📖 Sinopsis
Emma es una chica que siempre ha preferido el silencio. Desde niña, su timidez la mantuvo oculta tras las páginas de sus libros y las escenas de sus series románticas favoritas. Solo una vez fue valiente: cuando entregó una nota de papel preguntando: "¿Quieres ser mi novio?". Recibió un "Sí" de vuelta, pero el destino le arrebató ese amor el mismo día cuando sus padres la cambiaron de escuela sin previo aviso.
Años después, Emma trabaja en una fábrica de zapatos, atrapada en una rutina de cuero, máquinas y soledad, refugiándose en una cuenta de Instagram anónima donde escribe sus penas. Pero su mundo de cristal está a punto de romperse cuando recibe una notificación en su cuenta personal: “Hola, ¿tú eres Emma Rodríguez?”.
¿Es posible que el niño de la nota nunca la haya olvidado? ¿Podrá Emma superar su timidez antes de que el pasado se le escape de las manos otra vez?
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Capítulo 7: Secretos en el rincón del comedor
Mis ojos se clavan en la pantalla, ignorando el ruido de las bandejas de metal y el murmullo de las risas a mi alrededor. Leo el último mensaje una, dos, tres veces. Las palabras de Julián parecen vibrar bajo el cristal del teléfono, y siento que el temblor de mis manos ya no es solo por el cansancio, sino por una descarga de adrenalina pura.
J_Castillo94: "He pasado por la Escuela del Sur esta mañana... y me he quedado un rato frente al portón. Recordé cuando nos despedimos aquel día. Emma, sé que ha pasado una eternidad, pero me gustaría saber si sigues teniendo esa misma sonrisa que tratabas de esconder de todo el mundo".
El aire se me escapa de los pulmones. Estaba allí. Hoy. Cerca de nuestros recuerdos.
—¡Emma! ¡Siéntate a comer de una vez! —la voz de uno de mis compañeros me sobresalta, haciéndome dar un respingo—. Recuerda que la hora de almuerzo pasa volando y luego Doña Marta no perdona ni un segundo de retraso.
Levanto la cabeza de golpe, sintiéndome como si me hubieran atrapado cometiendo un crimen. Guardo el teléfono en el bolsillo a toda prisa mientras trato de recuperar el aliento. Frente a mí, un par de compañeros me miran con curiosidad. De repente, otro de los chicos se acerca con una sonrisa burlona, cruzándose de brazos.
—Pero bueno, Emma... ¿ahora te escondes en los rincones? —suelta con un tono divertido que me hace querer desaparecer—. Mírate la cara, estás roja como un tomate. ¿Acaso nuestra chica silenciosa está enamorada?
El comentario me cae como un balde de agua fría. Salgo de mis pensamientos de golpe, sintiendo que todos en el comedor podrían estar escuchando. Mi timidez, que suele ser mi escudo, se transforma en una chispa de irritación defensiva. No puedo permitir que sospechen nada; este secreto es lo único que me pertenece de verdad.
—¡Estás loco! —le respondo con una voz más alta de lo normal, tratando de sonar indignada para ocultar mi nerviosismo.
Siento la mirada de mis compañeros en la nuca mientras me alejo. El corazón me retumba en los oídos, sordo y constante, como si quisiera salirse de mi pecho. Me siento en el extremo de la mesa larga, abriendo mi porta-comidas con movimientos mecánicos. El arroz con pollo que preparé anoche hoy me sabe a cartón; tengo un nudo en el estómago que no me deja pasar ni un bocado.
«¿Enamorada?», la palabra de aquel chico sigue rebotando en las paredes de mi mente. «Ni siquiera sé cómo es su voz ahora. Ni siquiera sé si le gustaría la mujer aburrida en la que me he convertido».
Me obligo a llevarme una cucharada a la boca, pero mis ojos vuelven, como imanes, hacia el bolsillo de mi pantalón donde descansa el teléfono. El bulto del aparato me quema. Julián estuvo hoy en nuestra escuela. Estuvo en el lugar donde todo se detuvo, buscando un rastro de mí. Esa idea me marea más que el hambre o el sueño.
—Emma, ¿te encuentras bien? —me pregunta Lucía, sentándose a mi lado—. Estás pálida. Si te sientes mal, deberías decirle a Doña Marta. No queremos que te desmayes sobre una de las máquinas.
—Estoy bien, Lucía —logro articular, forzando una voz que suena pequeña y lejana—. Solo... no dormí bien. Es el cansancio.
—Bueno, pues come rápido. Quedan diez minutos para volver al taller y hoy el lote de zapatos de cuero italiano es prioridad. Ya sabes cómo se pone la jefa con las entregas.
Asiento en silencio, agradecida de que no insista. Miro el reloj de pared de la fábrica. Cada segundo que pasa es un segundo en el que lo tengo a él "en visto". ¿Qué pensará? ¿Pensará que ya no me importa? ¿O que soy la misma niña miedosa que no sabe qué decir?
Dejo el tenedor a un lado. No puedo más. Aprovechando que Lucía se distrae hablando con otra persona, saco el teléfono por debajo de la mesa, ocultándolo con la servilleta. Mis dedos vuelan sobre el teclado, impulsados por una valentía desesperada que solo el agotamiento y la nostalgia pueden dar.
Emma_Rod: "Yo también pasé por ahí hace unos meses. El portón sigue igual de oxidado... y mi sonrisa... bueno, creo que ahora la escondo más que antes. Estoy trabajando, no puedo hablar mucho. Pero no me he ido. Sigo aquí".
Envío el mensaje y bloqueo la pantalla de inmediato, guardando el celular como si fuera un objeto prohibido. Un suspiro largo y tembloroso escapa de mis labios. He dado un paso. Ya no hay vuelta atrás.
La sirena de la fábrica suena de nuevo, estridente y mandona, anunciando el fin del descanso. Me levanto, recojo mis cosas y camino de regreso al taller. El ruido de las máquinas vuelve a encenderse, pero esta vez, el taca-taca-taca ya no me parece tan monótono. Ahora lleva el ritmo de una esperanza que creía enterrada bajo capas de cuero y años de soledad.