Maximiliano "Max" Vogel no cree en el amor; cree en los resultados, en el poder y en el control absoluto. Es guapo, insultantemente rico y sabe que es inalcanzable. Para él, las mujeres son un juego de una sola noche, piezas de ajedrez en un tablero que siempre domina. Pero su estructura perfecta se tambalea cuando su hermano y mejor amigo, Luca, le pide un favor que no puede rechazar: supervisar la entrada de su mejor amiga al mundo laboral.
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Max y su comienzo
La residencia de los Vogel no era un hogar; era un monumento al éxito. Paredes de mármol negro, ventanales que devoraban la luz de la ciudad y un silencio que Max cultivaba como si fuera su posesión más preciada.
Esa noche, sin embargo, el silencio estaba muerto.
Max bajó las escaleras de caracol ajustándose los puños de su camisa de seda. El eco de unas risas agudas y una música demasiado alegre para su gusto golpeaba las paredes del salón principal. Al llegar al último peldaño, se detuvo.
Allí estaba ella.
Poli estaba sentada en la alfombra persa, con las piernas cruzadas y una copa de vino en la mano. El desordenado moño que llevaba apenas lograba contener una cascada de cabello pelirrojo, encendido y vibrante, que parecía absorber la poca luz cálida del salón. Luca reía a su lado, señalando algo en una tableta. El contraste era casi ridículo: Poli, con su suéter de punto demasiado grande que hacía resaltar aún más el tono de su pelo y su piel clara, parecía una llamarada de color en el mundo monocromático y gris de Max.
—Te lo digo en serio, Poli —decía Luca entre risas—, si entras mañana a la oficina con esa actitud, mi hermano va a tener un infarto antes del mediodía.
—Tu hermano necesita un infarto, o al menos un susto —respondió ella con esa voz vibrante que a Max siempre le recordaba a una mañana de verano—. Tiene la cara tan tensa que parece que sus facciones se van a romper. Y ese pelo... es tan... aburrido. No como el tuyo, que tiene vida propia.
—Mi cara está perfectamente, Poli. Y mis oídos también.
La voz de Max, profunda y cargada de una frialdad cortante, hizo que ambos saltaran. Poli se giró, y por un microsegundo, su sonrisa flaqueó al encontrarse con la figura imponente de Max bajo la luz de la lámpara de araña. Él se veía como un dios griego de negocios: letal, impecable y absolutamente inalcanzable y su sonrisa se borró sabía que Max era un muy serio y egocéntrico.
—¡Max! —Luca se levantó, ajeno a la electricidad estática que acababa de llenar la habitación—. Estábamos celebrando. Mañana es el gran día. Ya instalamos el escritorio de Poli en tu antecámara. Estará literalmente a dos metros de ti.
Max sintió un tic en la mandíbula. ¿Dos metros? Iba a tener esa llamarada pelirroja en su campo de visión todo el día. Iba a oler su perfume de vainilla. Iba a escuchar su risa a través de la puerta. Iba a ser una tortura.
—Espero que también hayas instalado un manual de silencio —dijo Max, acercándose al bar para servirse un whisky puro—. En mi oficina se trabaja, no se juega.
—No te preocupes, Max —dijo ella, y esta vez su tono no era de burla, sino de un desafío suave que lo irritó profundamente—. Sé perfectamente a qué voy. Luca me ha hablado de tus "estándares". Pero el silencio absoluto solo sirve para las bibliotecas y los funerales. En una oficina con alma, hay ruido, además voy hacer muy formal ya lo verás.
Max dejó la botella sobre la barra con un golpe seco. Se giró hacia ella, reduciendo la distancia hasta que Poli tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. A esa distancia, el cabello pelirrojo de ella parecía desprender calor propio.
—En mi oficina —recalcó él con voz baja y peligrosa—, el alma es la rentabilidad. Y tú eres una pasante que está ahí por un favor familiar. No esperes trato especial, ni risitas, ni mucho menos que soporte ese desorden que llamas peinado. Mañana a las siete, Poli. Ni un minuto más.
— Eso ya lo se, no tienes por qué ser tan pesado.— dijo poli sonriendo.
— Vamos no comiencen a pelear como siempre.— dijo luca.
Max ignoró el comentario de su hermano, manteniendo sus ojos fijos en los de Poli. Esa sonrisa de ella, tan despreocupada y llena de vida, era exactamente lo que él no toleraba: una distracción que no podía cuantificar ni controlar.
—No es una pelea, Luca. Son las reglas de mi casa y de mi empresa —replicó Max, dando un sorbo a su whisky sin apartar la vista de la joven pelirroja—. Si ella quiere ser "formal", que empiece por entender que el tiempo es el activo más caro que tengo. Y me está haciendo perderlo ahora mismo.
Poli soltó una pequeña risa, una que no llegó a ser burlona, sino más bien... compasiva. Como si supiera algo de Max que él mismo ignoraba.
—Mañana a las siete estaré ahí, Max.
Con el pelo bajo control y la formalidad que tanto te obsesiona —dijo ella, levantándose de la alfombra con una agilidad que hizo que su melena cobriza bailara sobre sus hombros—. Pero no me pidas que apague mi luz solo porque tú prefieres vivir en las sombras. Sería un desperdicio, ¿no crees?
Max apretó el vaso de cristal.
—Lo que tú llamas "luz", yo lo llamo falta de disciplina. Vete a dormir. No quiero quejas mañana sobre el tráfico o el despertador.
—Descansa tú también, Max —respondió Poli, caminando hacia la escalera. Al pasar junto a él, el aroma a vainilla y frescura volvió a invadir su espacio personal—. Parece que te hace falta y no te preocupes en cuanto encuentre un departamento me iré de tu casa.
Luca miró a su hermano y luego a su mejor amiga, soltando un suspiro resignado.
—Mañana va a ser un día largo... Buena suerte a los dos. La van a necesitar.
— Ella necesitará mucha suerte.— dijo Max terminando su bebida.
—¿Escuchaste eso? —preguntó Luca, rompiendo el silencio una vez que Poli desapareció en el pasillo superior—. Se va a ir. En cuanto consiga su primer sueldo, volará. Deberías estar feliz, es lo que querías, ¿no?
ahora vien Max debe ya de aclarar sus sentimientos eso de que el ni quiere nada serio entonces va a estar con poli y luego se va con otras ojalá poli pinga las cartas sobre la mesa y dejarle claro que ella no es de compartir y que de una vez deje a la vanessa esa