El rey Adrien tiene cinco esposas por obligación, sin amor en su corazón. Todo cambia cuando conoce a Elara, la última esposa, quien no busca agradarle y despierta en él sentimientos desconocidos. Mientras el amor crece lentamente, los celos, las traiciones y la guerra amenazan con destruirlo todo. Adrien deberá decidir entre el poder… o el amor.
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La verdad entre miradas
El silencio dentro de la habitación era casi insoportable. Elara y Adrien se miraban fijamente, como si en ese instante todo dependiera de lo que uno pudiera ver en el otro.
—No —repitió ella con firmeza—. No soy una traidora.
Adrien avanzó un paso.
—Ese símbolo estaba en tu habitación.
—Colocado.
—¿Por quién?
—Eso es lo que debemos descubrir.
El rey apretó la mandíbula.
—No es tan simple.
—Lo es —respondió Elara sin vacilar—. Si realmente quieres la verdad.
Adrien la observó con intensidad. Había algo en su voz… algo que no encajaba con la culpa.
—¿Por qué debería creerte?
Elara dio un paso hacia él.
—Porque no te temo.
El rey frunció el ceño.
—Eso no es una razón.
—En este lugar, todos te temen —continuó ella—. Todos miden sus palabras, todos fingen… yo no.
El silencio volvió a caer.
Pesado.
Real.
Adrien desvió la mirada por un segundo.
Eso lo desconcertaba.
—Eso no prueba tu inocencia.
—Pero sí demuestra que no tengo nada que ocultar.
El rey caminó lentamente por la habitación, analizando cada rincón, cada detalle.
—Alguien quiere que dude de ti —murmuró.
—Exacto.
—Y lo está logrando.
Esas palabras dolieron más de lo que Elara esperaba.
—Entonces ya decidiste.
Adrien se detuvo.
La miró.
—Aún no.
En ese momento, la puerta se abrió.
Isolda entró sin esperar permiso.
—Majestad, el consejo espera su decisión.
Sus ojos se posaron en Elara con una mezcla de triunfo y desprecio.
—No hay nada que decidir —añadió—. La evidencia es clara.
Elara no apartó la mirada.
—La evidencia fue plantada.
Isolda sonrió.
—Qué conveniente.
Adrien levantó la mano, exigiendo silencio.
—Basta.
Ambas callaron.
El rey se giró hacia Elara.
—¿Puedes probar lo que dices?
Ella dudó.
Por primera vez.
—Aún no… pero lo haré.
Isolda soltó una leve risa.
—Eso no sirve de nada.
—Sirve si le doy tiempo —intervino Adrien.
Elara lo miró, sorprendida.
—Tendrás dos días —continuó el rey—. Si en ese tiempo no demuestras tu inocencia…
No terminó la frase.
No era necesario.
—¿Y mientras tanto? —preguntó Isolda.
Adrien no apartó la mirada de Elara.
—Seguirá bajo vigilancia.
Elara asintió lentamente.
—Es suficiente.
Isolda no estaba satisfecha, pero no insistió.
—Como ordene, Majestad.
Se retiró.
Cuando quedaron solos, el ambiente cambió.
Más íntimo.
Más peligroso.
—No sé si confiar en ti —dijo Adrien en voz baja.
Elara lo sostuvo con la mirada.
—Entonces no confíes… pero tampoco te equivoques.
El rey dio un paso más cerca.
—Si estás mintiendo…
—No lo estoy.
Sus rostros quedaron a poca distancia.
Demasiado cerca.
—¿Por qué arriesgarías tanto? —preguntó él.
Elara bajó la voz.
—Porque no vine a este lugar a traicionar… vine a sobrevivir.
Un segundo de silencio.
—Y ahora —añadió—… también a luchar.
Adrien sintió algo en el pecho.
Fuerte.
Inesperado.
Se alejó de golpe.
—Tienes dos días.
Y salió de la habitación.
Elara quedó sola.
Pero esta vez, no se sentía débil.
Se acercó a la mesa y tomó el papel que Teresa le había dado.
—Bien… —susurró.
Sus ojos se endurecieron.
—Es hora de descubrir la verdad.
Porque no solo estaba en juego su vida.
También lo estaba…
El corazón del rey.