Samantha no encaja en los estándares, y está cansada de que el mundo se lo recuerde a cada paso: en el espejo, en las miradas ajenas, en las palabras que duelen más de lo que muestran. Pero detrás de cada inseguridad hay una fuerza callada. Y cuando el nuevo profesor llega a su vida con una mirada distinta —una que no juzga, que no exige, que desea— todo comienza a cambiar.
Lo que empieza como una atracción silenciosa se convierte en algo que ninguno de los dos esperaba.
¿Podrán mantenerse al margen de lo prohibido? ¿O hay cosas que, aunque quieran ocultarse, terminan por estallar?
Una historia de deseo, ternura y valentía.
Porque a veces el amor no llega cuando te sentís lista… sino cuando por fin dejás de esconderte.
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Capítulo 7 — La mesa del rincón
Samantha
La casa estaba tranquila cuando llegué. Mamá tenía la televisión encendida, aunque no parecía prestarle atención. El aroma a sopa de verduras me dio una sensación de hogar instantánea.
—Hola, mi amor —saludó desde la cocina—. Justo estaba por servirte un plato.
—Gracias, yo lavo después —respondí, dejando la mochila.
Cenamos sin apuro. Me preguntó cómo había ido el día, mencionó que tenía que llevar el lavarropas al técnico, y yo asentí, con la mente ya en otra parte.
Cuando terminé de comer, me levanté y le di un beso en la frente.
—Me voy al café un rato.
—¿A pasear o a trabajar?
—A trabajar. Me toca cerrar hoy.
Mamá no dijo nada más. Ya estaba acostumbrada. El turno nocturno me venía bien para no cruzarme con demasiada gente. El café estaba cerca, y aunque no era el trabajo soñado, me gustaba. Había algo en el sonido de las tazas, en el aroma del espresso, en la charla suave de la clientela, que me hacía sentir… parte de algo.
A las nueve en punto ya estaba con el delantal puesto, detrás del mostrador. Había pocos clientes, lo cual era ideal. Me gustaba cuando el ambiente era tranquilo. Atendí a una pareja que pidió té de jazmín y una porción de torta de chocolate, y luego me puse a limpiar una bandeja mientras sonaba música suave por los parlantes.
Y entonces la puerta se abrió.
No lo noté de inmediato. Escuché el sonido de la campanita, como siempre, y levanté la vista casi por inercia. Pero cuando lo vi… me congelé por un segundo.
Él.
El profesor Herrera.
Entró solo, con su chaqueta colgada del brazo y una libreta bajo el otro. Miró alrededor como si buscara un lugar específico, hasta que eligió la mesa del rincón, cerca de la ventana.
Se sentó sin prisa, sacó un bolígrafo, y se puso a escribir. Como si estuviera solo en el mundo. Como si no fuera extraño que un profesor de universidad entrara a un pequeño café de barrio… justo el que me había tocado a mí.
Tragué saliva. ¿Debería ir yo a tomar su pedido? ¿Esperar a que me llamara? ¿Mandar a mi compañera? Pero estaba sola. Esa noche me había tocado atender la barra y las mesas. Claro. Justo esa noche.
Respiré profundo y caminé hacia él, con la libreta en mano.
—Buenas noches —dije, intentando que mi voz no sonara nerviosa.
Él levantó la vista. Me reconoció de inmediato.
—Hola —respondió, con una sonrisa leve y educada.
—¿Va a querer algo?
—Un café americano, por favor. Y… ¿tienen medialunas?
—Sí, recién horneadas.
—Perfecto. Una, entonces.
Anoté todo. Estuve a punto de dar media vuelta cuando lo escuché agregar:
—No sabía que trabajabas aquí.
Lo miré, un poco sorprendida.
—Tampoco pensé que vendría justo hoy —respondí, con una sonrisa pequeña.
Asintió.
—Me gusta este lugar. Vine una vez por casualidad, y desde entonces paso de vez en cuando cuando quiero escribir sin distracciones.
Volví al mostrador sintiendo que mis pasos pesaban más de lo normal.
Preparé su café. Puse la medialuna en un platito blanco con servilleta. Todo con mucho cuidado, como si cada movimiento importara.
Cuando regresé a su mesa, él estaba leyendo algo en su libreta. Se detuvo al verme llegar y me hizo un gesto de agradecimiento.
—Gracias, Samantha —dijo, con naturalidad.
Me sorprendió oír mi nombre.
—De nada.
Me alejé enseguida, aunque mis piernas querían quedarse. No sabía por qué me temblaban los dedos. Era solo un cliente. Solo un profesor.
Pero verlo ahí, en mi espacio, en mi pequeño refugio nocturno, me descolocaba.
Volví al mostrador y me puse a limpiar una taza que ya estaba limpia.
Y mientras él tomaba su café y escribía en su libreta, yo intentaba concentrarme en respirar.