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ENTRE MAREAS

ENTRE MAREAS

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Amor eterno / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:3.2k
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

Completa

Sofía Marchetti llegó a Puerto Sereno con dos maletas, un equipo de buceo y el corazón roto. Vino a estudiar los arrecifes de coral. A esconderse del mundo. A recordar quién era antes de que un hombre la convenciera de que no era suficiente.

Lo que no esperaba era a Andrés Villareal.

Alto, silencioso, con las manos curtidas por el mar y una mirada que no sabe mentir. Un hombre que no juega, no esconde, no promete lo que no puede cumplir. Todo lo contrario a lo que Sofía conocía.

Pero Sofía aprendió a desconfiar. Y las heridas que no se ven son las que más duelen.

Entre buceos al amanecer, noches con olor a sal y un océano que parece guardar secretos, dos personas que no buscaban nada terminarán encontrándose de la única manera que el mar permite:

Sin aviso. Sin red. Sin vuelta atrás.

NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17 — Lo que no se fue nunca

Elena Villareal llevaba treinta años diciéndose que no lo quería.

Se lo decía por las mañanas cuando colaba el café. Se lo decía cuando veía el yate anclado en la bahía desde la ventana de su cocina. Se lo decía cuando Andrés tenía sus mismos gestos — esa manera de inclinar la cabeza, esa paciencia absoluta, esa mirada directa que no pedía permiso — y ella tenía que mirar para otro lado porque era demasiado.

Treinta años es mucho tiempo para decirse una mentira.

Pero también es mucho tiempo para practicarla.

Rafael empezó despacio.

No fue con gestos grandes — no era un hombre de gestos grandes, o quizás lo había sido y los años se lo habían quitado. Fue con cosas pequeñas. Una mañana apareció en la puerta de la casa de Elena con una bolsa de mangos — los mismos que ella compraba siempre en el mercado del jueves — y se los dejó sin tocar el timbre. Solo la bolsa en la puerta y una nota que decía todavía sé lo que te gusta.

Elena tiró la nota.

Se comió los mangos.

La segunda vez fue diferente.

Estaba barriendo el patio cuando escuchó la voz desde la puerta.

—Elena.

Lo conoció antes de girarse. Claro que lo conoció — esa voz vivía en algún lugar de su memoria donde guardaba las cosas que había decidido no revisar.

Se giró despacio.

Rafael estaba en la puerta del patio con el bastón y los ojos negros fijos en ella. Sin la seguridad del hombre rico. Sin la distancia del hombre que volvió después de treinta años. Solo él — más viejo, más cansado, más real de lo que Elena quería que fuera.

—¿Qué quieres, Rafael? — dijo. Seca. Directa. Como siempre había sido.

—Hablar contigo.

—Ya hablamos.

—Hablaste tú — dijo él —. Yo escuché. Ahora quiero hablar yo.

Elena lo miró durante un momento largo.

Apoyó la escoba contra la pared.

—Cinco minutos — dijo.

Se sentaron en el patio.

Sin café — Elena no se lo ofreció y Rafael no lo pidió. Solo las dos sillas de siempre y el silencio entre ellos que era denso y viejo y lleno de cosas sin decir.

—Me equivoqué — dijo Rafael. Sin preámbulo. Sin construcción —. En todo. En irme. En no volver antes. En dejar que el miedo fuera más grande que lo que sentía. — Pausa —. No te pido que lo olvides. Sé que no se olvida. Solo te pido que lo escuches.

Elena miraba sus manos en el regazo.

—Ya lo escuché — dijo.

—No todo — dijo Rafael —. Nunca te dije por qué me fui de verdad.

Elena levantó la vista.

—Me dijiste que tenías miedo.

—Sí — dijo —. Pero no te dije de qué. — Una pausa larga —. Tenía miedo de no ser suficiente. De que me vieras fallar. De que Andrés creciera y me viera como lo que era en ese momento — un muchacho sin nada, sin rumbo, con más sueños que capacidad. — Exhaló despacio —. Pensé que si me iba y construía algo primero podría volver con algo que ofrecerte.

Elena lo miró.

—¿Y cuándo construiste ese algo? — preguntó, con una calma que era más dolorosa que la rabia —. ¿Cuándo fue suficiente para volver?

Rafael bajó la vista.

—Nunca fue suficiente — admitió —. Siempre había algo más. Un negocio más, una propiedad más, un año más. — Pausa —. Hasta que un día el médico me dijo lo del corazón y me di cuenta de que llevaba treinta años construyendo cosas para nadie.

Silencio.

Un pájaro cantó en la mata de cambur. El viento movió las hojas.

—Rafael — dijo Elena, en voz muy baja.

—¿Qué?

—¿Por qué me traes esto ahora? ¿Qué esperas que haga con esto?

Rafael la miró.

Y en sus ojos negros — viejos, cansados, honestos — había algo que Elena no había visto en treinta años porque no había querido buscarlo.

—Nada — dijo —. No espero nada. Solo quería que supieras que nunca — ni un solo día en treinta años — dejé de pensar en ti.

Elena sintió algo moverse en el pecho.

Algo que llevaba mucho tiempo quieto.

—Eso no cambia nada — dijo. Pero su voz no tenía la firmeza de antes.

—Lo sé — dijo Rafael.

Se levantó. Tomó su bastón.

—¿Cómo está el corazón? — preguntó Elena, cuando él ya estaba por irse. Sin querer preguntarlo. Preguntándolo igual.

Rafael se detuvo.

Se giró.

—Los médicos dicen que hay una operación — dijo —. Riesgosa. Pero si sale bien tengo años todavía.

—¿Y si no sale bien?

Una pausa.

—No sale bien — moriré en el acto.

Elena lo miró.

—¿Cuándo?

—Están coordinando. Dos semanas, quizás tres.

Asintió. Miró sus manos otra vez.

—Que salga bien — dijo. Seco. Pero lo dijo.

Rafael la miró un momento.

—Gracias, Elena — dijo. Y se fue.

Elena se quedó en el patio sola con el silencio y la escoba apoyada en la pared y algo en el pecho que no era paz exactamente pero que se parecía peligrosamente a la rendición de quien ha peleado mucho tiempo contra algo que siempre iba a ganar.

Sofía se enteró por Andrés.

Que se enteró por Valeria.

Que se enteró porque había escuchado a su abuela hablar sola en la cocina esa noche — algo que según Valeria nunca hacía — y cuando le preguntó qué le pasaba Elena le dijo que nada, que estaba rezando.

—Mi abuela no reza — le dijo Valeria a Andrés con total seriedad —. Dice que Dios está muy ocupado para sus cosas pequeñas.

Andrés fue a ver a su madre al día siguiente.

La encontró en la cocina — donde siempre, haciendo lo que siempre — pero con algo diferente en la manera de moverse. Más despacio. Más adentro de sí misma.

Se sentó a la mesa.

La miró.

—Mamá.

Elena siguió revolviendo la olla.

—¿Habló contigo? — dijo Andrés.

Una pausa corta.

—Sí.

—¿Y?

Elena dejó la cuchara. Se giró. Y Andrés vio en la cara de su madre algo que no le había visto nunca — no tristeza, no rabia. Algo más vulnerable. Más verdadero.

—Andrés — dijo —. ¿Puedo pedirte algo?

—Lo que quieras.

—No me preguntes cómo me siento con esto todavía — dijo —. Todavía no lo sé. Y cuando no sé algo necesito tiempo para saberlo antes de hablarlo.

Andrés la miró durante un momento.

Asintió.

—Está bien — dijo —. Pero una cosa sola.

—¿Cuál?

—¿Lo quieres todavía?

Elena lo miró. Y en sus ojos azules — los mismos que Andrés había heredado, los mismos que Valeria tenía — había una honestidad que no pudo esconder aunque quisiera.

No respondió.

Pero volvió a tomar la cuchara.

Y Andrés tuvo su respuesta.

Esa noche Sofía y Andrés estaban en el porche de su casa cuando él le contó todo.

Sofía escuchó sin interrumpir.

Cuando Andrés terminó se quedaron en silencio un rato largo, con el mar delante y las estrellas arriba y Puerto Sereno durmiendo a su alrededor.

—¿Cómo te sientes con eso? — preguntó Sofía —. Con la posibilidad de que tu mamá y Rafael...

Andrés tardó.

—No lo sé — admitió —. Una parte de mí quiere protegerla. Decirle que ese hombre ya la lastimó una vez y puede volver a hacerlo. — Pausa —. Pero otra parte...

—¿Qué?

—La vi esta mañana — dijo —. Y tenía una cara que no le había visto en años. — Exhaló despacio —. Mi mamá es fuerte. Siempre fue fuerte. Pero hay una diferencia entre ser fuerte y estar bien. Y esta mañana, por primera vez en mucho tiempo, parecía las dos cosas.

Sofía lo miró.

—Entonces quizás — dijo despacio — tu trabajo no es protegerla de él. Sino confiar en que ella sabe lo que hace.

Andrés la miró.

—Tiene sesenta años — dijo Sofía —. Y lleva treinta sola. Si después de todo eso todavía siente algo por él, eso no es debilidad. Eso es... — buscó la palabra —. Eso es humano.

Andrés miró el mar.

Mucho rato.

—Si la lastima — dijo finalmente —. Si vuelve a irse o a fallarle de cualquier manera...

—Lo sé — dijo Sofía.

—No — dijo Andrés, y la miró —. Necesito que lo escuches bien. Si Rafael Villareal vuelve a hacerle daño a mi mamá no hay herencia ni reconciliación ni nada que valga.

—Lo escucho — dijo Sofía. Y lo dijo en serio.

Andrés asintió.

Se recostó en la silla. Miró las estrellas.

—¿Y la operación? — preguntó Sofía.

—Riesgosa — dijo Andrés —. Pero necesaria.

—¿Va a estar bien?

Andrés tardó un segundo.

—Tiene que estar bien — dijo. Y en esas cuatro palabras había algo que Sofía reconoció — no era afecto todavía, no del todo. Pero era algo. El principio de algo que podía llegar a serlo.

Esa noche Sofía escribió en su cuaderno:

El amor que no se va después de treinta años de silencio no es terquedad. Es la única clase de amor que merece ese nombre.

Elena lo sabe. Aunque todavía no lo diga.

Y Andrés — que aprendió todo de ella —lo sabe también. Por eso no me soltó la mano en ningún momento de esta noche.

Fin del Capítulo 17 ✨

1
Helizahira Cohen
Muy bonita, romántica, sencilla y corta me gusta
Helizahira Cohen
te equivocaste de nombre ella hablo de Rodrigo y apareció Ricardo, bueno un error se entiende, Andres debe calmarse es pasado
Helizahira Cohen
Esas cosas pasan mas a menudo de lo que uno cree
Helizahira Cohen
No hay comentarios, es bonita, romántica pero esta narrada bien, sigo leyendo, ojalá vean tu trabajo
Helizahira Cohen
Es bonita y la escritora es mi paisana venezolana, describe nuestro mal y menciona nuestras palabras, Cambur = banana
mailyn rodriguez
hola querido lector! tu opinión es muy importante para mi.
mailyn rodriguez
Gracias 🥰
Cliente anónimo
Es muy bonita la historia.🥰
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