un caos en tacones
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Cap 9
La Conciencia: ¡Atención! Estamos en el terreno más peligroso del mundo: el escritorio de una mujer inteligente que sabe leer a las personas mejor que Alek lee un informe de inteligencia. Él está ahí sentado, en una silla diseñada para un ser humano de tamaño normal, pareciendo un oso pardo en una casa de muñecas, mientras ella prepara su pluma como si fuera un bisturí.
Renata abrió el expediente de Katia con una parsimonia que ponía nervioso a cualquiera. Ivan, desde el pasillo, se asomaba por el cristal de la puerta haciendo señas de "suerte" a Alek, mientras intentaba convencer a la maestra auxiliar de que su acento ruso era un "don de la naturaleza".
—Bien, Señor Volkov —comenzó Renata, clavando sus ojos avellana en los de él—. El expediente de la niña está impecable, pero el suyo... el suyo tiene más huecos que un queso gruyere. Dice que se dedica a la "logística internacional y seguridad". Un eufemismo muy creativo para alguien que sabe cómo hacer que un hombre desaparezca de la vista con una sola mirada.
Alek se reclinó en la silla, que crujió bajo su peso, y le dedicó esa sonrisa sexy que solía desarmar ejércitos.
—La logística es un mundo duro, Maestra. A veces hay que ser... enfático.
—Sea enfático en su oficina, aquí sea honesto —lo cortó ella sin inmutarse—. No me importa a qué se dedique mientras no traiga sus problemas a mi puerta. Pero dígame, ¿qué piensa hacer para que Katia, que acaba de perder a sus padres, se sienta segura con un hombre que parece que no ha dormido una noche entera sin un arma bajo la almohada?
La Conciencia: ¡Directo al corazón! Alek no se esperaba ese golpe bajo. Miren cómo se le tensa la mandíbula. Renata no está jugando a ser la damisela rescatada, está evaluando si él es un peligro para la estabilidad emocional de la niña.
Alek guardó silencio un momento. La frialdad de sus ojos se disipó, dejando ver una sombra de cansancio y una sinceridad que rara vez mostraba.
—No sé cómo ser padre, Renata —admitió con voz ronca—. Sé proteger, sé proveer y sé castigar a quien hace daño. Pero no sé cómo explicarle a una niña de cinco años por qué sus padres no van a volver. Solo sé que, si alguien intenta tocarle un solo cabello, yo mismo me encargaré de que no vuelvan a ver la luz del sol.
Renata lo observó en silencio. Su instinto le decía que este hombre era fuego puro, del que quema y destruye, pero también vio la chispa de una lealtad inquebrantable
—La protección no es solo violencia, Alek —dijo ella, usando su nombre por primera vez, lo que hizo que a él se le acelerara el pulso—. Es presencia. Es estar en el festival de la primavera pegando flores, aunque se vea ridículo. Es no llegar oliendo a pólvora cuando ella quiera un abrazo.
—Lo intentaré —respondió él, fijando su mirada en los labios de ella—. Pero usted tendrá que ayudarme. No creo que pueda sobrevivir a las "manualidades" sin una guía profesional.
—Oh, no se equivoque —Renata cerró el expediente con un golpe seco y se levantó, rodeando el escritorio para quedar frente a él—. Yo no ayudo a hombres indefensos. Yo entreno a tutores responsables. Si quiere que Katia esté aquí, usted va a seguir mis reglas. Y la primera regla es: en este jardín, yo soy la que manda. ¿Entendido, "Terminator"?
La Conciencia: ¡Ufff! Ella está a centímetros de él. Él podría levantarla con una sola mano, pero se siente pequeño ante su fuerza. Miren a Ivan, está pegado al vidrio muerto de risa porque Alek acaba de asentir como un niño regañado.
—Entendido... Directora —dijo Alek, levantándose lentamente, quedando a una distancia peligrosamente corta. Él bajó la cabeza para quedar a su altura—. Pero una cosa más. Ese padre de hace un momento... no se preocupe por sus frenos. Me encargué de que donara una cantidad generosa de forma anónima para las nuevas cortinas del salón. Considérelo una "multa por mala educación".
Renata no pudo evitarlo. Una pequeña sonrisa, auténtica y brillante, escapó de sus labios.
—Es usted un tramposo, Señor Volkov.
—Soy eficiente, Renata. Nos vemos el lunes para el primer día de Katia. Trate de no extrañarme demasiado este fin de semana.
Alek salió de la oficina con paso firme, seguido por un Ivan que no dejaba de parlotear. Renata se quedó ahí, mirando la puerta, sintiendo que su corazón —ese que ella juraba que era de hielo— acababa de saltarse un latido.
La Conciencia: ¡Lo tenemos! El ruso está obsesionado y la maestra está intrigada. Pero esperen... ¿qué pasará cuando los enemigos de Alek descubran que su punto débil es una maestra de jardín de niños que mide 1.55? Esto se va a poner muy, muy peligroso.
besos xxx