En Valenora, una ciudad donde el poder se hereda con sangre y la traición puede destruir imperios, dos familias dominan las sombras.
Alessia Bellandi, heredera de una poderosa familia italiana, ha aprendido a vivir entre secretos, lealtades y decisiones que nunca le han pertenecido.
Mikhail Orlov, heredero de un imperio ruso construido con disciplina y peligro, sabe que en su mundo una sola equivocación puede costar demasiado.
Cuando una amenaza comienza a mover piezas en las sombras, los Bellandi y los Orlov se ven obligados a sellar una alianza que nadie esperaba: un matrimonio por conveniencia.
Pero lo que comienza como un pacto frío pronto se convierte en una batalla de voluntades, deseo contenido y emociones que ninguno estaba preparado para sentir.
Mientras enemigos ocultos intentan destruirlos desde dentro, Alessia y Mikhail descubrirán que confiar puede ser el riesgo más peligroso ...y también el más inevitable.
porque algunas guerras nacen de la sangre .
Y otras del amor .
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Capitulo 8: Fuego bajo la piel
El muelle privado estaba casi desierto.
La noche había cubierto Valenora con una niebla ligera que se extendía sobre el agua. Las luces lejanas del puerto apenas atravesaban la oscuridad. El sonido de las olas golpeando suavemente la madera hacía que todo pareciera más silencioso.
Alessia llegó con el corazón acelerado.
No sabía exactamente qué esperaba encontrar.
Solo sabía que el mensaje de Mikhail había bastado para moverla.
Lo vio de pie junto a la baranda.
Llevaba el abrigo oscuro abierto y la expresión más tensa de lo habitual.
Cuando ella se acercó, él levantó la vista.
—Viniste.
—Me pediste que viniera.
Por unos segundos ninguno habló.
Había algo distinto en él.
Más duro.
Más cargado.
—¿Qué pasó anoche? —preguntó Alessia.
Mikhail apartó la mirada hacia el agua.
—Entramos en un almacén del muelle sur.
—¿Y?
—Había hombres trabajando con rutas falsas.
El pulso de Alessia se aceleró.
—¿Descubrieron algo?
—Sí.
Su voz se volvió más baja.
—Hay alguien dentro de los Bellandi.
El aire pareció enfriarse.
—Yo también lo sospechaba.
Mikhail volvió a mirarla.
—No es una sospecha cualquiera.
Sacó un pequeño papel doblado del bolsillo.
Se lo entregó.
Alessia lo abrió.
Era una lista de horarios, rutas y movimientos de carga.
Y en la esquina inferior había una firma.
No completa.
Solo una inicial.
V.
El corazón le golpeó el pecho.
Por un instante pensó en Vittorio.
Pero algo dentro de ella le dijo que no.
Recordó las palabras de Giulia.
Valentina.
Su respiración cambió.
—No puede ser…
Mikhail observó cada reacción en su rostro.
—¿Reconoces algo?
Alessia tardó unos segundos en responder.
—Tal vez.
—¿Quién?
Ella levantó la mirada.
—Todavía no lo sé con certeza.
Él dio un paso más cerca.
—Entonces no hagas nada sola.
La frase salió firme.
Más intensa de lo normal.
Alessia lo miró.
—No puedes seguir diciéndome eso.
—Y tú no puedes seguir metiéndote donde no sabes qué hay.
—No necesito que me protejas.
—Sí, Alessia. Esta vez sí.
El tono la sorprendió.
No era una orden fría.
Era preocupación real.
—¿Por qué? —preguntó casi en un susurro.
Mikhail guardó silencio.
La niebla parecía rodearlos.
El mar golpeaba lentamente el muelle.
—Porque anoche estuve a punto de llegar tarde.
La frase le apretó algo dentro del pecho.
Por primera vez vio cansancio en sus ojos.
Y miedo.
No por él.
Por ella.
Alessia dio un paso hacia adelante.
Ahora apenas los separaba el aire.
—No me gusta sentirme así.
—¿Así cómo?
—Sin saber qué está pasando.
Mikhail la observó.
—A mí tampoco me gusta.
—No hablo de eso.
Él entendió.
Y eso volvió todo más peligroso.
La respiración de ambos cambió.
La distancia se volvió mínima.
Mikhail bajó la voz.
—Entonces dime qué sientes.
El corazón de Alessia latía con fuerza.
Lo tenía demasiado cerca.
La oscuridad.
El olor a mar.
El calor de su presencia.
Todo parecía empujarla hacia un lugar del que no sabía volver.
—Que cuando estás cerca… todo se complica.
La mirada de Mikhail se suavizó apenas.
—A mí me pasa lo mismo.
El silencio se volvió más intenso.
Él levantó lentamente una mano y apartó un mechón de cabello que el viento había movido sobre su rostro.
Ese simple roce hizo que un estremecimiento le recorriera la piel.
Alessia no se apartó.
Tampoco él.
La respiración se volvió más lenta.
Más profunda.
Y durante un instante el mundo pareció detenerse.
Hasta que el teléfono de Mikhail vibró.
El sonido los devolvió de golpe a la realidad.
Él dio un paso atrás.
Miró la pantalla.
La expresión se endureció de inmediato.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—Yuri.
Guardó el teléfono.
—Alguien entró en la residencia Bellandi.
La sangre se le heló.
—¿Qué?
—Hace diez minutos.
—¿Quién?
—Todavía no lo saben.
Alessia ya estaba moviéndose.
—Voy a casa.
Mikhail la sujetó del brazo.
—Voy contigo.
No era una propuesta.
Era una decisión.
Ella no discutió.
La residencia Bellandi estaba llena de movimiento cuando llegaron.
Guardias armados.
Luces encendidas.
Voces cruzándose.
Alessia bajó del auto antes de que se detuviera del todo.
—¡Papá!
Vittorio apareció en la entrada principal.
Su rostro estaba endurecido.
—¿Dónde estabas?
—¿Qué pasó?
—Entraron en el despacho.
El corazón le golpeó con fuerza.
—¿Se llevaron algo?
—Documentos.
Mikhail bajó del coche y se acercó.
Vittorio lo vio.
Su expresión se volvió aún más fría.
—¿Qué hace él aquí?
—Vino conmigo —respondió Alessia.
Los ojos de su padre fueron de uno a otro.
La tensión se volvió densa.
Mikhail habló con calma.
—No hay tiempo para esto. Si entraron al despacho, no buscaban dinero. Buscaban información.
Vittorio apretó la mandíbula.
Sabía que tenía razón.
Un guardia apareció corriendo.
—Señor… encontramos esto.
Le entregó un pequeño colgante metálico.
Alessia lo reconoció primero.
Y el aire se le quedó atrapado en el pecho.
—No…
Vittorio la miró.
—¿Qué pasa?
Ella tragó lentamente.
—Es de Valentina.
El silencio cayó sobre todos.
Pesado.
Brutal.
La noche se volvió aún más fría.
Y Alessia entendió que acababan de cruzar una línea.
Porque la traición ya no estaba afuera.
Estaba dentro de casa.