¿Qué pasa cuando solo quieres dormir, pero el universo te convierte en la villana más temida del imperio?
Tras morir por exceso de trabajo en su vida pasada sin haber tenido jamás unas vacaciones, nuestra protagonista despierta en un mundo de fantasía. ¿Su reacción? ¡Por fin el descanso eterno! No me importa dónde estoy ni conozco a nadie, solo sé que no pienso mover un dedo. Su plan es perfecto: ser una vaga profesional y recuperar todos sus años de sueño acumulado.
El pequeño problema es que ha reencarnado en el cuerpo de la Duquesa Cassandra, la villana más fría y despiadada del reino, famosa por su mirada sombría (que en realidad es solo cara de sueño) y su temible poder militar.
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Capítulo 10: Pijamas de alta costura, fideos con tuco y un bombón de etiqueta
El mensajero real llegó con una invitación chapada en oro que pesaba más que mi paciencia. Presionado por el Rey, el Príncipe Jarek había organizado un banquete de disfraces masivo en el gran salón del palacio, supuestamente en honor a la "pureza" de Lady Ariadna, pero con la verdadera intención de obligarme a asistir, arrastrarme frente a la corte y forzarme a quedar bien ante el pueblo.
—¡No pienso ponerme esa armadura de tela con varillas de metal! —grité en mi habitación, pateando un maniquí que sostenía un vestido de gala con tres capas de enaguas y un corsé que te reducía la capacidad pulmonar a cero—. ¡Dije que no! Bastante sufrí usando trajes de oficina ajustados en mi vida pasada. Yo vine a vacacionar, y una reina de la vagancia no se asfixia por protocolo.
—Pero, jefa, tenés que ir a picarle el boleto a ricitos de oro —dijo Félix, sentado en el borde de mi ventana mientras comía unas uvas—. No te preocupes, yo te hago la segunda. Conseguí un canje con un mercader de telas exóticas del este.
Félix sacó de una bolsa un conjunto de dos piezas de seda fina de un color violeta oscuro, con bordados de dragones en hilo de plata. Pantalones holgados, una camisola suelta con caída perfecta y una suavidad que te daban ganas de llorar de la emoción. Básicamente, era un pijama de seda glorificado, pero en este mundo medieval pasaba perfectamente por "moda exótica de tierras lejanas".
—Félix, sos un crack, de verdad —le dije, mirándolo con adoración mientras me pasaba la tela por la cara—. Esto es el outfit definitivo. Cómodo, elegante y listo para irme a dormir apenas termine el evento.
—De nada, jefa. Hay que estar facha para el show —respondió Félix con una sonrisa total, usando las palabras raras de mi otra época que yo le venía enseñando por las tardes. A Brigit, que andaba por ahí ordenando mis zapatos, ya ni le sorprendía escuchar esos modismos del otro mundo; simplemente los asimilaba como parte de la nueva y extraña personalidad de su señora.
Cuando entramos al salón del palacio imperial, la música de arpas se detuvo por un segundo. Toda la corte estaba vestida con trajes pesados, pelucas incómodas y máscaras de oro. Y ahí estaba yo, caminando con la soltura de quien va a comprar facturas un domingo a la mañana, estrenando mi pijama de seda con total orgullo.
Mis ojos se abrieron de par en par al ver las mesas kilométricas llenas de comida: pavos asados, fuentes de chocolate místico, tartas de frutas y copas de cristal que se rellenaban solas. En mi vida anterior, lo más parecido a una fiesta elegante había sido el brindis de fin de año de la empresa con sándwiches de miga resecos y sidra barata. Esta era la primera vez que iba a una fiesta de verdad, ¡y pensaba aprovechar al máximo todo!
Me colgué de un brazo de Félix y agarré un plato gigante.
—¡Félix, mirá lo que es ese buffet! Hoy me transformo en un agujero negro de calorías. Vamos a romper el protocolo y a bajarnos todo —le susurré, devorando una tartaleta de crema en un segundo.
—Te sigo la corriente, jefa. Al gratis no se le dice que no —coincidió él, agarrando una pata de pavo.
Mientras avanzaba hacia la mesa de postres con el plato lleno, divise una silueta entre la multitud que me hizo frenar en seco. Apoyado contra una columna de mármol, vistiendo un traje de etiqueta negro hecho a medida que acentuaba su espalda perfecta, un antifaz oscuro y una camisa blanca ligeramente abierta en el cuello, estaba el Duque Gideon Vance. El traje le quedaba tan ridículamente bien que parecía tallado por los mismos ángeles de la costura.
Sin ningún tipo de filtro, apunté hacia él con mi tenedor y grité a viva voz para que me escuchara todo el salón:
—¡¡Pero por favor, qué guapo que estás, duque!! ¡Semejante lomo con ese traje de etiqueta es un atentado contra la salud pública! ¡Estás hecho un bombón!
Gideon, que estaba hablando con un conde, casi se ahoga con su propio aire. Se giró hacia mí, y a través de los agujeros del antifaz pude ver cómo sus ojos azules se abrían con pánico mientras un rojo furioso le trepaba por el cuello. Dio un paso atrás, buscando una columna más grande donde esconderse, completamente superado por mi falta de pudor frente a toda la nobleza.
—¡Duquesa Cassandra! —siseó una voz chillona a mi lado.
Era Lady Ariadna. La Santa vestía un disfraz de ángel con alas de plumas reales que ocupaba medio pasillo. Tenía una sonrisa hipócrita grabada en la cara y sostenía una copa colmada de vino tinto oscuro. Jarek la miraba desde unos metros atrás, frotándose las manos, esperando el momento de la humillación.
Ariadna avanzó con elegancia, fingiendo que se tropezaba con mi pijama exótico para tirarme todo el vino encima o hacerme una zancadilla que me mandara al piso frente al rey.
—¡Oh, qué torpe soy! —exclamó la Santa, inclinando la copa directamente hacia mi ropa violeta.
Justo en ese milisegundo, la comida pesada de la fiesta y el aburrimiento me pasaron factura. Me agarró un ataque de sueño terrible. Cerré los ojos, abrí la boca y solté un bostezo gigantesco, estirando los brazos hacia arriba con pereza.
Al estirarme sin cuidado, mis canales de energía liberaron una onda expansiva de magia pasiva por puro error reflejo. Una ráfaga de viento morado invisible golpeó la mano de Ariadna.
El efecto fue inmediato y puramente cómico. La copa de vino no cayó sobre mí; salió volando por el aire en una parábola perfecta, cruzó tres metros de distancia y aterrizó con precisión milimétrica, invertida, justo en la cabeza del Príncipe Jarek, quien estaba parado esperando para burlarse.
¡Plash!
El líquido espeso tiñó de rojo el copete rubio, bajándole en hilos oscuros por la frente, las mejillas y manchándole toda la capa dorada. La copa quedó perfectamente encastrada en su cabeza como un sombrero ridículo.
El salón quedó en un silencio sepulcral. Jarek parpadeó, con el vino chorreándole por las pestañas, tieso como una estatua de cera arruinada. Ariadna se tapó la boca con horror, dándose cuenta de que su plan había salido al revés.
Yo bajé los brazos de mi estiramiento, parpadeé un par de veces para despabilarme y miré el desastre. Al ver al heredero al trono empapado en alcohol, solté una carcajada limpia que resonó en el techo del palacio y dije en voz alta:
—¡Uy, Jarek! Qué mala pata. Te quedó el pelo como un fideo con tuco, querido. Te falta el queso rallado y estás listo para el menú infantil.
Félix tuvo que morderse el brazo para no estallar de la risa ahí mismo, mientras Gideon, desde su columna, miraba la escena con una mezcla de horror medieval y una fascinación absoluta que ya no podía ocultar. La fiesta recién empezaba y yo la estaba pasando espectacular.