Hay deseos que se ignoran y otros… que te consumen.
Cedric Becker lo tiene todo bajo control: poder, respeto y un compromiso que sellará el futuro de su imperio. Cree en el amor… pero nunca lo ha vivido. Nunca lo ha necesitado… hasta ahora.
Hasta que ella vuelve.
Adara Lobo es peligro envuelto en piel suave. Es la fantasía que nunca debió permitirse, la mirada que lo desarma, el pecado que lo llama por su nombre sin tocarlo… y aun así lo quema.
Se desean en silencio.
Se provocan sin rozarse.
Se pierden… sin haberse tenido.
Porque hay miradas que desnudan más que cualquier caricia.
Y hay tentaciones que no se apagan con una sola vez.
Entre promesas ajenas, cuerpos que arden en secreto y decisiones que pueden destruirlo todo… lo suyo no es amor.
Es obsesión.
Es hambre.
Es un error que ninguno está dispuesto a dejar y cuando el deseo se convierte en adicción huir deja de ser una opción.
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Una loba y un dragón. +18
Los pasillos están en silencio, las luces atenuadas dibujan sombras alargadas sobre las paredes, y el eco lejano de la celebración ya es apenas un susurro, pero hay algo que no descansa: El deseo.
Ese que hizo dividir a dos personas y regresar como si nada al salón, compartieron una hora más con los demás, pero la verdad es que apenas la homenajeada se despidió y algunos invitados también comenzaron a hacer lo mismo; ellos inmediatamente buscaron como escapar.
Adara avanza con pasos firmes, aunque su corazón late con fuerza contra su pecho. No mira atrás. No duda. No puede porque sabe que él vendrá trás ella.
Y lo hace.
Cedric aparece desde la penumbra como si siempre hubiera estado ahí, como si la hubiera estado esperando desde hace años y no solo desde esta noche que ya es madrugada porque él reloj marca más de las dos de la mañana de ese nuevo que, ellos están dispuestos a vivir y a disfrutar aunque no sea correcto.
No dicen nada al principio, no hace falta. Sus miradas se encuentran…
y el aire cambia volviéndose más denso, caliente y peligroso.
—Aún puedes regresar —dice él en voz baja, pero no hay verdadera intención en sus palabras.
Adara niega, apenas.
—No quiero.
Y eso es suficiente.
Cedric acorta la distancia en dos pasos firmes. Su mano se cierra alrededor de la muñeca de ella, no con brusquedad… pero sí con decisión. Como si necesitara asegurarse de que es real, de que no va a desaparecer otra vez.
—Entonces vámonos de aquí cuánto antes.
No es una invitación. Es una puta orden y ella la sigue.
Salen por una puerta lateral, cruzan el jardín envuelto en la oscuridad de la madrugada, y el frío de la noche apenas logra rozarlos. Porque lo que arde entre ellos es mucho más fuerte.
El coche ya los espera. Nadie pregunta. Nadie interfiere porque en ese mundo… todos saben cuándo no mirar.
El trayecto es corto, silencioso y cargado de anticipación. La sangre de ambos corre más rápido de lo normal, su pulso es acelerado y las pieles cosquillean ansiosas.
Adara siente cada segundo como una eternidad. Puede percibirlo a su lado, su presencia, su calor, su respiración contenida. Lo mira mientras él conduce con precisión, esas manos fuertes y grandes aferradas contra el volante ya las está imaginando chocando contra su tras3ro o una aferrada a su cuello mientras se la c•ge sin sutilezas, porque eso es lo que ella desea. Necesita saciar esas malditas ganas que le tiene desde hace tanto tiempo, sí, tiene novio, sí, él se acaba de comprometer, pero no le importa aunque el resto del mundo lo vea como el peor de los pecados, a ella importa un reverendo comino.
Y cuando el coche finalmente se detiene en una propiedad privada de él, lejos del ruido, lejos de todo… ya no hay barreras.
Apenas cruzan la puerta, Cedric la empuja suavemente contra la pared más cercana. No hay palabras ni hay espacio para ellas. Solo una brutal necesidad.
Su boca encuentra la de ella sin aviso, con hambre, con urgencia. El beso es profundo, exigente, cargado de todo lo que no se dijeron durante años.
Adara responde de inmediato sin miedo y sin reservas.
Sus manos recorren su cuello, su cabello, aferrándose como si ese momento fuera lo único que existe.
Porque lo es.
Porque todo lo demás… deja de importar. Cedric la sostiene con firmeza, marcando el ritmo, guiando, pero ella no es pasiva. Nunca lo ha sido. Responde, provoca, se entrega con la misma intensidad con la que lo ha deseado durante tanto tiempo. Parecen un dragón a punto de quemar cualquier cosa y ella una Loba dispuesta a devorar a su presa.
Se separan apenas unos instantes. Respiran, se miran en ese intercambio silencioso, ambos entienden algo: Esto no es un error cualquiera. Es una decisión.
—Solo una vez… —murmura Adara, aunque ni ella misma cree en sus palabras.
Cedric sonríe, esa sonrisa oscura que promete exactamente lo contrario.
—Claro…
Mentira y los dos lo saben, pero ya es demasiado tarde.
Las manos vuelven a encontrarse, los cuerpos se acercan otra vez, y la distancia desaparece por completo. No hay delicadeza, no hay lentitud… solo una conexión cruda, intensa, inevitable mientras ella sin ninguna clase de sutileza le quita el abrigo para luego destruir la camisa y del cuello de él solo cuelga la corbata que ella envuelve en su mano y lo hala mientras camina y él la sigue como si fuera un perrito bien adiestrado.
—Muy obediente —dice ella mientras se gira comerle la boca y él se deja.
—Te voy a azotar ese cul• respingón —la amenaza y eso a ella la exc;ta el doble.
—Uy, qué rico —lo provoca y él maldice en voz baja.
La v3rg4 está apunto de reventarle el pantalón, ella lo nota y se lame los labios con provocación absoluta.
Llegan a la habitación decorada con tonos negros y grises. La cama es gigante y está vestida con sábanas blancas.
—¿Te gustaría tomar algo antes de...?
—Sí, un poco de tu leche no estaría nada mal —suelta la muy descarada y eso es todo.
Él se libera de la corbata en un santi amén y la empotra contra la pared y sin ninguna clase de delicadeza le destroza el vestido, dejándola en una diminuta tanga de hilo y los tacones. Se separa un poquito para apreciar esos pechos llenos, bonitos de picos rosados.
—Maldición, mujer.
—¿Qué? ¿Te gusta?
—¿Gustar? —la mirada que le dedica la hace sudar apesar de que la habitación está fría —Definitivamente, ese verbo no abarca ni la cuarta parte parte de lo gorda que me la pones, hexe.
Ella ronronea como una gatita, entendiendo todo y sus manos viajan a la bragueta, se deshace del cinturón y luego del pantalón con todo y boxer lo que le deja ver todo lo que desea.
—¡Santa madre! —Exclama al ver tanta potencia junta.
Él gl4nd3 está rosadito y muy mojadito y ella se relame los labios cuando aprecia la joya que lo adorna; es un piercing de dos bolitas, una más pequeña que la otra.
—De rodillas —ordena él.
Ella no duda, apesar de nunca haber practicado un or4l. Se siente demasiado pequeña de rodillas ante ese hombre de casi dos metros, y la monstruosidad que tiene ante ella la hace salivar, saca la lengua y lo lame despacio, recogiendo esa gota de líquido salado que le sabe a gloria.
—Nunca lo he hecho —le confiesa y él gruñe de satisfacción.
—Abre esa boquita, saca la lengua, lam3 y luego ch"pa despacio.