Humillada, abandona, perdida y con el corazón completamente destrozado, Lucina se reencuentra con su familia para sanar y recuperar su vida. Su sentimiento de venganza esta latente en ella, pero no contaba con que su corazón fuera cautivado por el hombre que la salvo de la muerte. Ahora, lucha contra sus propios sentimientos y la intensa cercanía de Franco, quien no esta dispuesto a dejarla escapar de sus manos.
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Los rostros detrás de las máscaras.
Samara esperó pacientemente a que su hijo se decidiera a hablar. Entendía que expresar sentimientos abrumadores era difícil, más aún cuando no se comprende del todo su significado. Tras unos momentos, él finalmente confesó lo que había estado sintiendo durante días; Luciana, los encuentros con ella, lo mucho que le había impactado su actitud y la extraña ansiedad que le provocaba la posibilidad de reencontrarse con ella esa noche.
Mientras hablaba, Samara lo observó con un brillo divertido y enternecido en la mirada.
— Vaya… jamás imaginé que se trataría de esto.
Franco desvió la mirada con cierta incomodidad. Incluso él mismo se sentía abrumado por todas las sensaciones que ella estaba provocando en él.
— Quizás solo sea curiosidad. — Confesó finalmente. — Nunca me había sentido así por alguien.
Su madre negó suavemente con diversión al escuchar sus palabras. Ella más que nadie sabía lo que eso significaba. Porque ella también se sentía así por Andrew, y al final casi lo pierde por no arriesgarse.
— Puede ser… o puede ser algo más. — Habló pausadamente. — Pero solo lo sabrás… cuando la vuelvas a ver y vuelvas a estar cerca de ella.
Franco asintió tras meditar brevemente. Su madre estaba en lo cierto; no había razón para sentirse así. Simplemente debía ser paciente e intentar comprender el origen de esa sensación.
— Tienes razón, madre. No hay motivo para estar nervioso. Quizá a ella ni siquiera le interese.
— Oh, cariño… — habló ella sonriendo. — Créeme. Sí que le interesas.
Franco negó con la cabeza, divertido por la seguridad con la que hablaba su madre.
— Siempre tan confiada.
— Siempre tan observadora. — Corrigió ella con elegancia.
Poco después, toda la familia se reunió para marcharse juntos a la celebración. Al llegar al lugar, fueron recibidos por un imponente escenario de luces cálidas, jardines perfectamente decorados y una ambientación distinguida que reflejaba lujo sin caer en excesos.
La decoración era elegante, sofisticada y sencilla a la vez. Precisamente una de las cualidades que más admiraba Samara de su amiga; quien pese a la fortuna y al apellido que llevaban, jamás habían perdido la humildad ni la sencillez.
Mientras avanzaban entre saludos y sonrisas, Samara observó a sus hijos con discreción. Solo esperaba que ellos conservaran siempre esos mismos valores, sin importar el mundo que los rodeaba.
Uno a uno, los invitados comenzaron a llegar. Algunos eran cercanos a la familia Johnson, amistades de años que apreciaban sinceramente su compañía. Otros asistían por mera cortesía, respondiendo a una invitación imposible de rechazar dentro de los círculos sociales de la ciudad.
Y, como en toda gran celebración, tampoco faltaban aquellos que acudían movidos únicamente por la curiosidad. Personas que veían estos eventos como el escenario perfecto para enterarse de los rumores más recientes, observar discretamente las tensiones ajenas y luego comentarlas entre sus amistades con fingida inocencia.
La familia Johnson era una de las más importantes de la ciudad. Se distinguían no sólo por su fortuna, sino por el respeto que inspiraban. Eran conocidos por su carácter amable, su discreción y por las constantes obras benéficas que apoyaban sin necesidad de publicidad.
A diferencia de muchas familias de alto estatus, ellos se mantenían lejos del escándalo y del amarillismo que tanto alimentaba a ciertos periódicos. Su vida privada era exactamente eso; privada. No tenían interés en exponer sus intimidades para entretener a una sociedad acostumbrada a medir el valor de las personas según el tamaño de sus cuentas bancarias.
Dentro de uno de los autos detenidos frente al elegante recinto, Susana y Steven acompañaban a su hija en silencio.
Luciana mantenía el rostro sereno, pero su madre la conocía demasiado bien como para dejarse engañar por aquella calma aparente. Sabía que por dentro debía estar enfrentando una tormenta.
El camino hasta ese momento no había sido fácil. Al principio, adaptarse nuevamente a la vida, a la familia y a sí misma le costó más de lo que estaba dispuesta a admitir. Sin embargo, con el apoyo incondicional de quienes la amaban, había logrado superar muchas heridas.
Por ese motivo, aquella noche era especial. Se celebraba el gran aniversario de la empresa familiar, y sus padres deseaban presentarla oficialmente ante la sociedad. Querían que todos vieran que su hija estaba viva, sana, y de regreso.
Luciana había aceptado, pero con una condición; lo haría cuando ella se sintiera preparada.
Sus padres comprendieron su decisión y la respetaron. Solo pidieron algo a cambio; que permitiera que toda la familia la acompañara y protegiera en ese momento. A lo que simplemente, ella no pudo negarse.
Cuando el vehículo se detuvo en la entrada principal, Luciana respiró profundo. La ansiedad intentó colarse en su pecho, pero la dominó con rapidez. No sabía con exactitud a qué se enfrentaría al cruzar esas puertas, pero sí tenía algo claro; esta vez no agacharía la cabeza ante nadie. Esta vez, entraría con la frente en alto.
Apenas descendió del auto, los flashes se dirigieron inmediatamente hacia ella. Los fotógrafos disparaban sin descanso mientras los murmullos crecían a su alrededor.
Sus padres y hermanos se colocaron a su lado como una barrera silenciosa de apoyo. Ninguno respondió preguntas, ni permitieron interrupciones. Simplemente avanzaron con paso firme.
— ¿Lista, hermanita? — Preguntó Esteban, ofreciéndole una mano.
Matías hizo lo mismo desde el otro lado. Provocando que Luciana sonriera con seguridad tomando ambas manos.
— Nací lista, hermano.
Mientras caminaba con ellos por el centro del salón hasta llegar a su mesa. Los murmullos comenzaron a intensificarse. Muchos de los presentes ese día nunca la habían visto. Esto debido a que Luciana siempre había evitado la exposición pública. Durante la universidad se vestía de forma completamente distinta, casi disfrazándose para no revelar el evidente parecido con sus hermanos. Así había logrado una vida aparentemente normal.
Aunque al final de poco le sirvió, porque esa invisibilidad la convirtió también en un blanco fácil para quienes vieron en ella a una mujer manipulable, ingenua y sencilla de engañar.
Ahora, sentada en medio de aquel lugar lleno de apariencias, observaba con nuevos ojos. Ahora veía con claridad los verdaderos rostros de quienes se acercaban sonriendo solo por conveniencia. Personas que, al no saber quién era ella, la juzgaban con desdén sin motivo alguno, y que más tarde serían las primeras en halagarla al conocer su apellido.
Mientras sus hermanos le señalaban discretamente algunas personas importantes y le explicaban quiénes eran, Luciana iba tomando nota mental de aquellos con los que debía tener cuidado.
Esteban y Matías podían parecer relajados, incluso revoltosos, pero sabían perfectamente reconocer a los falsos. Especialmente a ciertas mujeres que se acercaban con intenciones demasiado obvias.
Fue entonces cuando sus ojos se posaron en un hombre al otro lado del salón. Aunque la distancia era considerable, pudo distinguirlo de inmediato. Su porte impecable, la elegancia natural de cada gesto y aquel rostro serio, casi enigmático, la dejaron inmóvil por un instante. Franco Smith.
No supo por qué, pero sintió una repentina necesidad de levantarse e ir hacia él. Y como si él percibiera la intensidad de su mirada, alzó la vista en ese mismo instante encontrándose con sus ojos. La atracción inexplicable que ella sintió en ese instante, la desarmó más de lo que quiso admitir.