📖 Sinopsis
Emma es una chica que siempre ha preferido el silencio. Desde niña, su timidez la mantuvo oculta tras las páginas de sus libros y las escenas de sus series románticas favoritas. Solo una vez fue valiente: cuando entregó una nota de papel preguntando: "¿Quieres ser mi novio?". Recibió un "Sí" de vuelta, pero el destino le arrebató ese amor el mismo día cuando sus padres la cambiaron de escuela sin previo aviso.
Años después, Emma trabaja en una fábrica de zapatos, atrapada en una rutina de cuero, máquinas y soledad, refugiándose en una cuenta de Instagram anónima donde escribe sus penas. Pero su mundo de cristal está a punto de romperse cuando recibe una notificación en su cuenta personal: “Hola, ¿tú eres Emma Rodríguez?”.
¿Es posible que el niño de la nota nunca la haya olvidado? ¿Podrá Emma superar su timidez antes de que el pasado se le escape de las manos otra vez?
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Capítulo 20: Entre el caos y el refugio
El resto del día en la fábrica fue un calvario de silencio. El único sonido era el de las máquinas y los pasos pesados del jefe, que caminaba de un lado a otro pegado al teléfono, con la encargada siguiéndole los pasos como una sombra.
Cuando llegó la hora del almuerzo, el comedor parecía un funeral. Nadie se atrevía a quebrar el silencio. Saqué mi teléfono a escondidas y sentí un alivio inmediato al leer el mensaje de Julián; sonreí sin poder evitarlo y le resumí brevemente el caos de la mañana. Él respondió casi al instante, pero apenas alcancé a leerlo cuando la campana de regreso retumbó en las paredes.
—¡Vamos! Se acabó el almuerzo —gritó el jefe, cortándonos el tiempo. Ni siquiera nos dejó completar la media hora.
Recogimos todo a toda prisa, con el corazón acelerado, y volvimos a nuestros puestos. Las horas pasaron lentas, pesadas, hasta que finalmente dieron las cinco. Al cruzar la puerta de salida, sentí que mis pulmones por fin recibían aire puro. Caminé rápido hacia la parada, pero la escena era desalentadora: estaba a reventar.
Mientras esperaba, vi que tenía varios mensajes de Julián. Pude sentir su preocupación y su cariño a través de la pantalla, pero el cansancio me impedía concentrarme. Pasó una hora eterna hasta que llegó el bus. Logré subir a empujones, quedando apretada como una sardina en lata. Lo peor vino después: me tocó viajar al lado de un hombre que despedía un olor a sudor tan penetrante que casi me desmayo.
"¡Qué horror! ¿Es que este señor no se huele?", gritaba en mi mente, tratando de respirar por la boca mientras deseaba que el bus volara.
Cuando por fin bajé, caminé casi trotando a mi casa. Sentía que ese olor se me había pegado hasta en el alma. Entré desesperada, me arranqué la ropa y la lancé directamente a la lavadora como si estuviera contaminada. Corrí a la ducha y me quedé bajo el agua mucho tiempo, frotándome con fuerza el pelo, la cara y cada rincón del cuerpo con jabón.
—¡Nooo! ¡Qué asco! —grité de pura frustración dentro del baño.
Al salir, me llené de crema y colonia, tratando de borrar cualquier rastro del día. Me lancé en el sofá, agotada, pensando seriamente que hoy el universo se había ensañado conmigo. En ese momento, el teléfono vibró: era Julián llamando por video.
—Hola, princesa hermosa. ¿Ya estás en casa? —me saludó con esa sonrisa que siempre lograba desarmarme.
—Sí... pero de verdad, hoy no fue mi día —le dije, dejando caer los hombros.
Él soltó una risita suave y me pidió que le contara todo. Le relaté cada detalle, desde los gritos del jefe hasta el suplicio del bus con aquel olor insoportable. Julián estalló en carcajadas, contagiándome un poco de su alegría. Yo, fingiendo indignación, hice un puchero frente a la cámara.
—Te ves tan hermosa haciendo pucheros —me dijo, riendo a carcajadas, mientras yo sentía que, a pesar de todo, el día por fin empezaba a mejorar.