Fui obligada a casarme con un Duque y después de ello me inculparon de haberlo asesinado!!
- ¡Pero si yo no fui!
Gracias al cielo por darme una segunda oportunidad.
¡Esta vez no seré la dulce Viollet, me vengaré y limpiaré mi nombre!
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Capítulo 2: La máscara
El mes antes de la boda se convirtió en mi campo de entrenamiento.
No con espadas, claro está. Una mujer en mi posición no podía empuñar un arma sin levantar sospechas. Mi campo de batalla era otro: los salones de té, los pasillos de la casa de mi padre, los mercados donde las criadas iban a comprar y traían consigo los rumores de la corte. Mi arma eran las palabras, y mi escudo, la máscara de la misma Viollet dócil que todos esperaban ver.
Me levantaba cada mañana antes del alba. La primera vez que viví estos días, solía quedarme en la cama hasta que una doncella me sacaba de ella, temerosa de cruzarme con mi padre o con Luisa. Ahora me levantaba con el primer rayo de luz, abría mi ventana de par en par y observaba la ciudad que se desperezaba. Giosem era hermosa cuando aún no despertaban sus miserias: los tejados rojos, las torres del palacio real brillando como agujas de oro, el río que atravesaba la capital con su aliento de pescado y espuma.
Pero yo no miraba la belleza. Miraba los caminos, las calles que llevaban al puerto, las murallas, los puestos de la guardia. Memorizaba cada ruta de escape, cada callejón que la primera vez había ignorado porque mi mundo se reducía al jardín y a mi habitación.
Nunca más.
También recordaba. Esa era mi mayor ventaja: la memoria de lo que aún no había sucedido. Recordaba los nombres de los guardias que me escoltaron a prisión, el rostro del juez que dictó mi sentencia sin examinar las pruebas, el modo en que la tía del duque, la anciana condesa viuda, había suspirado con alivio cuando me condenaron porque así su sobrino Emilio heredaría todo. Recordaba cada rostro, cada susurro, cada puñalada que me dieron antes de que el cuchillo real cortara mi cuello.
Pero sobre todo, recordaba a las personas que habían permanecido en silencio. Esos eran los más peligrosos: los que vieron la verdad y no hablaron. También ellos pagarían, pero con mi propia justicia, no con la de los tribunales.
—Señorita Viollet, ¿está usted bien?
La voz me arrancó de mis pensamientos. Me volví y me encontré con una muchacha de unos quince años, flaca como un junco, con el cabello castaño recogido en una cofia descolorida. La reconocí al instante: Mira, la nueva doncella que mi padre había contratado para que me acompañara al palacio del duque. La primera vez, la había tratado con indiferencia, demasiado ensimismada en mi miedo para fijarme en ella. Luego supe, cuando ya era tarde, que Mira había sido la única que intentó hablar en mi defensa. La despidieron sin carta de recomendación y yo nunca supe qué fue de ella.
Esta vez sería diferente.
—Estoy perfectamente —respondí, y mi sonrisa, a diferencia de las que ofrecía a mi familia, fue genuina—. ¿Tú eres Mira, verdad?
La muchacha abrió los ojos con sorpresa. Era común que las señoritas ignoraran el nombre de las doncellas nuevas.
—S-sí, señorita. Me han asignado para atenderla hasta que… hasta que contraiga matrimonio.
—Hasta que me venda como ganado, quieres decir.
Mira palideció. Llevaba una bandeja con té humeante y unas galletas de avena que mi padre consideraba un lujo excesivo para mí, pero que Luisa no se había dignado a retirar todavía.
—No he dicho eso, señorita, se lo juro.
Me acerqué a ella con paso lento, y vi cómo sus hombros se tensaban. Pobrecilla. En esta casa todos aprendían a temer los cambios de humor.
—No te asustes —dije, tomando la bandeja de sus manos para dejarla sobre la mesita—. No soy como ellos. Y necesito que sepas algo, Mira: en esta casa, vas a escuchar muchas cosas de mí. Que soy dócil, que soy ingenua, que no tengo espina dorsal. Me gustaría que tú supieras que eso no es cierto, pero que vas a ayudarme a que los demás lo crean. ¿Puedo contar contigo?
La muchacha me miró con unos ojos pardos enormes, llenos de desconcierto y, lentamente, de algo que parecía gratitud.
—Yo… señorita, yo haré lo que usted necesite. En esta casa me han tratado bien hasta ahora, pero he visto cómo la tratan a usted. No es justo.
Si supieras que la injusticia más grande aún no ha llegado.
—Entonces empecemos —dije, volviendo a sentarme junto a la ventana—. Hoy vendrá mi hermana Grecia a desayunar conmigo. Fingirá preocupación, me preguntará si tengo miedo del duque, me ofrecerá su compañía y su consejo. Tú estarás en la habitación, sirviendo el té. Y vas a escuchar cada palabra que diga, cada gesto que haga. Luego me lo contarás todo.
—¿Pero usted estará ahí, señorita. ¿Para qué quiere que…?
—Porque hay cosas que yo no puedo ver mientras finjo ser la hermana tonta que ella cree que soy. Tú sí.
Mira asintió, con una mezcla de intriga y temor que me recordó a mí misma años atrás. No le dije más. El tiempo diría si podía confiar en ella del todo, pero mi instinto me decía que sí. La primera vez, Mira había arriesgado su puesto para defenderme. Esa clase de lealtad no se improvisa.
Como había previsto, Grecia apareció al mediodía, con un vestido de seda color melocotón que le regalaba mi padre y un aire de hermana solícita que se le daba con naturalidad aterradora.
—Viollet, querida —dijo al entrar, tendiéndome ambas manos como si fuéramos íntimas—. He pensado que deberías probarte el vestido de novia hoy. La modista vendrá a las tres.
—Por supuesto —respondí, dejándole tomar mis dedos con fingida calidez—. Qué amable de tu parte ocuparte de estos detalles, Grecia. Sé que tienes tantas cosas que hacer con tu madre.
Su sonrisa se tensó apenas un segundo. Luisa, su madre, llevaba semanas murmurando que el matrimonio de Viollet era un desperdicio, que la hija del conde con el hombre más poderoso del imperio debería haber sido Grecia, no la engendrada por la primera esposa muerta. Pero el duque había pedido a Viollet, y ni Luisa ni mi padre se atrevían a contrariar la voluntad de un hombre que podía comprar y vender a toda la familia diez veces.
—Mamá está algo indispuesta —dijo Grecia con un suspiro teatral—. Pero yo me encargo de todo. Quiero que tu boda sea perfecta.
Perfecta para que luego puedas decir que la esposa del duque estaba loca de celos, que mató a su esposo con un cuchillo de cocina porque no le hacía caso. Sí, perfecta.
—¿Sabes? —dije, apartándome para mirar por la ventana mientras ella se sentaba—, he estado pensando en el duque. Dicen que es un hombre muy… observador. Que todo lo ve.
Grecia entrecerró los ojos.
—Es un militar. Los militares están acostumbrados a vigilar.
—Claro. Por eso me pregunto qué habrá visto en mi hermano Darell para que le deba tanto. Darell no era rico, ni poderoso. Era solo un oficial valiente. ¿Qué favor puede deberle un duque a un simple conde?
El silencio que siguió fue breve, pero lo suficientemente largo para que lo notara. Grecia abanicó su rostro con el abanico de nácar, un gesto que usaba cuando no sabía qué responder.
—Eso son asuntos de hombres —dijo por fin—. Nosotras no debemos meternos.
—Por supuesto —asentí, con mi sonrisa más dulce—. Solo curiosidad. Me pregunto si el duque me hablará de él algún día. Darell era mi hermano favorito, ¿sabes?
—Lo sé. —La voz de Grecia se enfrió—. Todos lo saben.
Mira sirvió el té en ese momento, con manos temblorosas pero firmes. No levantó la vista, pero yo sabía que no se perdía ni un solo gesto de mi hermana.
Grecia bebió un sorbo y cambió de tema con la agilidad de quien ha practicado la evasión toda su vida.
—He oído que el hermano del duque, Emilio, estará en la boda. Dicen que es encantador. Muy diferente de su hermano.
Ah, Emilio. El falso hermano amoroso que siempre tiene una palabra amable y una daga escondida en la manga.
—No conozco a ninguno de los dos —dije con honestidad—. Pero supongo que pronto los conoceré.
Grecia sonrió, y en sus ojos grises vi un brillo que conocía bien. Era el brillo de quien ya está trazando sus propias líneas.
—Ten cuidado con los Dubrey, hermana. Los hombres de esa familia son como lobos. El duque es el lobo solitario que muerde cuando menos lo esperas. El hermano… bueno, Emilio es más bien un zorro. Más astuto, menos peligroso a simple vista.
Pero más traicionero. En eso tienes razón, Grecia.
—Gracias por el consejo —dije—. Lo tendré muy presente.
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Gracias por leer 😊❤️
osea si está bien publicado o se publicó primero uno y después el otro
por qué a como medio entendí se supone este iba antes (osea este vendría siendo el caso 9 ) o da igual ?
autora un maratón está joya se merece un maratón 🔥🔥🔥
gracias mil gracias me encanta tu novela eres una escritora maravillosa ❤️❤️🥰🥰