Jeremy aceptó una propuesta laboral que le garantizaba el éxito profesional; el único problema era que lo llevó a la ciudad donde vivía Alisson, su primer y más grande amor, con quien las cosas no habían terminado nada bien hace diez años atrás. Al llegar no esperó encontrarse con la noticia de que su ex había fallecido el día anterior.
Asistió al funeral para despedirse como no pudo hacerlo antes, cuando puso una rosa en el ataúd, no pudo evitar derramar una lágrima; y eso fue suficiente para crear la conexión. Al llegar a su departamento, mientras terminaba de bañarse y limpiar el espejo empañado, vio a través del mismo el rostro de Alisson; acababa de toparse con el fantasma de su ex.
Ahora Alisson le pide ayuda para atrapar a su asesino, porque le asegura que ella no se mató, aunque no recuerda quien lo hizo. ¿Podrá Jeremy descubrir la verdad de la muerte de Alisson? ¿Podrá descubrir la verdadera razón de su separación?
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6. ¿Qué quieres?
Jeremy soltó el aire por la nariz, un sonido que pareció vaciarlo por completo, y, finalmente, se giró.
Alisson estaba apoyada contra la pared, a pocos pasos de él, junto a la puerta del pasillo.
No hubo humo, ni destellos de luz, ni efectos extraños de película de terror. No había nada que la delatara como imposible, excepto el hecho evidente, brutal y absoluto de que no debería estar ahí. Estaba vestida con el mismo suéter gris oscuro que llevaba el último día que la vio, la tela ligeramente arrugada en el codo. El cabello caía sobre sus hombros con la misma falta de cuidado que siempre tenía cuando estaba concentrada en algo.
La misma inclinación leve de la cabeza. La misma forma de observarlo, como si estuviera evaluando algo que no terminaba de convencerla, esperando que él llegara a una conclusión que ella ya había alcanzado hacía mucho tiempo.
Jeremy la recorrió con la mirada, lento, detallando cada rasgo como si buscara la falla en la proyección, el pixel muerto en la pantalla, el borde borroso que la delatara como un truco de la luz. Pero no había nada. Sus ojos tenían el mismo brillo marrón, la misma pequeña cicatriz en la ceja izquierda de cuando se cayó de la bicicleta a los doce.
- “Esto es nuevo”, murmuró él con voz ronca.
- “¿El qué?”, preguntó ella, con una paciencia infinita.
- “Antes al menos desaparecías cuando volteaba”, dijo Jeremy, sintiéndose ridículo por tener que quejarse de la consistencia de una alucinación.
- “Puedo hacerlo, si eso te hace sentir mejor”, ofreció Alisson, y por un segundo sus labios se curvaron en un gesto que fue casi una sonrisa, una sombra de la expresión que usaba cuando se burlaba de él. “¿Quieres que me desvanezca en una nube de humo? ¿O quizás flotar hacia el techo?”
- “No”, respondió Jeremy rápido, la mano levantándose instintivamente, como si pudiera detenerla. “No, quédate. Así… así puedo demostrar que esto no es real”.
Alisson arqueó una ceja, el gesto tan familiar que le provocó un dolor físico en el pecho.
- “Interesante lógica”, comentó ella.
Jeremy se acercó un paso. Luego dio otro paso, acortando la distancia hasta que podía oler… nada. No había perfume, ni olor a jabón, ni el aroma específico de su champú que él recordaba tan vívidamente. Solo el aire limpio y estéril de la cocina recién pintada.
Se detuvo a una distancia prudente, a un brazo de distancia.
- “Bien, vamos a resolver esto”, dijo Jeremy.
Extendió la mano derecha, temblando ligeramente. Dudó apenas un segundo, el instinto de supervivencia gritándole que no lo hiciera, que la ignorancia era más segura que la certeza y la pasó directamente a través de ella.
Jeremy esperó sentir frío, o calor, o una estática eléctrica. Esperó algo, cualquier cosa que indicara la presencia de masa o energía.
No hubo resistencia. No hubo contacto. Solo aire. Su mano se movió a través del hombro de ella como si atravesara una columna de humo denso, pero sin temperatura. La visión se distorsionó brevemente, como el aire sobre el asfalto caliente en verano, donde su mano intersectaba su cuerpo, pero luego se restauró cuando la retiró.
Jeremy se quedó con la mano suspendida en el aire, mirando el espacio donde debería haber estado la solidez de su hombro, la tela del suéter, el hueso por debajo. Vio la pared de la cocina a través de ella.
- “Ok”, murmuró Jeremy, bajando la mano lentamente. “Eso no ayuda”.
- “¿Qué esperabas?”, preguntó Alisson. No se había movido. No había parpadeado. Simplemente lo había observado pasar su mano a través de su cuerpo con una expresión de tristeza cansada.
- “Honestamente, no lo pensé hasta que ya lo estaba haciendo”, admitió Jeremy. Se miró la palma de la mano, girándola, como si esperara que estuviera marcada, cambiada por el contacto. Pero estaba igual, pálida y normal.
Retiró la mano despacio, como si el gesto pudiera deshacerse, borrarse de la memoria si lo hacía con suficiente cuidado.
Jeremy se pasó una mano por el cabello, todavía húmedo de la ducha de horas atrás, sintiendo la hebras enredadas entre sus dedos.
- “Bien”, dijo Jeremy finalmente, forzando la voz a mantener un tono práctico. “Supongamos, solo por un segundo, que no estoy perdiendo la cabeza”.
- “Me encanta ese supongamos”, dijo Alisson, con un ligero tono de sarcasmo.
- “Es un escenario hipotético”, insistió él, aunque la defensa sonaba débil.
- “Claro”, comentó Alisson.
Jeremy la miró fijo, buscando una grieta en su compostura.
- “En ese escenario… tú estás muerta”, dijo Jeremy.
No fue una pregunta. Fue una declaración de hechos, una conclusión basada en la evidencia: el funeral, el ataúd, la falta de respiración, la intangibilidad.
Alisson no respondió de inmediato. Su expresión cambió apenas, una sombra breve cruzó su rostro, un destello de algo que parecía miedo o dolor profundo, antes de desaparecer detrás de la máscara de calma.
- “Sí”, dijo Alisson.
Jeremy asintió una vez, como si confirmara un dato en una ecuación compleja que estaba resolviendo en una pizarra mental.
- “Y estás aquí”, añadió Jeremy.
- “También correcto”, afirmó Alisson.
- “En mi departamento”, añadió Jeremy, mirando a su alrededor, como si el espacio se hubiera transformado.
- “Técnicamente, sí”, confirmó ella.
Jeremy exhaló lentamente, inflando las mejillas y soltando el aire en un silbido suave. El mundo no se acabó. El techo no se cayó. La realidad, aunque distorsionada, seguía funcionando de alguna manera.
“Bien”, murmuró Jeremy, aceptando la locura. “Eso nos deja con dos opciones”.
Alisson cruzó los brazos, interesada, y Jeremy notó que el movimiento no producía fricción en la tela de su ropa, o quizás solo era su mente rellenando los detalles que no podía ver.
- “A ver”, comentó ella.
- “Uno que estoy teniendo un episodio psicótico muy elaborado”, dijo Jeremy, contando con los dedos. “Alucinaciones visuales y auditivas completas, con memoria contextual y coherencia emocional. Posiblemente un tumor cerebral o un colapso nervioso inducido por el estrés”.
- “Siempre fuiste de irte al extremo”, comentó Alisson con voz suave.
- “Dos”, continuó Jeremy, ignorándola, “estás… (hizo un gesto vago con la mano, intentando abarcar lo inexplicable) …de alguna forma aquí”.
- “Muy científica tu definición”, bromeó ella.
- “Estoy haciendo lo mejor que puedo con esto”, dijo Jeremy, y hubo una nota de súplica en su voz.
- “Lo sé”, respondió ella.
Esa respuesta lo descolocó más que cualquier otra cosa. No fue una burla, ni un reproche. Fue una simple afirmación de entendimiento, y la empatía en esas dos sílabas fue casi más difícil de soportar que la intangibilidad de su cuerpo.
Jeremy desvió la mirada por un segundo, mirando el grifo del fregadero, la acumulación de agua en la curva del metal, como si necesitaba recomponerse, encontrar un centro de gravedad antes de continuar.
- “Bien”, dijo Jeremy, recuperando algo de firmeza, obligándose a volver a mirarla a los ojos. “Supongamos que es la segunda opción”.
Alisson no dijo nada, solo esperó. La postura de su cuerpo cambió sutilmente; se enderezó, dejando de apoyarse contra la pared, y toda su atención se enfocó en él. La urgencia que había visto en el espejo volvía a aflorar, tensando sus hombros.
Jeremy volvió a mirarla, realmente mirarla, más allá de la imposibilidad de su existencia. Vio la tensión en su mandíbula, la forma en que sus manos, aunque cruzadas, estaban apretadas. Vio el miedo.
- “¿Qué quieres?”, preguntó Jeremy.
La pregunta quedó suspendida entre ellos, flotando en el aire húmedo de la cocina, pesada y cargada de significado. No era una pregunta casual. Era la llave. Jeremy sintió que, dependiendo de su respuesta, su vida, la vida que había construido tan cuidadosamente en los últimos diez años, estaba a punto de dejar de existir.