⚠️ por favor no denunciar y no apto para sensibles ⚠️🙏🏻
Ella es de un grupo rebelde pero es capturada en una misión el está encargado de hacerla hablar y luego ejecutarla Pero se obsesiona locamente por ella
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Capitulo 3
La camioneta frenó en seco.
Las puertas traseras se abrieron de golpe. Una mano encapuchada me ayudó a bajar. Mis piernas aún temblaban por la carrera, por el golpe, por todo. El refugio estaba oculto detrás de una fábrica abandonada, en un sótano al que se entraba por una trampilla camuflada entre escombros. Olía a humedad, a comida enlatada y a miedo contenido.
Bajé los escalones de metal. Cada uno crujía bajo mi peso.
Y ahí estaba ella.
Mi hermana.
Corrió hacia mí antes de que pudiera decir nada. Llevaba puesto un jersey gris que le quedaba enorme —era mío— y sus pies descalzos sobre el cemento frío. El cabello castaño, igual que el mío, le caía sobre los hombros. Tenía nueve años. Pero sus ojos parecían de treinta.
—Nox —dijo con voz entrecortada—. ¿Qué te pasó?
Me agarró la cara con sus manos pequeñas. Sus dedos recorrieron mi pómulo hinchado, mi labio partido, la sangre seca en mi barbilla. Me dolió. Pero no me quejé.
Sonreí. Me dolió sonreír también.
—No es nada, mi amor —mentí—. Solo me caí. Pero estoy bien.
Me miró fijamente. Sus ojos se llenaron de agua. Por un segundo, volví a ver a la bebé que cargué en brazos cuando todo se derrumbó. La que no entendía por qué mamá no despertaba. La que lloraba de hambre mientras yo robaba restos de comida de los basureros.
—No me mientas —susurró—. Tú nunca te caes.
Apreté los dientes. Parpadeé rápido para que las lágrimas no ganaran.
—Esta vez sí —respondí—. Pero ya pasó. Estoy aquí. Contigo.
La abracé fuerte. Enterré mi nariz en su pelo. Olía a jabón barato y a la única cosa limpia que me quedaba en la vida.
Está es nuestra vida ahora.
Fuimos acogidas por la organización después de que mis padres y toda mi familia fueran ejecutados por los militares. Una noche. Un pelotón. Un oficial leyendo nombres en una lista. Mi padre me dijo que tapara los oídos de mi hermana. Yo solo tenía doce años.
No alcancé a tapárselos a tiempo.
Ella lo oyó todo. Los disparos. Los gritos. El silencio después.
Quedamos solas y desamparadas.
Mi hermana era una bebé —dos años apenas— y yo era apenas una niña. Robaba para comer. Dormía en portales. Me escondía de los soldados que recogían a los huérfanos de la calle para llevárselos quién sabe dónde. Hubo noches en que pensé que no íbamos a despertar. Hubo días en que mordí mi propio brazo para no llorar y asustarla más.
Hasta que el jefe de los rebeldes me reclutó.
Me vio robando en un mercado. Pudo haberme denunciado. Pudo haberme ignorado. En lugar de eso, me ofreció un plato de comida caliente y un colchón en el suelo de su escondite.
Pero no fue nada fácil.
Nada en esta vida lo es.
Mi hermana seguía abrazada a mí. No quería soltarme. Nunca quería soltarme después de una misión.
—Me asustaste —dijo contra mi pecho—. Pensé que no volvías.
—Siempre vuelvo —respondí. Y fue la única verdad que dije esa noche.
Porque no sé qué era peor: si quedarme en la calle o unirme a la organización.
En la calle morías de hambre, de frío, de soledad. Pero al menos morías libre.
Aquí… aquí sigues viva, pero a cambio entregas algo que duele más que el hambre. Entregas tu voluntad. Tu cuerpo. Tu silencio.
Ko se encargó de enseñarme eso.
Al principio solo me entrenaban. Me enseñaron a pelear, a disparar, a plantar explosivos. Me dijeron que luchábamos por la libertad. Me creí sus palabras. Era joven. Quería creer en algo.
Pero luego Ko empezó a mirarme de otra forma.
Luego empezó a decir "eres mía" no como una promesa, sino como un hecho.
Y ahora… ahora que me uní no puedo irme.
Porque Ko me buscaría. Y me haría la vida imposible.
Ya me lo ha demostrado. Cada vez que intenté alejarme, algo malo pasaba. Una paliza. Una amenaza. Una "advertencia" a alguien que me ayudaba. Y siempre, siempre, los medicamentos de mi hermana desaparecían hasta que volvía arrodillada a pedir perdón.
Así que me quedo.
Sonrío cuando él quiere. Le digo que soy suya cuando me lo exige. Soporto los golpes cuando me equivoco.
Y en las noches, cuando mi hermana duerme a mi lado, miro el techo de cemento del refugio y me pregunto si algún día seré libre de verdad.
O si ya nací condenada.
—Ven —le dije a mi hermana, apartándola suavemente—. Vamos a dormir.
—¿Te duele mucho? —preguntó, señalando mi cara.
—Un poco —admití—. Pero duele más no verte.
Sonrió. Una sonrisa pequeña, frágil, que me partió el alma en dos.
La tomé de la mano y caminamos hacia los colchones en el fondo del sótano. Otros rebeldes dormían ya. Se oían ronquidos, respiraciones pesadas, algún que otro susurro en sueños.
Nos acostamos juntas.
Ella se acurrucó contra mi costado. Cerró los ojos.
Yo los mantuve abiertos mucho rato.
Pensé en Killa. En su sonrisa helada. En cómo me dijo "quiero a esa joven" como si yo fuera un juguete nuevo.
Pensé en Ko. En su puño contra mi cara. En el sabor de la sangre y la palabra "tuya" saliendo de mi boca como un escupitajo hacia mí misma.
Dos hombres.
Dos jaulas.
Y yo, Nox, la noche que nunca termina.
Que saque la casta, porque esa fama que tiene y siendo sometida así...