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Il Circolo Nerovento: Los Tres Herederos III (Crónica Veraldi)

Il Circolo Nerovento: Los Tres Herederos III (Crónica Veraldi)

Status: En proceso
Genre:Mafia / Amor eterno / Venganza
Popularitas:651
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

los tres herederos: Alessandra la mayor (por un año) y los gemelos Enzo y Matteo (mejores por un año)

NovelToon tiene autorización de Uma campo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

XXI. Il macellaio di Milano e il desiderio di una ragazza viziata.

(dos meses despues...)

alessandra:

Han pasado dos meses desde que el cabello cayó al suelo de aquella peluquería y, con él, la última pizca de piedad que quedaba en mi sistema. Mi reflejo en el espejo ahora es el de un extraño: el cabello corto y militar resalta la cicatriz invisible de mi mirada heterocromática, y la ropa oscura ya no es un escondite, sino un uniforme de guerra.

El sótano del edificio de seguridad en el Sector Cuatro huele a humedad, hierro y al miedo rancio que emana de los poros de Pietro Lombardi. Pietro era uno de mis supervisores de confianza en el puerto, un hombre de unos cuarenta años, con una calva incipiente y una barriga que delataba una vida de excesos a costa de mi familia. Pero su pecado no fue el dinero; fue su entrepierna.

—Alessandra... per favore... è stato un incidente... —gimió Pietro, colgado de las muñecas por cadenas que tintineaban con cada uno de sus temblores. (Alessandra... por favor... fue un accidente...).

Me ajusté los guantes de cuero negro, sintiendo la presión familiar sobre mis nudillos. En la mesa metálica frente a él, descansaban mis herramientas de "negociación".

—¿Un accidente, Pietro? —mi voz, ahora recuperada pero grabada con una frialdad absoluta, cortó el aire—. Tres chicas de los últimos cargamentos hacia Nueva York resultaron estar embarazadas. Tres "productos" dañados que ahora son inútiles para el mercado de lujo por tu incapacidad de mantenerte dentro de tus pantalones.

—Io le amavo! —chilló él, y esa fue la palabra que hizo que algo dentro de mi cabeza hiciera cortocircuito. (¡Yo las amaba!).

Caminé hacia él y, sin previo aviso, le propiné un puñetazo directo al estómago. El sonido del aire escapando de sus pulmones fue música para mis oídos. No me detuve. Agarré una de las pinzas de presión y, con una calma que me asustaba a mí misma, le sujeté el dedo meñique de la mano derecha.

—¿Amor? Tú no sabes qué es eso, cerdo —mascullé.

Apreté. El crujido del hueso rompiéndose fue seguido por un grito tan agudo que habría despertado a los muertos. La sangre comenzó a brotar, manchando mis botas de cuero y el cemento del suelo. Pietro se retorcía, sus ojos inyectados en sangre buscaban una clemencia que yo ya no era capaz de sentir.

—¡AHHHH! ¡Maledetta! ¡Fermati! —gritaba, mientras el sudor y las lágrimas le empapaban el rostro sucio. (¡Ahhhh! ¡Maldita! ¡Detente!).

—El amor no se trata de usar a las personas como objetos para tu placer, Pietro. El amor es un parásito que te debilita, y yo ya me encargué de extirparlo de mi vida —tomé un escalpelo de la mesa y le hice un corte limpio en la mejilla, dejando que la piel se abriera como una fruta madura—. Tú, en cambio, eres solo una plaga que hay que eliminar.

Me acerqué a su oído, ignorando el olor a orina que ahora emanaba de él.

—Me dijeron que te gustaba jugar a ser el "papá" de esas chicas —susurré, y puse la hoja del escalpelo peligrosamente cerca de su entrepierna—. Veamos qué tan valiente eres cuando te quite lo que usas para "amar".

Los gritos que siguieron llenaron el sótano durante horas. Me sumergí en la violencia, dejando que la sangre salpicara mi sudadera negra. Cada golpe, cada corte, era una forma de silenciar el recuerdo de una voz que una vez me llamó monstruo. Pietro Lombardi no moriría rápido; quería que cada segundo de su agonía fuera un tributo a la General que ya no sentía nada.

Pietro seguía balbuceando incoherencias, un despojo de carne y sollozos en medio del charco de su propia sangre, cuando la pesada puerta de hierro del sótano chirrió al abrirse. No esperaba a nadie. Mis hombres saben que cuando "La General" entra en la cámara de interrogatorios, el mundo exterior deja de existir.

Sin embargo, ahí estaba ella.

**Isabella Conor** caminó sobre el cemento húmedo con una confianza que rozaba la insolencia. A sus diecisiete años, la hija de los Conor —nuestros aliados y receptores de mercancía en Puerto Rico— era una mezcla peligrosa de privilegio y depravación. Su cabello rubio liso, claramente teñido para ocultar sus raíces latinas, caía sobre sus hombros con una perfección artificial.

Llevaba un conjunto que gritaba "niña fresa" con un tinte de perversión: una minifalda blanca que apenas cubría lo indispensable y un top ajustado que dejaba ver esos tatuajes sutiles pero notorios que adornaban su piel bronceada. Sus ojos avellana, naturales y cargados de una arrogancia que solo la sangre mafiosa puede otorgar, recorrieron la escena.

Se detuvo a un par de metros de Pietro, cuya mandíbula colgaba de un hilo. Isabella no se inmutó ante el olor a vísceras ni ante los gritos ahogados del traidor. Solo miró.

—Vaya, Alessandra —dijo Isabella, su voz con ese dejo puertorriqueño que solía usar para manipular a los hombres, aunque sabía que conmigo no funcionaba—. Me habían dicho que después de cortarte el pelo te habías vuelto más... intensa. Pero esto parece un matadero de mala muerte.

Se cruzó de brazos, luciendo femenina y diminuta en aquel entorno de sombras y hierro. Su reputación la precedía: era una zorra manipuladora y enojona que sabía exactamente cuándo ser sumisa ante su padre y cuándo ser una perra arrogante con el resto del mundo.

—Isabella —respondí, bajando el escalpelo manchado—. No es el lugar para una princesa de San Juan. ¿Qué haces aquí?

—Papá quería saber si el cargamento de las chicas y la heroína saldría a tiempo —respondió ella, desviando la mirada hacia Pietro con una curiosidad clínica, casi aburrida—. Pero veo que estás ocupada castigando a los que dañan la mercancía.

Se acercó un poco más, sus tacones resonando contra el suelo ensangrentado. Miró fijamente a Pietro a los ojos; él intentó suplicarle con la mirada, pero Isabella solo soltó una risita fría y arrogante.

—Es feo —sentenció, arrugando la nariz—. Deberías terminar rápido, Alessandra. El puerto no espera por los sentimientos de un imbécil que no sabe cerrar las piernas.

Isabella no tenía miedo. Era una Conor, y en su mundo, la sangre era solo el color del éxito. Se quedó allí, de pie en su ropa corta y su aire de superioridad, observando el horror como quien mira una vitrina en una boutique de lujo. Ella era el recordatorio de que, en este negocio, incluso las niñas más bonitas tienen el alma teñida de negro.

Antes de que pudiera dar un solo paso hacia la salida, Isabella se movió con la agilidad de una serpiente. Se interpuso en mi camino, bloqueándome el paso con esa figura menuda que desprendía un perfume dulce y empalagoso, capaz de enmascarar incluso el olor a hierro del sótano. Sus labios se contrajeron en un pucherito infantil, una expresión de falsa inocencia que contrastaba violentamente con la malicia de sus ojos avellana.

—No me has saludado como se debe, Alessandra —ronroneó, acortando la distancia hasta que su pecho rozó mi sudadera negra.

Sus manos, pequeñas y de uñas perfectamente limadas, subieron por mi pecho hasta enredarse con descaro en mi nuca, justo donde el cabello corto dejaba expuesta la piel sensible sobre el tatuaje del escudo Veraldi. Sus yemas recorrieron el contorno de mi nuca y subieron hacia mis sábanas de acero, acariciando la zona con una lentitud calculada que me hizo tensar cada músculo del cuerpo.

Mi instinto más primario, ese lado mujeriego y voraz que siempre me había definido antes de la debacle emocional de los últimos meses, rugió con una fuerza que me asustó. Mis pupilas se dilataron y una parte de mí solo quería estamparla contra la pared fría del sótano, devorarle la boca y poseerla hasta que olvidara su propio apellido. Pero mi cerebro, la parte que aún sostenía las riendas de "La General", gritaba una advertencia desesperada: *no te atrevas, es una niña; es la hija de los Conor y apenas tiene diecisiete años*.

—Estás muy tensa —susurró Isabella, acercando sus labios a mi oído mientras sus dedos seguían jugueteando con la raíz de mi cabello recién cortado—. Me gusta este look de chica mala, te hace ver... peligrosa. Más de lo habitual.

Sentí el calor de su cuerpo filtrándose a través de mi ropa. Bajé la mirada hacia ella, encontrándome con su sonrisa arrogante y esos labios pintados que me desafiaban a perder el control.

—Isabella, suéltame —dije, pero mi voz me traicionó, saliendo en un tono mucho más ronco, profundo y cargado de una vibración que delataba mi excitación.

—¿Y si no quiero? —coqueteó ella, enredando una de sus piernas entre las mías mientras su mano bajaba por mi mandíbula hasta rozar mis labios con el pulgar—. Sé que te mueres por hacerme lo mismo que le haces a esas mujeres en tus barcos. ¿O es que la General le tiene miedo a una niña puertorriqueña?

El toque de su piel contra la mía era una provocación directa. Me quedé allí, suspendida entre la ética profesional que nos mantenía como aliados y el deseo oscuro de silenciar su arrogancia con la misma violencia con la que acababa de tratar a Pietro. Isabella sabía exactamente qué botones presionar, y en ese sótano lleno de sangre, su coqueteo se sentía como el primer paso hacia un abismo del que quizá no quería regresar.

Un gruñido gutural escapó de mi garganta, pero a mitad de camino se transformó en un gemido ahogado cuando los dedos de Isabella presionaron con precisión quirúrgica un punto sensible en la base de mi nuca, justo donde el tatuaje de la corona de espinas se encontraba con la piel recién expuesta por el corte militar. No era una zona íntima, pero la descarga eléctrica recorrió mi columna con tal violencia que sentí cómo mi propio sexo se humedecía y palpitaba, exigiendo una atención que mi cerebro intentaba negar.

—Maledetta... —mascullé, con la respiración entrecortada mientras mis manos, todavía con rastros de adrenalina, rodeaban su cintura diminuta.

Decidí seguirle las riendas del juego. Si Isabella quería jugar con fuego, yo era un incendio forestal. La saqué del sótano casi a rastras, ignorando el despojo humano que quedaba atrás, y la conduje a través de los pasillos de la mansión hasta mi habitación. Al entrar, cerré la puerta con un golpe seco, buscando un momento de calma para recuperar el mando de mi propia cordura, pero Isabella no tenía intenciones de darme tregua.

—Estás temblando, General —se burló ella con esa arrogancia de niña fresa, mientras se deshacía de sus sandalias y caminaba descalza hacia mi cama, luciendo su ropa corta y esos tatuajes sutiles que decoraban sus piernas bronceadas.

—Isabella, tienes diecisiete años... los Conor me cortarán la cabeza si te toco —dije, aunque mi voz ronca y el brillo de mis ojos heterocromáticos decían exactamente lo contrario.

—No si yo te lo pido —respondió ella, dándose la vuelta para enfrentarme. Se acercó de nuevo, restregando su cuerpo contra el mío mientras sus manos volvían a mi cuello, impidiendo que mi mente se enfriara—. Además, ¿quién se enteraría? Eres la ley en esta casa, Alessandra. Haz que valga la pena haberme escapado de San Juan.

La irritación me quemaba la garganta más que el whisky barato o la sangre que acababa de derramar abajo. Me sentía acorralada en mi propio santuario, atrapada entre la pared de caoba y el cuerpo menudo de una niña que jugaba a ser mujer con la destreza de una experta en demoliciones. Mi deseo, ese instinto mujeriego que siempre había sido mi perdición y mi mayor combustible, palpitaba en mis sienes con una fuerza que me hacía ver motas rojas en el aire.

—Isabella, detente —gruñí, y mi voz sonó como el crujir de un glaciar rompiéndose.

La agarré por las muñecas, deteniendo sus manos justo antes de que sus dedos alcanzaran el botón de mi pantalón oversize negro. La miré fijamente con mis ojos heterocromáticos, dejando que el verde olivo y el café profundo se clavaran en ella con toda la ferocidad de la General. Estaba furiosa; furiosa con ella por ser tan descarada, y furiosa conmigo misma por sentir que mis bragas estaban empapadas, exigiendo una fricción que me llevaría a la ruina política y familiar.

—Escúchame bien, niña fresa —le advertí, acercando mi rostro al suyo hasta que nuestras narices se rozaron—. Tienes diecisiete años. Eres una Conor. Si pongo un solo dedo sobre ti, si te toco de la forma en que mis manos están gritando por hacerlo, tu padre no solo romperá nuestra alianza en el puerto. Me va a matar. Y no será rápido. Me arrancará los ovarios con sus propias manos antes de dejarme desangrar en una fosa en San Juan.

Isabella, lejos de asustarse, soltó una risita arrogante y comenzó a protestar, retorciéndose en mi agarre con una fuerza sorprendente para su complexión natural y femenina.

—¡No me importa mi padre! —chilló, sus ojos avellana brillando con una rebeldía caprichosa mientras intentaba zafarse—. Él no está aquí, Alessandra. Tú eres la que manda en Milán, ¿o es que eres una cobarde? ¡Suéltame!

Aprovechó un segundo de mi duda para soltar una mano y volver a la carga, tirando con desespero del botón de mi pantalón. Yo no oponía una resistencia física violenta —porque una parte de mí, la parte más oscura y necesitada, quería que ganara—, pero mi mirada era una advertencia de muerte. Mi respiración era un desastre, una sucesión de jadeos roncos que Isabella interpretaba como una invitación.

—¡Alessandra, quiero verte! —insistió, sus uñas rascando la tela gruesa de mi ropa mientras se pegaba a mi entrepierna con una insistencia que me hacía jadear de rabia y placer—. ¡Deja de actuar como si fueras un cura! Sé que me quieres, lo huelo en ti.

—No tienes idea de lo que estás pidiendo —mascullé, cerrando los ojos con fuerza mientras sentía cómo ella tiraba de la cremallera—. Si cruzo esta línea, no habrá vuelta atrás. Te voy a destrozar, Isabella. No sé ser sutil, no sé ser dulce... y mucho menos ahora que no me queda nada por dentro.

Ella no escuchaba. Seguía forcejeando con el botón, insistiendo una y otra vez, mientras yo me mantenía rígida como una estatua de mármol a punto de estallar. El conflicto entre mi ética como General y mi hambre como depredadora me estaba volviendo loca. Estaba desesperada por el contacto, irritada por su falta de límites y consumida por un enojo que solo el sexo violento podría disipar, pero la imagen del viejo Conor y sus sicarios acechando mi imperio me mantenía en un vilo agónico.

—¡Ábrete! —gritó ella, frustrada, dándole un tirón al botón con todas sus fuerzas.

La paciencia, ese hilo delgado que apenas me sostenía desde que me corté el cabello, se terminó de romper con un chasquido violento. La furia y la lujuria se mezclaron en mi sangre como un cóctel explosivo. La agarré de las muñecas con una fuerza que seguramente le dejaría marcas y la estampé contra la pared antes de rugirle a centímetros de su cara, con mis ojos heterocromáticos inyectados en deseo puro.

—¡¿Quieres que te folle?! ¡¿Eso es lo que buscas, maldita niña malcriada?! —le grité, mi voz ronca retumbando en toda la habitación—. ¡Entonces lo haré, pero si te quejas después, no va a ser mi culpa! ¡Si terminas rota, recuerda que tú lo pediste!

Sin darle tiempo a respirar, la levanté y la lancé con rudeza sobre el centro de mi cama. Isabella rebotó contra el colchón, su ropa corta y su falda mini subiéndose hasta las caderas, dejando ver su cuerpo natural y sus tatuajes sutiles. Me despojé de mi sudadera oversize y de mis pantalones con una fiereza animal, quedando desnuda frente a ella, con mis músculos tensos y mi sexo palpitando de forma dolorosa por la falta de atención.

Me abalancé sobre ella como un depredador sobre su presa. No hubo delicadeza. Le arranqué el top y la falda blanca con movimientos bruscos, ignorando el sonido de la tela rompiéndose. Isabella me miraba con una mezcla de sorpresa y esa sumisión que tanto le gusta fingir, pero sus ojos avellana estaban dilatados de puro terror y excitación.

—Abre las piernas, Isabella —le ordené, mi voz siendo un susurro sucio.

Me posicioné entre sus muslos, encajando mi sexo directamente contra el suyo. No necesitaba juguetes; necesitaba sentir su piel, su humedad y su calor. Comencé a frotarme contra ella en una tijera lésbica brutal, buscando una fricción que nos hiciera arder a ambas. El contacto de nuestros clítoris chocando con fuerza me sacó un gemido gutural, mientras Isabella soltaba un chillido que se ahogaba en las sábanas.

—Cazzo... estás tan mojada, pequeña zorra —mascullé, clavando mis dedos en sus caderas—. Mírame mientras te destruyo el coño.

Para intensificar el castigo, agarré su pierna derecha y la subí con violencia hasta mi hombro, abriéndola por completo, dejándola totalmente expuesta a mi merced. Con esa posición, el roce entre nuestros sexos se volvió insoportable, una presión constante y rítmica que me hacía ver estrellas. Empecé a embestir mis caderas contra las suyas con una rapidez salvaje, escuchando el sonido húmedo de nuestros fluidos mezclándose, un chapoteo sucio que llenaba el silencio de la habitación.

—¡Alessandra! ¡Oh, Dios, más... más fuerte! —gemía ella, arqueando la espalda, sus manos pequeñas enterrándose en mis hombros.

—¡Cállate y aguanta! —le espeté, aumentando la velocidad—. Querías a la General, ¿no? ¡Pues aquí me tienes, devorándote entera!

Cambié la posición, girándome para quedar en una tijera invertida, entrelazando mis piernas con las suyas de forma que cada movimiento mío la estrujara contra el colchón. Mis dedos buscaban sus pechos, apretándolos con la misma furia con la que mis caderas buscaban su orgasmo. Estaba enojada, irritada y desesperada, y cada gemido de Isabella solo alimentaba mi necesidad de verla colapsar bajo el peso de mi autoridad y mi deseo mujeriego.

La habitación olía a sexo, a sudor y a esa fragancia de niña fresa que ahora estaba manchada por la ferocidad de una Veraldi que ya no sabía lo que era la piedad.

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