“Dicen los viejos textos…
que al principio… solo había un mundo.
Un mundo… donde humanos y demonios caminaban bajo el mismo cielo.
No como enemigos… sino como hermanos.
Los humanos moldeaban la tierra con sus manos…
y los demonios le daban vida con su aliento.
Era la Era del Equilibrio.
Durante siglos, no hubo guerra. Humanos y demonios compartían la tierra, hasta que la traición surgió.
Un rey humano, cegado por el miedo, traicionó a los demonios. Y esa traición, como una grieta, abrió paso a la guerra.
Los demonios, impulsados por la furia, comenzaron a ganar. Los humanos, viendo su mundo desmoronarse, estaban al borde de la derrota.
Fue entonces cuando Kaeli, viendo la destrucción, tomó una decisión. Vio que si no actuaba, ambos serían aniquilados. Y fue ella quien, con un acto de sacrificio, dividió los mundos. Separó a los humanos y a los demonios, cerrando el portal entre ambos.
Desde entonces, los humanos habitan su propio mundo, separados de los demonios.Y el portal, oculto
NovelToon tiene autorización de liz Ramirez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El otro Lado del portal
*Capítulo 8: El otro lado del portal*
---
Kasumi no sintió el suelo.
Sintió paja.
Cayó de golpe, boca abajo, sobre un montón de heno seco. El olor le llenó la nariz. Dulce. Raro. No como el heno de su mundo.
Tosió. Se levantó rápido, con el corazón en la garganta.
Y lo vio.
El cielo.
No era azul. Era morado. Con nubes naranjas que se movían despacio, como si nadaran. Dos lunas. Una grande, blanca. Otra chiquita, roja.
Era real.
El otro mundo.
El de los libros. El de la princesa Kaeli. El que su papá…
No. No iba a llorar. No ahora.
Se sacudió la paja del pelo. Revisó su mochila. La tenía. El libro no. Se quedó con Aoi. Pero tenía agua. Tenía la jeringa vacía.
Tenía que bastar.
Se puso la capucha de la sudadera. El aire era tibio. Olía a flores que no conocía. A lluvia, pero dulce.
Caminó.
Frente a ella había un bosque.
Pero no como el suyo.
Los árboles eran altos, con hojas que brillaban. Azules. Rosas. Amarillas. Como si tuvieran luz adentro. El suelo tenía musgo que brillaba cuando lo pisaba. Mariposas con alas transparentes pasaban volando y dejaban polvo dorado.
Kasumi se quedó con la boca abierta.
Era bonito.
Demasiado bonito.
Como si alguien hubiera agarrado todos los colores de su mundo y los hubiera encendido.
Caminó entre los árboles sin miedo. El tirón en el pecho ya no dolía. Ahora era suave. Como si le dijera _por aquí_.
Tardó poco en cruzar.
Y cuando salió, se paró en seco.
Un pueblo.
Casas de piedra y madera, pero torcidas. Techos que parecían sombreros. Chimeneas que sacaban humo. Un río cruzaba en medio, pero el agua era plateada.
Y la gente.
Un hombre con cuernos de cabra cargando leña. Una mujer con orejas puntiagudas regateando por manzanas azules. Tres niños con colas de lobo jugando a las atrapadas, corriendo en cuatro patas. Un tipo enorme, con piel gris y un solo ojo, tomando de una jarra más grande que la cabeza de Kasumi.
Demonios. Elfos. Hombres lobo.
Todo lo que decían las historias.
Kasumi apretó los puños. No tenía miedo.
Ella ya sabía. Desde que leyó la hoja tres. Desde que su papá no volvió.
Pero recordó el libro. La hoja dos, abajo de todo. Con letra chiquita:
_“Los humanos huelen diferente. La palma los delata. El Listón de Sombra engaña la sangre.”_
Se quitó la mochila. Sacó el listón rojo que traía desde hace días. Se lo amarró en la muñeca derecha. Bien apretado. Tapando la cortada. Tapando el olor.
Con eso, pensó, no van a saber que soy humana. No van a poder leerme.
Se volvió a poner la mochila. Se bajó más la capucha.
Y dio el primer paso hacia el pueblo.
Nadie la miró.
Un elfo pasó a su lado, cargando flores que cantaban. No se detuvo.
Un demonio chiquito, con alas de murciélago, chocó con ella y siguió corriendo sin pedir perdón.
Era una más.
O eso parecía.
Kasumi respiró hondo.
Tenía que buscar información. Tenía que buscar el círculo rojo. Tenía que buscar a su papá.
Miró sus manos. La izquierda limpia. La derecha con el listón rojo, escondiendo la sangre que abrió el portal.
_Para quien tenga la sangre. Para quien oiga el llamado._
Ya estaba aquí.
Ahora tenía que sobrevivir.
Y empezó a caminar calle abajo, hacia el ruido, hacia la gente, hacia el otro mundo que resultó ser Real
Kasumi caminaba calle abajo, con la capucha bien puesta y el listón rojo apretado en la muñeca.
La gente pasaba. Un hombre lobo vendiendo pescado que brillaba. Una elfa tejiendo telarañas de luz. Nadie la miraba dos veces.
Hasta que chocó con alguien.
“Perdón”, dijo Kasumi, rápido, sin levantar la vista.
Pero la otra persona no siguió caminando.
Kasumi alzó los ojos.
Era una mujer. Alta. Bonita. Con ropa antigua pero elegante, como de otra época. Chaleco negro con botones de plata, pantalones ajustados, botas altas. El pelo corto, negro, despeinado. Y un parche en el ojo izquierdo. El derecho, gris, la estaba viendo fijo.
En la cintura traía dos fundas. Pero lo que cargaba no eran pistolas normales. Eran… armas. Raras. Una parecía una ballesta chiquita de hueso. La otra, un tubo de metal grabado con símbolos que brillaban tenue. Azul.
Armas de poder.
La mujer no dijo nada. Solo la miró. De arriba abajo. Como si la oliera sin olerla.
Luego, rápido, le agarró la muñeca.
Y la jaló.
Kasumi no alcanzó a gritar. La mujer la metió a un callejón entre dos casas torcidas. Oscuro. Olía a hierbas y a metal.
La empujó contra la pared. No fuerte. Pero firme.
“¿Quién eres?”, dijo la mujer. Su voz era baja. Ronca. No sonaba enojada. Sonaba… cansada.
Kasumi tragó saliva. “Na… nadie. Solo voy de paso.”
La mujer entrecerró el ojo. Le agarró la mano derecha. La del listón rojo.
Kasumi intentó jalarla, pero la mujer tenía fuerza. Le levantó la manga con el pulgar. Vio el listón. Lo tocó.
Y se quedó quieta.
Como en shock.
“Listón de Sombra”, susurró. “Hace siglos que no veo uno.”
Le quitó la capucha a Kasumi de un tirón. Le vio la cara. El cabello negro. Los ojos.
Luego le miró la mano otra vez. Pasó el dedo por encima del listón, justo donde estaba la cortada.
“No hueles a demonio”, dijo. “No hueles a elfo. No hueles a nada de aquí.”
Kasumi sintió el corazón en la garganta.
La mujer la soltó de golpe, como si quemara. Dio un paso atrás.
“Eres humana”, dijo. No era pregunta.
El ojo gris se le abrió más. No con miedo. Con algo peor. Con asombro. Con rabia vieja.
“¿Cómo llegaste?”, preguntó la mujer. Su mano se fue a una de sus armas. No la sacó. Pero la tocó. “Los portales están cerrados. Sellados. Desde hace mas de 100 años. ¿Cómo. Llegaste?”
Kasumi apretó la mochila. Pensó en mentir. Pensó en correr.
Pero la mujer del parche ya sabía.
Y si gritaba, se acababa todo.
Así que Kasumi respiró hondo.
“Con sangre”, dijo. Bajito. “Lo abrí con sangre.”
El callejón se quedó mudo.
La mujer del parche no se movió.
Solo la miró.
El miedo en el ojo de la mujer duró un segundo.
Lo tapó con rabia. Con prisa.
Agarró a Kasumi de la muñeca, justo encima del listón rojo. “Nos vamos”, dijo.
“¿Qué? No, espera—”
“¡Ya!” La mujer miró hacia la calle. Un demonio con cuernos pasó cerca, olfateando el aire. “Si te huelen sin el listón bien puesto, te hacen pedazos. Y si te ven conmigo, nos hacen pedazos a las dos.”
La jaló fuera del callejón.
Kasumi tropezó, pero la siguió. No tenía opción.
Cruzaron el pueblo rápido. Sin correr. Correr llamaba la atención. La mujer iba adelante, con la mano en una de sus armas. La ballesta de hueso.
Salieron por la orilla. Pasaron el río de agua plateada por un puente viejo. Se metieron otra vez al bosque. Pero este no brillaba. Era oscuro. Árboles torcidos, sin hojas.
Caminaron una hora. En silencio.
Kasumi tenía mil preguntas. _¿Quién eres? ¿Por qué me ayudas? ¿Qué sabes de los humanos?_ Pero la cara de la mujer decía _no hables_.
Hasta que la mujer se paró en seco.
Volteó.
“Me llamo Hanna”, dijo. Seca. Sin emoción.
Kasumi parpadeó. “Yo… yo me llamo Kasumi.”
Hanna la miró de arriba abajo otra vez. Como evaluándola. Luego asintió, apenas.
Kasumi se armó de valor. “¿A dónde vamos?”
Hanna ya estaba caminando otra vez. No la miró. “No preguntes. Solo persígueme.”
Kasumi apretó la mochila. Y la siguió. Sin decir nada.
Caminaron otra hora más. El bosque empezó a cambiar. Los árboles se hicieron menos torcidos. Salió pasto. Flores. Normales, pero de colores fuertes.
Y luego lo vieron.
Otro pueblo.
Pero este era diferente.
Más grande. Las casas eran de piedra blanca, limpias. Techos rojos, derechos. Las calles eran de adoquín. Había faroles con luz azul flotando solos. La gente vestía mejor. Túnicas. Armaduras ligeras. Capas. Se oía música de algún lado.
Un poco más… elegantito.
Hanna se bajó la capucha de su propia capa. No la traía puesta antes.
“No hables”, le dijo a Kasumi. “No mires a nadie a los ojos. Y por lo que más quieras, no te quites el listón.”
Kasumi asintió.
Hanna la volvió a agarrar de la muñeca.
Y entraron al pueblo.
La gente las miró. No a Kasumi. A Hanna.
Con respeto. Con miedo.
Un elfo guardia, con armadura plateada, les hizo una reverencia desde lejos. No se acercó.
Kasumi entendió.
Hanna no era cualquiera aquí.
“¿Quién eres tú?”, susurró Kasumi, sin poder aguantar.
Hanna no contestó. Hanna se dirigió asía Una cuerva rara y misteriosa
La puerta negra se abrió sola y entraron las dos mientras que la puerta sola se cerró
No había casa.
Había escaleras. De piedra. Hacia abajo.
Hanna no dijo nada. Solo empezó a bajar. Kasumi la siguió, con el corazón latiéndole en los oídos.
Bajaron mucho. El aire se puso frío. Húmedo. Olía a tierra vieja y a humo de velas.
Al final de las escaleras había un túnel. Largo. Con antorchas azules en las paredes que no se quemaban, solo brillaban.
Hanna caminó sin dudar. Kasumi iba pegada a ella.
habia una mensa De piedra negra. Tosca. Para doce.
Y había once personas sentadas.
No. No personas.
Demonios.
Todos diferentes. Una mujer con piel azul y cuernos rotos. Un tipo gigante con la cara partida por una cicatriz. Una niña que no era niña, con ojos completamente negros y sonrisa de tiburón. y otro más
Once.
Y una silla vacía. En la cabecera.
La silla de Hanna.
Todos voltearon al mismo tiempo cuando entraron.
once pares de ojos. Rojos. Amarillos. Negros. Plateados.
Se clavaron en Hanna. Luego en Kasumi.
El silencio fue pesado. Como plomo.
Kasumi se pegó más a Hanna. Tenía la boca seca. El listón rojo le quemaba la muñeca.
Ellos ya lo sabían.
Lo sentía.
No por el listón. Por algo más. Por cómo la miraban. Como si olieran la sangre. La sangre humana.
Hanna se quedó parada. No se sentó. No soltó a Kasumi.
“Volví”, dijo. Su voz rebotó en la cueva.
Nadie contestó.
La mujer de piel azul se inclinó hacia adelante. Sus cuernos rotos rasparon la mesa. “Hanna”, dijo. Su voz sonaba a vidrio. “Trajiste compañía.”
El tipo de la cicatriz gruñó.
La niña que no era niña ladeó la cabeza. Olfateó el aire. Sonrió más.
“Huele raro”, dijo, con voz de música rota. “Huele a… _cerrado_.”
Kasumi quiso desaparecer.
Hanna apretó la muñeca de Kasumi. Fuerte. _No hables_, decía el apretón.
“Ella viene conmigo”, dijo Hanna. Firme. Sin miedo. “Y se queda.”
Un murmullo recorrió la mesa. Bajo. Peligroso.
El chico lobo golpeó la mesa . _Toc._
“Las reglas son claras, Parche”, dijo. Tenía voz de hojas secas. “Ningún humano cruza el Velo. Ningún humano pisa la Roca. Tú lo sabes mejor que nadie.”
Hanna no se movió. “Las reglas también dicen que el líder de los Doce decide a quién sienta a la mesa.”
Puso la mano en el respaldo de la silla vacía.
“La silla es mía. Y ella se sienta conmigo.”
El silencio volvió. Más pesado.
Los once demonios miraron a Kasumi.
Y Kasumi, por primera vez desde que cruzó el portal, sintió miedo de verdad.
No del mundo.
De lo que venía ahora.
El silencio se rompió cuando Hanna jaló la silla de la cabecera.
No se sentó.
Empujó a Kasumi para que se sentara ella.
Once pares de ojos se abrieron más. Hasta la niña de ojos negros dejó de sonreír.
“Ella se queda”, dijo Hanna, plantándose detrás de la silla de Kasumi. “Aquí. Conmigo. Con los Doce.”
“Parche, estás loca. Si los otros clanes huelen a una humana aquí, nos hacen polvo. A todos.” Dijo Joruto
“Por eso se queda”, dijo Hanna, seca. “Hasta que encontremos cómo regresarla a su mundo. Sin que nadie se entere.”
Kasumi miró la mesa. Once demonios. Once monstruos. Y ella en medio.
“Y mientras tanto”, siguió Hanna, mirando a todos, “va a hacer lo mismo que ustedes. Va a ir a clases. Normales. Va a entrenar. Con Goru.”
El tipo de la cicatriz soltó una risa. Como piedras. “¿El Sensei Goru? ¿Vas a meter a una humana con ese demonio viejo?”
“Goru entrena a los que yo digo”, dijo Hanna. “Y ahora digo que a ella.”
Señaló con la cabeza a la mesa. “Preséntense. Rápido. Tiene que saber con quién no meterse.”
Uno por uno, hablaron.
El chico con colmillos y ropa rasgada se tronó el cuello. “Jaruto”, dijo. Sonrió y sus ojos se pusieron amarillos. “Soy lobo. Me transformo. Y muerdo duro.”
La niña de ojos negros se rió. Su voz ya no era de música rota. Era de mujer. “Himari”, dijo. Y en un parpadeo, creció. La ropa le quedó chica. Ahora era una mujer alta, con garras. “Parezco niña. Pero cuando peleo, no.” Volvió a encogerse.
Un chico con lentes empujó los anteojos hacia arriba. Se veía humano. Normal. Hasta que sonrió y sus manos se volvieron cuchillas de hueso. “Ken Ren”, dijo. “Defensa fácil. Ataque más fácil.”
La chica de cabello blanco no habló. Solo levantó las manos. Del suelo salieron tentáculos negros, gruesos, que se enroscaron en las patas de la mesa. Luego desaparecieron. “Rin”, dijo bajito. “Invoco. Protejo.” Alzó un dedo y un escudo azul apareció en el aire. “Y… curo. Un poco. No soy tan fuerte.”
Un elfo con un arco enorme en la espalda se cruzó de brazos. Tenía el pelo largo, plateado. “Daiki”, dijo. “Si te veo a cien metros, ya estás muerto.”
La chica de al lado tenía una bolita azul flotando en el hombro ella es ciega. La bolita abrió un ojo. “Akem”, dijo la chica. “Y él es Poli.” La bolita se estiró y se convirtió en un escudo, luego en una espada, luego otra vez en bolita. “Hace lo que le digo.”
Un chico pálido se mordió el dedo. Salió sangre. La sangre flotó y se hizo una cuchilla en el aire. “Tadachi”, dijo, lamiéndose la herida. “Mi sangre obedece.”
La mujer de cuernos de cabra sacó una flauta blanca .la tocó un poco del suelo salieron tres serpientes de fuego, siseando. Luego desaparecieron. “Luna”, dijo. “Con esto invoco serpientes. De fuego. De hielo. De mil cabezas. Y bolas de lo que quiera.”
Un chico con cara de aburrido estaba ahí. Y de pronto estaba al otro lado de la mesa. Sin caminar. “Azaí”, dijo, ya bostezando. “Me muevo. Rápido.”
Una chica con alas blancas las desplegó. Una pluma se soltó, voló sola y se clavó en la mesa, vibrando. “Mika”, dijo. “Mis plumas cortan. Y vuelo.”
La última se parecía a Jaruto. Misma sonrisa de lobo. “Suki”, dijo. Guiñó un ojo. “Soy su hermana. También me hago loba.” Sopló un beso y un corazón rosa, grande, flotó en el aire y explotó como escudo. “Y enamoro. A veces eso también mata.”
Todos se callaron.
Miraron a Hanna.
Hanna sacó la ballesta de hueso de su cintura. No apuntó. Solo la dejó en la mesa. La ballesta se desarmó sola y se volvió una espada. Luego un látigo. Luego otra vez ballesta.
“Hanna”, dijo. “Líder de los Doce. Controlo armas. Todas. Las invoco. Las rompo. Las hago mías.”
Guardó el arma. Miró a Kasumi.
“Y ella es Kasumi. Humana. Abrió el portal con sangre. Y ahora es problema nuestro.”
Se inclinó hacia la mesa. Su ojo gris brillaba.
“Si alguien habla de ella fuera de esta cueva, si algún clan se entera, si le pasa algo…”
No terminó.
No hizo falta.
Todos entendieron.
La mujer de piel azul, la de cuernos rotos, fue la primera en asentir. “Entendido, Parche.”
Uno por uno, asintieron.
Hasta Jaruto, el lobo, que le sonrió a Kasumi mostrando los colmillos. “Bienvenida a clases, humana. Goru te va a odiar.”
Kasumi tragó saliva.
Once demonios. Un sensei llamado Goru. Un mundo donde podía morir.
Y una líder con parche que acababa de apostarlo todo por ella.
Hanna puso una mano en el hombro de Kasumi.
“Mañana empiezas”, dijo. “Hoy duermes. Aquí estás segura.”
Kasumi miró la mesa. La silla. A los Doce.
No estaba segura.
Pero ya no estaba sola.