Historia romántica
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Capítulo 6
Elena pasó toda la tarde intentando concentrarse en el trabajo, pero le resultó casi imposible. Ordenó libros que ya estaban ordenados, limpió el mostrador dos veces, revisó el celular más de lo normal y miró el reloj tantas veces que parecía que el tiempo iba más lento a propósito.
A las siete menos diez ya tenía el bolso listo. A las siete menos cinco se miró en el reflejo del vidrio de la librería, acomodó su pelo y se retocó apenas los labios. A las siete en punto escuchó la campanita de la puerta.
Martín entró.
No traía traje ni nada especial, solo una camisa oscura y jeans, pero a Elena le pareció que nunca lo había visto tan bien. Él la miró de arriba abajo con una sonrisa tranquila, sin apuro, como si quisiera recordar esa imagen.
—Hola —dijo él.
—Hola —respondió ella, sintiendo otra vez esos nervios nuevos.
—¿Lista?
—Sí.
Elena apagó las luces, cerró la puerta y cuando se dio vuelta, Martín estaba más cerca de lo que esperaba. No dijo nada, solo le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja y le dio un beso suave, corto, pero lleno de intención.
—Tenía ganas de hacer eso desde que entré —dijo él.
Elena sonrió.
—Ni siquiera saludaste.
—Eso fue un saludo.
Caminaron unas cuadras hasta un restaurante pequeño, con luces cálidas y pocas mesas. Era un lugar tranquilo, de esos donde se puede hablar sin levantar la voz. Se sentaron frente a frente y durante unos segundos se quedaron mirándose, sonriendo sin decir nada, como si todavía no pudieran creer que estaban ahí.
—Estás nerviosa —dijo Martín.
—Un poco.
—Yo también.
—No parece.
—Lo disimulo muy bien.
Elena apoyó los codos en la mesa.
—¿Siempre estás tan seguro de todo?
Martín pensó un momento antes de responder.
—No. Pero cuando algo me importa, no me gusta hacerme el distraído.
Elena bajó la mirada, jugando con la servilleta.
—¿Y yo te importo?
Martín no dudó.
—Sí.
La respuesta fue tan directa que Elena levantó la vista inmediatamente. No había exageración en su cara, ni dramatismo, solo sinceridad. Eso la desarmaba más que cualquier otra cosa.
Pidieron comida, pero casi no prestaron atención a lo que comían. Hablaron de sus vidas, de sus familias, de cosas que les habían pasado, de miedos, de planes, de viajes que querían hacer. La conversación fluía fácil, natural, como si se conocieran desde hacía mucho más tiempo.
En un momento, Martín estiró la mano sobre la mesa y tomó la de Elena. Ella no la retiró. Entrelazaron los dedos y siguieron hablando así, como si fuera lo más normal del mundo.
—Me gusta estar con vos —dijo él en un momento.
Elena lo miró en silencio unos segundos.
—A mí también me gusta estar con vos.
—Se siente fácil, ¿no?
Ella asintió.
—Sí. Fácil… pero no poco importante.
Martín apretó suavemente su mano.
—Exacto.
Cuando salieron del restaurante ya era de noche. El aire estaba fresco y la calle tranquila. Caminaron despacio, sin apuro, todavía tomados de la mano. En una esquina, Martín la detuvo suavemente.
—Elena.
—¿Sí?
Él la miró unos segundos sin hablar, como si estuviera pensando si decir algo o no. Finalmente, levantó la mano y acarició su mejilla.
—Me estoy enganchando con vos —dijo en voz baja.
Elena sintió el corazón latiendo fuerte otra vez.
—Yo creo que ya estoy enganchada —respondió ella casi en un susurro.
Martín sonrió, pero no dijo nada más. Solo se acercó y la besó. Esta vez el beso fue más largo, más seguro, más profundo que los anteriores. Elena rodeó su cuello con los brazos y se acercó más a él, sintiendo el calor de su cuerpo, la forma en que la sostenía de la cintura.
Cuando se separaron, se quedaron abrazados en medio de la vereda, sin importarles si alguien pasaba o miraba.
—Esto va a cambiar todo —dijo Elena en voz baja.
—Espero que sí —respondió Martín.
Y en ese momento, los dos supieron que ya no estaban en el principio de algo.
Ya estaban adentro de la historia.