Irina Vólkov es la vergüenza de su familia. Omega sin loba, gorda y relegada a fregar platos mientras su hermana gemela Astrid brilla como la bendecida por la diosa luna. La noche de su cumpleaños 18, su padre la anuncia como ofrenda al Rey Theron Blackmoor — un alfa maldito del que nadie habla sin bajar la voz.
Lo que nadie sabe es que antes de esa noche, en un lago escondido entre las montañas, una bestia enorme la encontró desnuda bajo la luna. No la atacó. Solo la miró. Como si la estuviera esperando.
Ahora Irina está encerrada en un castillo oscuro con un rey que la desprecia de día y una bestia que duerme a sus pies de noche. Con una ceremonia que puede unirla a él para siempre — o matarla si la diosa luna decide que no es suficiente. Con una hermana dispuesta a todo por quitarle lo que tiene. Y con una loba despertando dentro de ella que le susurra lo que Irina se niega a aceptar:
Que la bestia la eligió primero.
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CAPÍTULO 8 Sangre y negocios
Theron Blackmoor había conocido a muchos Alfas despreciables en su vida, pero Viktor Vólkov tenía algo especial.
No era su arrogancia, que era considerable. Ni su falta de escrúpulos, que era evidente. Era la forma en que sonreía mientras negociaba la vida de su propia hija como si estuviera vendiendo ganado.
Theron lo observaba desde el trono mientras el viejo desgranaba sus condiciones: trescientas hectáreas en el valle norte, acceso comercial al río, una transferencia de fondos a la cuenta del linaje Vólkov, y el reconocimiento público de que la deuda de sangre quedaba saldada.
Todo eso, por una hija a la que ni siquiera miraba.
Catalina estaba sentada a la derecha del trono, con las piernas cruzadas y esa quietud de serpiente que adoptaba cuando estaba evaluando a alguien. No había dicho una palabra desde que empezó la negociación. Solo observaba a Viktor con esos ojos grises que no perdían detalle.
—Me parece un acuerdo justo, Rey Blackmoor —dijo Viktor, reclinándose en la silla—. Ambos linajes se benefician. La deuda queda saldada. Y mi hija tendrá el honor de ser la luna del Alfa más poderoso del este.
—El acuerdo está cerrado —respondió Theron, sin devolverle la sonrisa—. Los documentos se firmarán antes de la ceremonia.
—Un momento —dijo Catalina.
Todos giraron. Era la primera vez que hablaba.
—Las trescientas hectáreas del valle norte incluyen los derechos de agua del afluente este. ¿Eso se negoció?
Viktor parpadeó. No esperaba que la Reina Madre interviniera.
—Bueno, se asume que...
—No se asume nada, Alfa Vólkov. Se firma o no se firma. Los derechos de agua no estaban en el documento que revisé anoche. —Miró a Theron—. Hijo, ¿autorizaste los derechos de agua?
Theron la miró con una expresión que mezclaba irritación y algo parecido al agradecimiento.
—No.
—Entonces las trescientas hectáreas van sin derechos de agua. ¿Algo más que quiera discutir, Alfa Vólkov?
Viktor apretó la mandíbula. La sonrisa se le enfrió.
—No, Reina Madre. El acuerdo queda como está.
Se levantó con una reverencia que bordeaba el insulto y salió seguido por Astrid.
El salón quedó en silencio. Theron miró a su madre.
—No pedí tu ayuda.
—No la pediste. Pero ese hombre te estaba robando y tú estabas demasiado ocupado odiándolo para notarlo. De nada.
Catalina se levantó y salió sin esperar respuesta.
Ezra apareció al lado de Theron.
—Ese hombre le vendió a su hija como quien vende un mueble viejo —dijo Theron sin abrir los ojos.
—Sí, mi rey.
—Y vino a cobrar con una sonrisa.
—Así parece, señor.
Theron abrió los ojos.
—¿Irina sabe los términos del acuerdo? ¿Sabe cuánto pagó su padre por deshacerse de ella?
—No, mi rey.
—No le digas. No necesita saberlo.
Ezra asintió. Pero se permitió una observación:
—Empieza a importarle, señor.
—No empieces, Ezra.
—Solo digo que hace unos días era un nombre en un documento y ahora pregunta qué sabe y qué no.
—He dicho que no empieces.
Ezra se calló. Pero ambos sabían que tenía razón.
En la habitación del ala sur, Viktor se quitó la chaqueta con la satisfacción de un lobo que acaba de triplicar su patrimonio. Aunque sin los derechos de agua.
—La vieja me jodió —murmuró, aflojándose la corbata—. Pero aún así, las hectáreas valen el doble de lo que pedí.
Astrid estaba de pie junto a la ventana. No miraba el paisaje.
—Quiero su lugar —dijo, sin preámbulo.
Viktor dejó de aflojarse la corbata.
—¿De qué hablas?
—De Irina. Quiero reemplazarla. Quiero ser la luna del rey Blackmoor.
—Estás loca.
—¿Loca? Papá, ¿viste a ese hombre? Es joven, guapo, es el Alfa más poderoso del este. ¿Y se lo vamos a dar a Irina? ¿A una omega que hace unas semanas fregaba platos?
—Astrid, el acuerdo ya está cerrado...
—El acuerdo dice una hembra del linaje Vólkov. No especifica cuál. Irina está viviendo mejor de lo que ha vivido nunca y no se lo merece. Yo sí.
Viktor se sentó en la cama.
—¿Sabes por qué Blackmoor vive aislado? ¿Sabes por qué nadie lo ha visto en años?
—La maldición. Sí, lo sé.
—¿Y sabes lo que significa? La hechicera Morwenna le maldijo la sangre. Cada noche se transforma en una bestia que no puede controlar. Se encadena en el sótano de su propio castillo. Nadie puede acercarse después del anochecer. ¿Y sabes lo que se dice de las mujeres que han intentado estar con él? Que ninguna aguanta. Que la bestia las aterroriza. Por eso está solo. Por eso aceptó una omega que nadie quería.
—Rumores, papá. Mira a Irina. Está entera. Está viva. Si ella sobrevive aquí, yo puedo hacer mucho más que sobrevivir. Puedo gobernar a su lado.
—Y además está la madre —dijo Viktor—. Catalina Blackmoor. Esa mujer no es idiota. Me acaba de joder una negociación sin levantar la voz. Si intentas algo y ella se da cuenta...
—No se va a dar cuenta.
—Astrid...
—Papá. Si Irina no está cuando llegue la Luna Roja, Blackmoor necesitará una Vólkov. Y la única disponible seré yo.
—¿Y qué vas a hacer con tu hermana?
—Déjame eso a mí.
Viktor la miró. Debería haber dicho que no.
—No quiero saber los detalles. Si sale mal, yo no tuve nada que ver.
Astrid sonrió.
Irina llevaba una hora dando vueltas por su habitación.
De la ventana a la puerta. De la puerta a la ventana.
Vinieron a cobrar. Mi padre me vendió y ahora viene a recoger el cheque con una sonrisa. Y trajo a Astrid.
Irina, dijo Kira, vas a hacer un hoyo en el piso.
Me importa un rábano el piso.
Se dejó caer en la cama. Le importaba un demonio el dinero ni las tierras. Le importaba la farsa. Ese hombre fingiendo que era un trato entre iguales. Y Astrid con su vestido rojo y su hermanita, qué bien te ves.
Farsantes.
Tocaron a la puerta.
Abrió esperando a Ezra. No era Ezra.
Astrid. Con una botella de vino y dos copas.
—¿Puedo pasar?
—¿Desde cuándo pides permiso?
Entró sin esperar respuesta. Miró la habitación: la cama, los muebles, la ropa nueva.
—Nada mal. No está nada mal para una omega que dormía en un cuarto sin espejo.
—¿Viniste a hacer inventario o a decir algo?
—Vine a verte. Estoy preocupada por ti.
—Tú no te preocupas por mí, Astrid. No te has preocupado un solo día de tu vida. Di lo que viniste a decir y vete.
Astrid dejó caer la máscara.
—¿Sabes qué me molesta? No que estés aquí. Lo que me molesta es que no te lo mereces. Nada de esto es tuyo. Te lo dieron porque eres la hija que papá podía perder sin que le doliera.
—¿Y tú qué quieres? ¿El castillo? ¿El rey?
—Quiero lo que debería ser mío. La luna del rey más poderoso del este no debería ser una omega gorda.
—¿Me estás amenazando?
—Te estoy dando un consejo de hermana. —Caminó hacia la puerta—. No te encariñes con cosas que no son tuyas. Las cosas cambian. Y yo siempre consigo lo que quiero.
Se fue.
Kira gruñó dentro de su cabeza.
¿Escuchaste eso?
Cada palabra. Esa mujer va a intentar algo.
¿Qué hacemos?
Hoy, nada. Mañana, abrimos bien los ojos. Y no toques esa botella de vino.
Irina miró la botella en la mesita.
No la tocó.
En esta familia, los regalos siempre venían con trampa.
conchole que toda la energía negativa que carga el hijo de la bruja se le devuelva y nada arruine el ritual de la Luna Roja 🤞🏼🤞🏼🤞🏼🤞🏼
felicidades AUTORA