En un mundo donde la realeza no es sinónimo de inocencia, existe alguien dispuesto a romper todas las reglas.
Un misterioso cazador recorre los reinos con una misión peligrosa: encontrar y eliminar princesas. Pero no lo hace por ambición ni riqueza… sino por una verdad oculta que pocos conocen. Detrás de cada corona se esconden secretos, traiciones y poderes que podrían destruirlo todo.
A medida que avanza en su cacería, el cazador comienza a cuestionar su propósito, especialmente cuando se cruza con una princesa diferente a las demás… alguien que podría cambiarlo todo.
Entre conspiraciones, batallas y emociones prohibidas, la línea entre enemigo y aliado se vuelve cada vez más difusa.
¿Qué pasa cuando el cazador deja de ver a su presa como un objetivo… y empieza a verla como algo más?
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El poder del dolor
Liria preparaba la vianda de su marido, doblaba su ropa y dejaba todo listo para facilitarle la vida. Su rostro, sin embargo, reflejaba tristeza. Las escenas eróticas de Helio con Milena se repetían en su mente como relámpagos en una noche de tormenta. Por momentos, la rabia la consumía: escupía maldiciones, apretaba su cuerpo desbordado y cansado, se sentía distinta, horrible ante sus propios ojos, como si la figura grotesca del espejo fuera su enemiga. Pero luego se calmaba, respiraba hondo e imaginaba un futuro en el que volvía a sentirse atractiva, caminando de la mano con su hijo por la feria.
Helio se acercó por detrás, besó su cuello y deslizó la mano por su cintura. Recorrió la acumulación de grasa de esa zona y siguió besándola. Ella no pudo dejarse llevar por el momento; siempre había sido débil ante sus caricias, pero esa noche era distinta: estaba herida. Él se apartó, la miró extrañado. Ella evitó miradas cruzadas. Helio besó su mejilla, agradeció la vianda y salió a la tempestad de la noche
Liria se quebró. Tapó su boca con la mano, sus lágrimas empaparon sus dedos. Se dejó caer al suelo de madera y lloró desconsolada. De fondo, el llanto de su hijo reclamó atención. Le costó levantarse, pero lo hizo: secó su rostro, se arregló el cabello y alzó al niño. El pequeño apoyó el rostro en su hombro, con los ojos entreabiertos y las manos aferradas a la tela gastada del vestido de su madre. Ella entonó una melodía suave, meciéndolo hasta dormir.
Pero, aun en ese instante tierno, las imágenes de Helio y Milena le causaron contracciones mentales que la devoraban por dentro.
¿Cuántas noches se habrían visto ya?
¿Estarían ahora haciendo el amor?
El martilleo de esas preguntas la dejaba destruida. Dejó al bebé dormido en la cuna, fue a la cocina y tomó un vaso de agua. Al ver una bandeja con frutas, decidió llevar algunas al cobertizo.
Subió la lámpara y entró. Preus estaba boca abajo, completamente desnudo, ejercitándose. Ella entrecerró los ojos, pidió disculpas y ofreció, casi sin mirarlo, las frutas.
El cazador se levantó. Su cuerpo, aunque marcado por cicatrices, parecía casi recuperado. Se inclina con respeto,
–Gracias por la comida.
Ella venció la vergüenza, abrió los ojos, y exclamó:
– Es increíble cómo te recuperaste en tan poco tiempo.
– No sané por completo, aun tengo heridas internas y huesos rotos, pero puedo moverme si soporto el dolor,
Se detuvo, la observó en detalle y dio unos pasos hacia ella. Liria se ruborizó, con la respiración agitada, a centímetros de ese cuerpo imponente.
–¿Qué fue lo que te sucedió? –preguntó el.
Ella tragó saliva, retrocedió.
El insistió.
–Tus pupilas tiemblan, están descontroladas… ¿Qué fue lo que te sucedió?.
Liria tanteó la puerta, encontró el cerrojo y salió corriendo del cobertizo. Tropezó en la nieve, pero avanzó hasta llegar a su casa, donde se desplomó de rodillas. El dolor era insoportable.
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Helio termina su jornada laboral y se dirige a las duchas. Un compañero se vestía junto a él.
– Ya hablé con mi papá–le dijo–. Les va a reservar una tarde de bote en la laguna. Dice que hoy sería un día hermoso para pasear.
Helio sonrió.
– Gracias amigo. A Liria le va a encantar.
– ¿Y el bebe?.
– Hablé con su mamá, lo cuidara un par de horas –respondió mientras se enjuagaba bajo el agua.
El compañero terminó de vestirse y se despidió.
Helio salió de la ducha, se secó con toallas limpias –Liria era muy atenta en eso– y comenzó a vestirse. Milena entra por la puerta, ella era parte del comité ejecutivo de la empresa, podía estar donde quería.
–Helio… –dijo pálida.
Él apenas giró el cuello para mirarla, luego siguió vistiéndose.
–Ayer pasó algo en la feria…
El sigue sin prestar atención, se sube unas gruesas medias y ajusta los zapatos, cuando de repente se detiene, la vista se olvida de las agujetas y deambula por las imperfecciones del suelo, sigue un recorrido aleatorio y sube por las paredes en dirección a ella. Recordó a Liria más distante, fría, cuando siempre había sido presa de sus besos y caricias.
—¿Qué fue lo hiciste?... —preguntó con voz oscura.
Ella rompió en lágrimas, juntó las manos, entrelazó los dedos
—Quise hablar con ella… pero no pude…
Helio se desespera y corre hacia ella, la toma de hombros y con la mirada endiablada pide explicación.
—No sé qué fue lo que pasó —sollozó Milena—, pero ella ya lo sabía… ya sabía que nos acostamos
Él la soltó, retrocedió, se llevó las manos a la cabeza. Tenía miedo, miedo de perder a Liria. Tomó sus cosas y salió corriendo..
Milena se dejó caer en el vestuario, hundió la cabeza entre las piernas y lloró. Su llanto rebotaba en las paredes de la fábrica.
Helio corrió hacia su casa. El sol asomaba, esperanzador. Pasó por el puesto de flores del viejo Richard, compró un ramo y siguió. Las calles estaban decoradas para la futura boda entre el príncipe y su amada. Oro y rosas de colores engalanaban cada rincón.
Helio avanzaba agitado, con tristeza. En su mente se mezclaba el miedo de perder a Liria con un sentimiento oscuro, inconfesable: la venganza. Le daba escalofríos imaginar a su mujer desnuda, entregándose a otro hombre mientras él trabajaba. Ese pensamiento lo devoraba más que cualquier otro.