Lilith Gray lo perdió todo dos veces: Primero a su familia en la masacre de la manada Darkfire, y luego su corazón, cuando el hombre que le juró amor eterno la rechazó al encontrar a su "Compañera" predestinada.
Seis años después, la niña frágil había muerto. Ahora todos la conocian como "La Aniquiladora", una guerrera de élite que solo vive para el deber y el combate. Su objetivo es claro: convertirse en la Guardiana Real del Rey Rowan, el Licántropo más temido y poderoso del mundo.
Pero en la ceremonia de su nombramiento, el destino le juega una última carta. Al primer roce, el vínculo se desata: el Rey no quiere solo su lealtad, la quiere a ella. Lilith deberá elegir entre su libertad como guerrera o el poder absoluto como la Reina que nunca buscó ser.
¿Podrá entregarse al hombre por quien tanto lucho en proteger?
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Capítulo 08: Mi destino
El rey despertando todo sexy y gruñón..
Rowan
El sol de la Capital Real se filtraba a través de las pesadas cortinas de terciopelo, pero para mí era solo una molestia más. Me desperté con el humor de los mil demonios, sintiendo el peso de la corona incluso antes de abrir los ojos. A mi lado, el colchón se hundió y sentí un cuerpo cálido pegándose a mi espalda.
—Buenos días, Majestad —susurró ella. Ni siquiera recordaba su nombre. Solo recordaba que anoche necesitaba apagar el ruido en mi cabeza y ella estaba disponible.
Sentí sus labios en mi hombro y su mano deslizándose con una confianza que no le había otorgado. Con un movimiento seco, le atrapé la muñeca y me incorporé, dejando que la frialdad de mi mirada terminara de despertarla.
—Vístete y vete ahora mismo —dije. Mi voz era un gruñido bajo, el tipo de sonido que hace que los hombres retrocedan y las mujeres como ella tiemblen.
—Pero mi Rey... yo pensé que después de lo de anoche podríamos... —empezó a decir, intentando usar esa mirada de cachorro herido que tanto detesto.
—¿Pensaste? Ese es tu primer error —me puse de pie, ignorando mi desnudez mientras buscaba mis pantalones—. Fui muy claro: todo esto fue una distracción. No existe un "nosotros". No eres mi reina y no eres mi compañera, solo eres una invitada de una noche que ya se quedó más tiempo del debido. Ahora lárgate.
Ella recogió sus cosas, roja por la humillación, y salió de mis aposentos casi corriendo. Solté un suspiro pesado y me froté las sienes.
“Otra decepción, Rowan. Hueles a sexo y a tiempo perdido”, la voz de Caius, mi licántropo, retumbó en mi mente con ese tono de superioridad que tanto me irrita. Él se creía el guardián de la pureza, él que exigía que esperara a nuestra compañera destinada.
“¡Oh, cállate, Caius! No lo escuches, Rowan”, intervino Onix, mi lobo. Él era un Alfa de puro instinto y sangre caliente. “Somos hombres jóvenes, necesitamos un poco de fuego. Si la Diosa Luna se está tomando su tiempo para enviarnos a la indicada, no es nuestra culpa”.
—Es imposible vivir con ustedes dos —masculé, entrando a la ducha.
Dejé que el agua helada golpeara mi piel, intentando calmar el fuego que siempre parecía estar bajo mi superficie. Llevaba doce años esperando. Doce malditos años buscando a mi "Mate". Para un Licántropo, el encuentro es puro contactó físico: necesito tocarla, o al menos estar lo suficientemente cerca para que sus feromonas rompan el muro de mi autocontrol. Hasta ahora, el mundo solo me había dado mujeres vacías que buscaban el poder de mi trono, no el calor de mi corazón.
Media hora después, ya estaba en la sala del Consejo. Mi capa negra ondeaba tras de mí mientras caminaba hacia el trono. El ambiente estaba cargado.
—Su majestad —dijo uno de los consejeros, extendiendo un mapa—, los ataques de los renegados están aumentando. Y lo peor es que los Vampiros han empezado a movilizarse en las fronteras. Están creando una distracción. Creemos que los Pícaros están robando mujeres y cachorros de las manadas más pequeñas para entregarlos como medio de pago a los Vampiros.
—Malditos... que propuestas tienen—ordené, apoyando los codos en las rodillas. No quería política, quería resultados.
—Sugerimos enviar a diez de nuestras fuerzas especiales con un escuadrón de apoyo —propuso el Canciller—. Debemos detener estos focos de resistencia antes de que se conviertan en una rebelión total.
—Háganlo —sentencié—. No quiero a ningun prisionero. Si decidieron dar la espalda a su especie dos veces para trabajar con los chupasangres, han renunciado a su derecho a vivir, quiero que los maten a todos.
La reunión terminó y salí de allí directo a mi despacho. Necesitaba unos documentos antes de que el día se volviera más pesado. Al entrar, me encontré con la única persona que no me miraba con miedo: Clark, mi Beta y mi mano derecha.
—¡Clark! —lo saludé con un asentimiento—. Me enteré que acabas de llegar del campamento.
—Así es, Rowan —respondió él, cuadrándose un momento antes de relajarse—. Fue un proceso difícil. Empezamos con casi mil, pero ya están aquí los cinco finalistas.
Algo en su tono me llamó la atención, pero antes de que pudiera preguntarle, algo me golpeó.
Fue como una ráfaga de aire fresco en medio de un incendio. Un aroma sutil, casi oculto, que se filtraba desde la ropa de Clark o quizás del aire que traía con él. Era jazmín silvestre, pero con un fondo de chocolate y algo que solo podía describir como... mío.
En mi mente, Onix se puso de pie de un salto, erizando el lomo. Caius soltó un rugido que hizo que mis propios ojos brillaran en la penumbra del despacho.
“¿Qué es esa delicia? ¡BÚSCALA!”, aulló Onix.
“Mía... Mía. Ve a buscarla humano tonto...”, susurró Caius, vibrando con una intensidad que casi me hace perder el equilibrio.
Me apoyé contra el escritorio, apretando el borde de madera con tanta fuerza que crujió. Mis pulmones ardían. Diosa ese aroma... era el rastro de una mujer, pero una que nunca antes había sentido. Una que hacía que mi sangre hirviera de una forma peligrosa.
—¿Qué te pasa, Rowan? —preguntó Clark, dando un paso hacia mí con preocupación—. Te has puesto pálido.
—Ese olor, Clark... —mi voz salió como un rugido contenido, mis garras empezaron a presionar contra mis palmas—. ¿Qué es ese aroma que traes contigo?
Clark me miró confundido, olisqueándose la chaqueta.
—¿Olor? No sé de qué hablas. Huelo como siempre.
Cerré los ojos, forzando a Onix a retroceder. No podía ser. Si ese aroma estaba en Clark, significaba que pertenecía a uno de los finalistas. Uno de los guerreros que él había estado entrenando.
—No es nada —mentí, aunque mi corazón golpeaba mis costillas como un animal enjaulado—. Solo estoy cansado de estas reuniones.
—Entiendo —dijo Clark, aunque sus ojos mostraban que no se creía ni una palabra—. Mañana en la noche será el banquete en honor a los nuevos reclutas. Todo está listo para que los conozcas.
—Bien —dije, dándole la espalda para que no viera cómo mis ojos habían cambiado a ese color ámbar salvaje—. Asegúrate de que los preparativos sean perfectos, Clark. Estoy con prisa, tengo asuntos que atender.
Lo eché de mi despacho y me quedé solo, respirando el aire que él había dejado atrás. El aroma era débil, pero suficiente para dejarme marcado.
“Mañana, Rowan”, siseó Caius en mi cabeza. “Mañana sabremos si nuestra espera ha terminado”.
“Se que es nuestra compañera. Lo siento hasta en los huesos”, añadió Onix.
Me froté la cara con las manos, tratando de recuperar mi máscara de rey frío y arrogante. Pero por dentro, sabía que algo había cambiado. Ese aroma no era de una mujer cualquiera. Era el aroma de alguien que no vendría a seducirme, sino a desafiarme.
—Mañana —susurré para mí mismo—. Mañana veré quién es la dueña de ese aroma afrodisiaco.
Y más vale que esté preparada, porque si ella es lo que mis bestias dicen, no habrá lugar en este palacio donde pueda esconderse de mí.
golosa /Drool/
Haber de qué cuero, sale más correas /Proud/
el terminará postrándose...serás tú /Tongue/