si quisiera escapar. Finalmente, escucho mi número resonar en el amplio salón:
— Número cincuenta y tres. Alondra Muscari.
Me levanto con total elegancia, cada movimiento practicado hasta la perfección, y camino hacia donde está Camila Mischinni la madre de Adán, la reina de este reino de piedra y dinero. Su mirada es penetrante, como una lanza que intenta llegar hasta lo más profundo de mi alma.
— Así que Alondra Muscari —sus labios se curvan en una sonrisa fría— Pensé que tu familia no estaba buscando un esposo para ti.
— Esta es mi decisión personal, señora —mi voz no tiembla.
— ¿Sabes que mi hijo cuenta con una condición especial? —la pregunta cae como un golpe, directo y sin piedad. Como si estuviera probando si soy lo suficientemente fuerte.
— Lo sé —respondo con calma— Y no me molesta en lo más mínimo. De hecho, si se fija, he tomado clases de cuidados y he ayudado en asilos y hospitales de bajos recursos. He pasado horas aprendiendo cómo hacerle la vida más fácil a quienes lo necesitan.
Ella frunce el ceño, sorprendida.
— ¿Por qué te has tomado tantas molestias con tan solo veinticuatro años?
— Mis padres nunca están en la ciudad. Mi hermano mayor está a punto de tomar su puesto junto a ellos. Yo tengo demasiado tiempo libre, y me gusta gastarlo ayudando a los demás.
Es una mitad de verdad, mis padres sí están siempre fuera, mi hermano sí va a reemplazarlos. Pero el tiempo libre no lo paso ayudando por diversión lo paso preparándome para él. Para Adán.
— ¿Cómo piensas que esta unión beneficiará a ambas familias? —la pregunta es fría, calculadora. Todo en este lugar lo es.
— Como usted debe de saber, mi familia tiene todas sus empresas en el extranjero, con una red de conocidos renombrados que podría ser de gran utilidad —explico, cada palabra cuidadosamente estudiada— Yo por mi parte soy una persona tranquila, con paciencia increíble y una educación impecable. Puedo dedicarme de lleno a cuidar de Adán, a ayudarlo a mejorar, a ser su apoyo en todo momento.
Ella asiente lentamente, su mirada ya no es tan hostil.
— Bueno, ustedes dos tienen casi la misma edad y te ves muy bien. De hecho, eres la mejor hasta ahora ¿De verdad no te molesta el estado en que se encuentra mi hijo?
Siento cómo la emoción se apodera de mí, pero lo contengo con todas mis fuerzas.
— Sé que ya ha escuchado esto antes.. De seguro cada mujer que entró aquí le dijo lo mismo que yo. Pero le aseguro que mis palabras son sinceras. Nunca he tenido pareja, nadie me ha llamado la atención. No tengo deudas ocultas ni conflictos que le puedan traer problemas. De hecho... yo ya había visto a Adán una vez y quedé flechada por él. Así que aunque no necesite este matrimonio, lo quiero de igual forma. Porque estoy enamorada de su hijo.
La mentira se mezcla con la verdad, y ya no sé dónde empieza una y acaba la otra.
— ¿Dónde lo conociste? —su pregunta es rápida, incisiva.
— En la celebración de fin de año hace cuatro años —respondo sin dudar.
— Oh, lo recuerdo —ella frunce el ceño, pensativa— Tus padres estaban de regreso en esa ocasión, pero no logré recordar que estuvieras presente.
— Estaba en nuestra mesa, y luego paseé por el jardín —mi corazón late con fuerza. ¿Me cree?
Ella se inclinó hacia adelante, y por primera vez su mirada tuvo un atisbo de calidez.
— Bueno, Alondra. Creo que me has convencido. Te invitaré a tomar el té en una semana, así te presento a Adán junto a otras tres chicas más que lograron llamar mi atención.
— Le agradezco la oportunidad —susurro, y siento cómo las lágrimas se acumulan en mis ojos. Pero no las dejo caer. Aún no.
Mientras salgo del recinto, una mirada insistente se posa en mi espalda tan fuerte que casi me quema la piel. Giro la cabeza, y lo veo, Adán, unos pisos más arriba, en el balcón. Está en su silla de ruedas, y sus ojos negros me miran. Mi corazón se vuelve loco, se rompe y se recompone en el mismo instante. Unos cuantos lágrimas se escapan por mis mejillas, lágrimas de culpa, de remordimiento, de amor. Ese día en que nuestras vidas dieron un vuelco que lo cambió todo... lo veo en sus ojos. Lo veo en la tristeza que los habita.