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Despreciada por su Hermana, Desposada por un Millonario

Despreciada por su Hermana, Desposada por un Millonario

Status: Terminada
Genre:CEO / Maltrato Emocional / Sustituto/a / Juego de roles / Amor eterno / Completas
Popularitas:122
Nilai: 5
nombre de autor: uutami

Valentina nunca fue suficiente.

Coja desde un accidente que nadie quiere explicar, vive como sirvienta en la casa de su propio padre, humillada a diario por su media hermana Diana y su madrastra. Cuando un joven conductor de mototaxi llamado Mateo llega a pedir la mano de Diana y es rechazado con desprecio, la familia decide deshacerse de dos problemas a la vez: obligan a Vale a casarse con él.

Lo que nadie sabe —ni siquiera Vale— es que Mateo esconde un secreto que lo cambiará todo.

Detrás de la moto destartalada y la chaqueta de conductor se oculta el heredero de una de las fortunas más poderosas del país. Y detrás del matrimonio apresurado, una promesa que Mateo juró cumplir a cualquier precio.

A medida que Vale descubre que su marido no es quien dice ser, una red de mentiras comienza a derrumbarse: el hombre que la amaba en secreto pierde la memoria, su hermana finge un embarazo para atrapar al novio equivocado, y un padre biológico que Vale creía inexistente aparece con una prueba de ADN y una fortuna que le pertenece.
Pero la verdad más devastadora aún no ha salido a la luz. Porque la persona responsable de que Vale camine con muleta lleva años en coma... y acaba de despertar.

NovelToon tiene autorización de uutami para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1 — Despreciada: me caso con su hermana

—¿Vienes a pedirme matrimonio con esa motocicleta destartalada?

La voz de Diana cortó el aire como un filo recién afilado. Cruzó los brazos sobre el pecho, alzó la barbilla y recorrió a Mateo de pies a cabeza, como si evaluara un artículo en liquidación.

—Llegaste en eso, ¿verdad?

Mateo guardó silencio un instante. Aspiró despacio y giró la cabeza hacia el patio. Allí estaba su motocicleta, estacionada de lado: la pintura opaca, el asiento agrietado en varios puntos. Esa moto vieja lo había traído hasta la casa de la mujer que le quitaba el sueño.

—Sí —respondió al fin, con voz serena—. Pero...

—¡Ja! —Diana soltó una risa breve, cargada de burla—. ¿No te da vergüenza? ¿A qué te dedicas?

Mateo abrió la boca para contestar, pero ella se le adelantó.

—¿Mototaxi? —Su mirada se volvió aún más despectiva—. ¿Con esto pretendes pedirme la mano?

Don Ernesto, sentado desde hacía rato en una silla de madera al rincón de la sala, exhaló un suspiro largo. Su rostro se tensó.

—Diana, cuida tus palabras.

—¿Y qué hice, papá? —Diana resopló—. Solo soy realista. ¿Yo, casarme con un conductor de mototaxi? ¿Adónde iría a parar mi vida?

Mateo apretó las rodillas, esforzándose por mantener la espalda erguida.

—Tú... ¿Cómo dijiste que te llamabas, muchacho? —preguntó don Ernesto.

—Mateo, señor. Mateo Rivera.

Don Ernesto asintió.

—Entonces vienes con la intención de pedir la mano de mi hija.

Mateo asintió.

Don Ernesto observó al joven que acababa de conocer. A simple vista, era apuesto, joven, pulcro, de rasgos firmes.

—¿Dónde conociste a mi hija Diana? ¿Por qué quieres casarte con ella?

Mateo abrió la boca de nuevo, pero otra voz se le adelantó.

—Obvio que en la calle. Seguro se estaciona frente a la oficina donde trabaja Diana. —Era Marta, esposa de don Ernesto, madre de Diana—. De fijo alguna vez la llevó. Mira nomás esa chaqueta verde de mototaxi.

—Es cierto, mamá. Se me hacía conocida la cara, pero... —Diana cortó rápido—. Estoy segura de que es uno de los mototaxis que se paran frente a la oficina. No quiero. Me muero de vergüenza si mis compañeras se enteran de que un conductor de mototaxi me pidió matrimonio.

Don Ernesto golpeó suavemente el respaldo de su silla.

—¡Basta, Diana!

Diana chasqueó la lengua, pero siguió hablando:

—El punto es que lo rechazo, papá. Categóricamente. No pienso vivir en la miseria con un mototaxista desesperado por casarse.

El silencio se apoderó de la sala. En ese instante, la puerta de la cocina se abrió despacio.

—Permiso... Les traigo algo de beber, papá.

Una joven salió con una bandeja que llevaba té caliente y unas frituras. Su paso era ligeramente vacilante; la pierna izquierda se le notaba rígida. Se inclinó con cortesía, dispuesta a dejar lo que traía sobre la mesa.

—Vale —la llamó don Ernesto con suavidad—. Déjalo aquí.

Valentina —o Vale— asintió apenas. Llevaba un jilbab (velo islámico) sencillo, de color casi desvanecido, el rostro limpio, sin una gota de maquillaje. Su mirada era serena, apacible, como un lago al amanecer. Mateo se descubrió observándola más tiempo del debido.

—¡Ah, justo a tiempo! —Diana sonrió de lado—. En vez de conmigo, mejor cásate con ella.

Vale se sobresaltó. Le temblaron las manos.

—¿Qué quieres decir, Diana? —preguntó don Ernesto con firmeza.

—Lo que oyes, papá. —Diana miró a Vale con una sonrisa torcida—. Vale también es hija tuya, ¿no? Aunque no tengamos la misma madre, sigue siendo tu hija. —Se encogió de hombros—. Y me parece que hacen muy buena pareja. Desde cualquier ángulo. Mira: un mototaxista y una chica coja. Los dos sin futuro. ¡Combinación perfecta!

—¡Diana! —La voz de don Ernesto se elevó—. ¡Te pasas de la raya! ¡Vale es tu hermana!

Mateo giró hacia Vale. La joven tenía la cabeza agachada, los ojos clavados en el piso. Su expresión era tranquila, pero había una herida invisible ahí. Mateo la percibió.

Diana, que un segundo antes se reía, cerró los labios. La mirada de don Ernesto la atravesaba como una cuchilla.

—Pero algo de razón tiene Diana. Mejor que sea Vale —intervino Marta con tono de falsa sensatez—. Así no hay desigualdad. Diana merece a alguien de su nivel. No a un mototaxista.

Don Ernesto cerró los ojos un momento. Luego volvió a mirar a Mateo.

—¿Por qué quieres casarte con Diana, muchacho? —preguntó, intentando reconducir la conversación.

Mateo abrió la boca, pero no alcanzó a responder.

—Pues porque soy bonita, papá —Diana lo interrumpió con una mueca altanera—. Trabajo en oficina, tengo futuro. Es normal que un mototaxista como él me busque.

Mateo cerró el puño y lo aflojó de inmediato. Miró a Diana a los ojos.

—En realidad... tengo otro motivo...

—Ay, si es obvio —Diana rio otra vez—. Yo no soy de tu nivel. Mejor cásate con Vale. Ella es coja y tú eres pobre. Hacen juego.

¡PAM!

Don Ernesto golpeó la mesa. Le temblaban las manos de rabia contenida.

—¡Diana! ¡Cuida esa boca! ¡Si Vale cojea es por tu culpa!

Diana se calló, pero la sonrisa cínica no le abandonó el rostro. Vale solo agachó la cabeza en silencio.

Mateo se puso de pie despacio. A pesar de las humillaciones constantes, se había mantenido firme.

—Gracias, señor, por recibirme en su casa. —Se volvió hacia Diana—. Disculpa si mi visita te incomodó. La próxima vez prestaré más atención a cómo llego.

Se metió la mano al bolsillo y sacó un pedazo de papel.

—Este es mi número. Por si algún día Diana cambia de opinión.

—Pfff. —Diana lo tomó con una mueca y, sin dudarlo, se lo arrojó a Vale—. Toma. Guárdalo. Capaz y te sirve.

El papel cayó junto al pie de Vale. Ella lo recogió y volvió a bajar la cabeza.

—No hagas eso, Diana. Este hombre vino con buenas intenciones.

—¡Pues por eso mismo, cásate tú con él! ¡Yo no lo quiero! —espetó Diana con soberbia.

Mateo le lanzó a Vale una mirada fugaz, sin decir nada más. Salió caminando. El ruido de su moto destartalada se perdió patio afuera.

—¡Tss! Pobre y todavía se atreve a pedirme la mano —refunfuñó Diana.

Marta miró a su esposo.

—¡Ernesto! No voy a permitir que aceptes la propuesta de ese mocoso sin oficio. No merece a Diana. Si tanto quieres, dáselo a Vale. Que se largue de una vez de esta casa. ¡Parásita! —escupió, lanzándole a Vale una mirada cargada de desprecio.

La joven del jilbab solo agachó la cabeza, apretándose los costados en silencio. El corazón le ardía.

Unos minutos después, el sonido de varios autos se detuvo frente a la casa.

—Assalamu'alaikum (la paz sea contigo) —resonó una voz desde afuera.

Diana se puso de pie de un salto.

—¡Ese tiene que ser Ricardo!

Corrió hacia la puerta con el rostro iluminado. Marta la siguió con una sonrisa ancha. Don Ernesto se levantó para recibir a la comitiva que llegaba impecablemente arreglada.

—Wa'alaikum salam (y contigo la paz).

—¡Pasen, pasen, Ricardo!

—Gracias, señora —dijo Ricardo con una sonrisa, mientras sus ojos se desviaban un instante hacia la joven del jilbab, que bajó la mirada al cruzarse con los suyos.

—¡Vale! ¡A la cocina! No tienes nada que hacer aquí —le susurró Diana. Vale obedeció, recogió lo que quedaba de la visita anterior y se alejó arrastrando la pierna.

La comitiva entró con sonrisas corteses.

—El motivo de nuestra visita... venimos a pedir la mano.

Diana casi saltó de la emoción. Marta se aplaudió a sí misma.

—¡Alhamdulillah (gracias a Dios)! Sabíamos que la cercanía entre nuestros hijos tenía que llegar a algo más serio.

Los padres de Ricardo también se mostraron complacidos.

—Alhamdulillah, doña Mercedesta, don Ernesto.

Ricardo tomó aire.

—Quiero pedir la mano de Valentina —declaró con voz firme.

Silencio.

Diana se congeló. Marta se quedó boquiabierta. Don Ernesto miró a Ricardo con los ojos muy abiertos.

—¿Vale...? —La voz de Diana casi se convirtió en un grito.

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