Darién, un joven orgulloso, prejuicioso, al lado de su grupo de amigos se ve envuelto en una saga de estrategias en donde su única ambición es acabar con el aburrimiento.
La élite, como se hacen llamar. inician el juego de sus vidas, uno que comenzó como un simple experimento pero que pondrá sus mundos de cabeza.
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Amistad inquebrantable.
El bullicio del campus se fue quedando atrás, transformándose en un eco sordo a medida que Aranza e Idril se alejaban de los edificios de piedra fría y las miradas inquisitivas. Para el resto del mundo, Heidelberg era una institución de prestigio; para ellas, en ese momento, era un campo de minas.
—Acabo de volver y ya necesito aire limpio, que no huela a libros viejos ni a secretos de pasillo —suspiró Aranza, entrelazando su brazo con el de Idril.
—Tengo el lugar perfecto —respondió Idril, apretando el brazo de su amiga con cariño. —Iremos después de clases.
Aranza sonrió, tomaron el café volviendo cada una a sus actividades. Regresar al laboratorio fue difícil, el profesor Smith no perdió oportunidad en evidenciarla frente a todos.
—No creas que este retorno no tiene consecuencias, afortunadamente el proyecto sigue, pero no volveré a cometer el error de ponerte al frente. Quedas bajo vigilancia de Owen.
Aranza no dijo nada, se limitó a escuchar. No era el momento de pelear, era el momento de resistir, como el ave fénix, debía ser paciente para resurgir de las cenizas.
Horas después:
Ambas amigas se reencontraron, caminaron hasta las afueras hasta la parada de autobuses. Abordaron uno que las llevo donde el paisaje se volvía menos verde y menos pretencioso, bajando en un pequeño parque, rodeado de grandes jardineras con flores silvestres y mesas de madera desgastada. Era su santuario, el único rincón alejado de todo donde no eran "la criminal" ni "la nerd", sino simplemente dos chicas compartiendo la vida.
Idril sacó de su mochila una pequeña bolsa de galletas que había horneado la noche anterior.
—Son de avena y miel. Tu receta favorita para los días de crisis.
Aranza sintió un nudo en la garganta. No era solo el gesto, era la certeza de que, mientras el mundo conspiraba en su contra, Idril conocía los mapas exactos de su corazón.
—No sé qué haría sin ti —confesó Aranza, dejando que por fin sus hombros se relajaran. La tensión que Darién había dejado en su cuerpo empezaba a disolverse bajo la calidez de la mirada de su amiga.
Pasaron las horas hablando de todo y de nada. Se rieron recordando anécdotas, imaginaron futuros donde el paso por Heidelberg no fuera más que un mal recuerdo al mismo tiempo una puerta permitiendose soñar en voz alta. Idril, con su paciencia infinita, escuchaba los silencios de Aranza, respetando los espacios donde su amiga aún no se atrevía a poner palabras.
—Aranza —dijo Idril de repente, su tono volviéndose suave y serio—, no importa lo que pase, tú y yo somos un equipo. Si el barco se hunde, nadamos juntas.
Aranza tomó la mano de Idril sobre la mesa. La piel de su amiga estaba tibia y firme, un ancla en medio de la tormenta.
—Prometido. Nadamos juntas.
Idril sonrió compartiendo una limonada que habían comprado.
Aranza la miró fijamente. —Idril... Hemos hablado de muchas cosas el día de hoy, pero quiero aclarar lo que pasó con Herzog.
—No es necesario. —Interrumpió Idril. —Sé lo molesto que pueden ser, aun así son buenos chicos.
—Me ha buscado Idril. —Dijo Aranza en un impulso, buscando liberarse de ese secreto.
Idril se negó a escuchar, a entender —Eres hermosa. —Dijo finalmente, cambiando el tema rápidamente. —Promete que nunca dejaras de ser mi amiga.
Aranza dejó salir un suspiro, quería contarle pero vio la tensión en los hombros caídos de su amiga, quizás no era el momento. —Lo prometo, sin importar lo que suceda, siempre seremos amigas.
En ese momento, el sol comenzó a teñir el cielo de un naranja vibrante, envolviéndolas en una luz dorada que hacía que todo pareciera posible. No había opulencia, ni lujos, ni planes oscuros que pudieran competir con la pureza de ese instante. Eran dos almas cuidándose, dos historias entrelazadas por un afecto que era, en sí mismo, la rebelión más grande contra quienes querían destruirlas.
Mientras caminaban hacia sus departamentos, compartiendo un último dulce y bromeando sobre los profesores, Aranza sintió una paz que no había experimentado en semanas. La red de Holga se estaba tejiendo en las sombras, pero allí, bajo el cielo del atardecer, la amistad de las dos chicas brillaba con una fuerza que ninguna intriga podría apagar fácilmente. Estaban juntas, y por ahora, eso era suficiente para mantener el incendio a raya.