Alina siempre creyó que era una chica común, hasta que una noche de primavera un encuentro inesperado en el campo de cerezos cambió su vida para siempre.
Un extraño de mirada intensa comienza a aparecer entre las sombras del bosque. Él guarda secretos, conoce peligros que nadie en el pueblo imagina y parece estar ligado a algo que despierta una inquietud desconocida dentro de ella.
Pronto, sueños extraños, aullidos en la noche y recuerdos que nunca vivió empiezan a perseguirla. Mientras intenta descubrir quién es realmente Kael, Alina también deberá enfrentarse a una verdad que su propio padre le ocultó durante años.
Entre cerezos, luna llena y secretos de sangre, Alina descubrirá que algunas primaveras no solo traen flores… también despiertan destinos dormidos.
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Capitulo 7: La verdad entre los pedazos
El sonido de la taza rompiéndose contra el suelo quedó suspendido en la cocina como un golpe que todavía temblaba en el aire.
Alina no apartó la mirada de su padre.
Los pedazos de cerámica blanca se habían esparcido junto a sus pies. El café se extendía lentamente sobre las tablas de madera, pero ninguno de los dos se movió.
—¿Qué te dijo exactamente? —preguntó él otra vez, en voz baja.
Alina sintió el corazón golpeándole las costillas.
—¿Tú sabías? —murmuró.
Su padre apretó la mandíbula.
No respondió.
Pero el silencio bastó.
Ella dio un paso hacia delante.
—Papá… mírame.
Él levantó la vista despacio.
Había miedo en sus ojos.
No preocupación.
Miedo real.
—Siempre me dijiste que mamá desapareció —dijo Alina, sintiendo cómo le temblaban las manos—. Siempre. Y ahora reaccionas como si supieras algo.
Su padre pasó una mano por el rostro.
Parecía más viejo de repente.
Más cansado.
—Alina…
—No. Esta vez no me digas que no pregunte. No me digas que lo deje así. Quiero la verdad.
La cocina quedó en silencio.
Afuera el viento movía las ramas de los árboles.
Él se inclinó despacio y recogió uno de los pedazos de la taza rota. Lo sostuvo entre los dedos unos segundos antes de hablar.
—Tu madre no desapareció por voluntad propia.
Las palabras le hicieron contener la respiración.
—¿Qué significa eso?
Su padre dejó el trozo de cerámica sobre la mesa.
—Significa que una noche se fue… porque tenía que hacerlo.
—¿Tenía que hacerlo? —repitió Alina—. ¿Por qué?
Él apartó la mirada.
—Para protegerte.
El pecho le dolió.
Durante años había imaginado cientos de respuestas. Abandono. Muerte. Olvido.
Nunca eso.
—¿Protegerme de qué?
Su padre tardó varios segundos en responder.
—De gente que nunca debió saber de ti.
El pulso se le aceleró.
Las palabras de la mujer del sueño regresaron a su memoria.
Te están buscando.
—¿Quiénes? —preguntó.
Él negó lentamente.
—No puedo decirte eso.
La frustración le quemó el pecho.
—¡Claro que puedes! ¡Me están pasando cosas que no entiendo! Escucho cosas, huelo cosas… anoche soñé con ella y sentí que era real.
Su padre la observó con una mezcla de tristeza y alarma.
—¿Qué viste en ese sueño?
Alina tragó saliva.
—Estaba en el campo de cerezos. Había una mujer. Me dijo que no debí volver. Que me están buscando.
Él palideció.
Se dejó caer en la silla.
—No… todavía no.
Aquella respuesta le erizó la piel.
—¿Todavía no qué?
—Pensé que tendríamos más tiempo.
La frase quedó suspendida entre ambos.
El corazón de Alina latía con fuerza.
—¿Tiempo para qué?
Su padre se quedó en silencio.
Por un momento pareció debatirse consigo mismo.
Después habló en voz baja.
—Tu madre y yo sabíamos que algún día volvería a pasar.
Alina sintió que el aire le faltaba.
—¿Volvería a pasar qué?
—Que el bosque volviera a llamarte.
No entendía.
Pero algo dentro de ella sí.
Una parte escondida.
La misma que se había agitado al escuchar el aullido.
La misma que despertaba en sueños.
—No entiendo nada —susurró.
Su padre se puso de pie.
—Lo sé.
Por primera vez en años se acercó y le sostuvo los hombros.
—Escúchame bien. Pase lo que pase, mantente lejos del bosque por la noche.
—¿Por qué?
—Porque ya saben que estás aquí.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—¿Quiénes?
Él abrió la boca para responder.
En ese instante alguien golpeó la puerta de la casa.
Los dos se quedaron inmóviles.
No fue un golpe normal.
Fue lento.
Pesado.
Tres veces.
Alina sintió cómo el cuerpo entero se le tensaba.
Su padre la soltó de inmediato.
La expresión de su rostro cambió.
Miedo.
Otra vez.
Se acercó a la ventana con cautela.
Apartó apenas la cortina.
Su cuerpo se puso rígido.
—Sube a tu habitación —murmuró.
—¿Quién es?
—Ahora.
—Papá…
—¡Alina!
Nunca le había hablado así.
Ella retrocedió instintivamente.
Pero antes de subir, miró por encima de su hombro.
Al otro lado del cristal, al final del sendero, había una figura inmóvil.
Alta.
Vestida de oscuro.
No podía verle el rostro.
Solo sentía una presencia pesada, inquietante.
Como si el aire se hubiera vuelto demasiado frío.
Entonces, muy despacio, la figura levantó la cabeza.
Y aunque la distancia no le permitía distinguir sus facciones, Alina tuvo la certeza de que estaba mirándola directamente.
El corazón le dio un golpe seco.
Un instante después, la figura se dio media vuelta.
Y desapareció entre los árboles.
Ninguno de los dos habló durante varios segundos.
El silencio se volvió casi insoportable.
—¿Lo conoces? —preguntó ella.
Su padre seguía mirando hacia afuera.
—No.
Pero su voz tembló.
Y Alina supo que estaba mintiendo.