“Dicen los viejos textos…
que al principio… solo había un mundo.
Un mundo… donde humanos y demonios caminaban bajo el mismo cielo.
No como enemigos… sino como hermanos.
Los humanos moldeaban la tierra con sus manos…
y los demonios le daban vida con su aliento.
Era la Era del Equilibrio.
Durante siglos, no hubo guerra. Humanos y demonios compartían la tierra, hasta que la traición surgió.
Un rey humano, cegado por el miedo, traicionó a los demonios. Y esa traición, como una grieta, abrió paso a la guerra.
Los demonios, impulsados por la furia, comenzaron a ganar. Los humanos, viendo su mundo desmoronarse, estaban al borde de la derrota.
Fue entonces cuando Kaeli, viendo la destrucción, tomó una decisión. Vio que si no actuaba, ambos serían aniquilados. Y fue ella quien, con un acto de sacrificio, dividió los mundos. Separó a los humanos y a los demonios, cerrando el portal entre ambos.
Desde entonces, los humanos habitan su propio mundo, separados de los demonios.Y el portal, oculto
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Dos mundos diferentes Humanos y Demonios
“Dicen los viejos textos…
que al principio… solo había un mundo.
Un mundo… donde humanos y demonios caminaban bajo el mismo cielo.
No como enemigos… sino como hermanos.
Los humanos moldeaban la tierra con sus manos…
y los demonios le daban vida con su aliento.
Era la Era del Equilibrio.
Durante siglos, no hubo guerra. Humanos y demonios compartían la tierra, hasta que la traición surgió.
Un rey humano, cegado por el miedo, traicionó a los demonios. Y esa traición, como una grieta, abrió paso a la guerra.
Los demonios, impulsados por la furia, comenzaron a ganar. Los humanos, viendo su mundo desmoronarse, estaban al borde de la derrota.
Fue entonces cuando Kaeli, viendo la destrucción, tomó una decisión. Vio que si no actuaba, ambos serían aniquilados. Y fue ella quien, con un acto de sacrificio, dividió los mundos. Separó a los humanos y a los demonios, cerrando el portal entre ambos.
Desde entonces, los humanos habitan su propio mundo, separados de los demonios. Y el portal, oculto en un bosque entre los humanos, permanece allí, como un susurro del pasado. Nadie se atreve a entrar, porque saben que, si lo cruzan, pueden desatar un peligro que jamás se ha extinguido.”
100 años después del sacrificio de Kaeli:
Cap 1
La señora Tsukino le pasó una charola de bolillos sin mirarla. “Tu mamá llamó otra vez. Que no te entretengas viniendo.”
Kasumi rodó los ojos. “Siempre llama.”
Porque su mamá siempre estaba protegiéndola. Desde que tenía memoria.
No la dejaba salir de noche. No la dejaba ir al bosque. No la dejaba ni leer libros viejos de historia. “Son cuentos peligrosos”, decía, y le cambiaba el canal si salía algo en la tele sobre ruinas o templos.
Al principio Kasumi creía que era porque era sobreprotectora. Porque era su única hija.
Hasta que cumplió diez y encontró la foto escondida en el cajón de los calcetines. Un hombre de sonrisa fácil, con el mismo pelo negro y las mismas ojeras que ella. Al reverso, con letra temblorosa de su mamá: _Perdóname. Por no detenerte._
Esa noche preguntó. Su mamá solo la abrazó tan fuerte que le dolió.
“Tu papá… creyó en esas historias, Kasumi. Creyó que podía probar que eran reales.”
Se le quebró la voz.
“Y una noche fue a buscarlo. Y no volvió.”
Desde entonces, su mamá la blindó. Escuela, casa, panadería. Nada de bosques. Nada de ruinas. Nada de preguntas.
“Es por tu bien”, le decía cada vez que Kasumi intentaba ir de excursión con la escuela. “Prométeme que nunca te vas a acercar a ese lugar.”
Y Kasumi prometía. Siempre prometía.
Hasta hoy en la mañana.
Acomodó las conchas en el mostrador con más fuerza de la necesaria. Azúcar glass le cayó en la sudadera.
Su mamá no sabía lo del tirón. No sabía que el portal había dicho su nombre.
Y Kasumi no sabía si contárselo sería protegerla… o matarla de miedo otra vez.
La campanita volvió a sonar. Un cliente entró.
Kasumi se puso su mejor cara de “todo normal”.
Porque eso era lo que su mamá le había enseñado a hacer: fingir que el mundo era seguro.
Aunque las dos supieran que no lo era.
El mundo aprendió a olvidar.
Los libros de historia llamaron a la Era del Equilibrio un mito. Los demonios se volvieron cuentos para asustar niños. El portal en el bosque se cubrió de musgo, de enredaderas, de rumores. “Si te acercas, te pierdes”, decían las abuelas. “Si lo tocas, te lleva el diablo”. Así que nadie lo tocaba.
Nadie… hasta que Kasumi tropezó con él.
*Tokio, 6:47 AM. Presente.*
Kasumi odiaba los lunes. Odiaba la alarma. Odiaba su sudadera gris que ya olía a derrota. Odiaba que Aoi le gritara desde la calle “¡KASUMI, VAS TARDE!” mientras ella solo quería desaparecer cinco minutos más bajo las sábanas.
No era especial. Eso era lo peor.
Tenía 16 años, ojeras permanentes, calificaciones promedio que dolían y una mochila llena de parches de bandas que nadie en su escuela escuchaba. Su único talento era pasar desapercibida. Invisible en clase. Invisible en casa. Invisible para el mundo.
Esa mañana bajó las escaleras de dos en dos, con la falda larga enredándosele en las rodillas. Aoi ya estaba afuera, con sus dos trenzas rebotando mientras le movía la mano como si dirigiera el tráfico.
“¡Llevas la misma sudadera de ayer!”
“Es mi personalidad”, murmuró Kasumi, poniéndose los audífonos sin música. Solo para no escuchar.
Aiko las alcanzó en la esquina. Siempre puntual. Siempre con cara de “¿por qué me junto con ustedes dos?”. Él no dijo nada. Solo les entregó un onigiri a cada una. Era su forma de decir “buenos días” sin tener que hablar.
Caminaron rumbo a la escuela por la ruta de siempre. La calle con los cerezos. La tienda donde el viejito les fiaba refrescos. El puente donde Aoi juraba que había visto un fantasma en primero de secundaria.
Normal. Aburrido. Seguro.
Hasta que Kasumi sintió el tirón.
No en la ropa. En el pecho. Como si algo debajo de la tierra hubiera bostezado y la llamara por su nombre. Se detuvo en seco.
“¿Qué pasa?” dijo Aiko.
“Nada”, mintió. Pero sus tenis ya se habían desviado del camino. Hacia los árboles. Hacia el bosque que todos evitaban. Hacia el susurro que nadie más oía.
“¡Kasumi, la escuela es para allá!” gritó Aoi.
Lo sabía. Pero sus pies no.
Entre la maleza, cubierto por cien años de silencio, las piedras seguían en pie. Un arco roto. Símbolos tallados que brillaban tenue, como brasas a punto de apagarse. El portal.
Y por primera vez en cien años, le devolvió la mirada.
El aire se volvió espeso. Olía a tormenta y a algo más viejo… a aliento de demonio.
Aoi la tomó del brazo. “No. Ni se te ocurra. Esas son las ruinas que—”
Un cuervo graznó. El suelo vibró. Y el portal respiró.
Pero cuando el mundo que creías un mito te llama por tu nombre… contestas.
Dio un paso al frente.
Y el Equilibrio se rompió otra vez.
Un cuervo graznó. El suelo vibró. Y el portal respiró.
Kasumi no era valiente. Ni elegida. Ni especial. Era solo una chica con sueño y una sudadera vieja. Pero cuando el mundo que creías un mito te llama por tu nombre… sientes que tienes que contestar.
Dio medio paso al frente.
Entonces Aoi se le lanzó encima.
“¡¿Estás loca?!” Le enterró los dedos en los brazos y la jaló hacia atrás con toda la fuerza que tenían sus dos trenzas y su pánico. “¡Esas son las ruinas prohibidas! ¡Las que salen en las noticias de gente que desaparece, Kasumi!”
Kasumi trastabilló. El tirón en el pecho seguía ahí, caliente, insistente. Como un anzuelo clavado en las costillas. Pero el tirón de Aoi era más real. Más humano.
Aiko ya estaba del otro lado, bloqueándole el paso con los brazos cruzados. No dijo nada. No hacía falta. Su cara lo decía todo: _Si cruzas, cruzo yo. Y si mueres, te mato._
“Nos vamos. Ahora.” Aoi no la soltó. La arrastró por los brazos, literalmente, como si Kasumi pesara menos que su mochila con parches. Los tenis blancos de Kasumi dejaron dos surcos en la tierra húmeda.
“¡Aoi, suéltame!”
“¡Ni muerta! ¿Quieres salir en un documental de misterios sin resolver? ¡Pues yo no!”
Kasumi miró atrás por encima del hombro. El arco de piedra seguía ahí. Los símbolos seguían brillando. Y por un segundo, juró que una sombra al otro lado también la miró. Y sonrió.
Luego los árboles se cerraron. El musgo volvió a ser musgo. El susurro se volvió viento.
Aoi no la soltó hasta que llegaron a la banqueta. Hasta que el sonido de los autos y la campana lejana de la escuela taparon el latido que venía del bosque.
“Estás mal de la cabeza”, escupió Aoi, acomodándose una trenza temblorosa. “Prométeme que no vas a volver ahí sola.”
Kasumi se sobó los brazos donde los dedos de Aoi habían dejado marcas rojas. Miró hacia el bosque. Ya no se veía nada. Solo árboles.
“...Lo prometo.”
Mintió.
Porque el portal había dicho su nombre. Y ahora que lo había escuchado una vez, sabía que lo volvería a escuchar.
En clase, en casa, en sueños.
Y la próxima vez, Aoi tal vez no esté para jalarla
La campana sonó a las 3:10 PM. Como siempre.
Kasumi recogió su mochila más lento que el resto. Las clases pasaron sin ella. Matemáticas fue ruido blanco. Historia fue peor: hablaron de guerras antiguas y todo lo que ella podía oír era el eco del bosque. Pero no dijo nada. Solo contó los minutos.
En la reja de la escuela, Aoi ya estaba esperándola, mordiendo un palito de pocky.
“¿Sí viniste a clase o te dormiste con los ojos abiertos?” le picó la costilla.
“Qué graciosa”, dijo Kasumi, sin fuerza para pelear.
Aiko apareció detrás, revisando su celular. “Hoy no vas a llegar tarde al trabajo, ¿verdad?”
“Técnicamente no es trabajo si no me pagan”, murmuró Kasumi.
Caminaron las tres cuadras de siempre. Al llegar a la esquina de los cerezos, Kasumi se detuvo. Ahí se separaban.
“Me voy”, dijo, señalando con el pulgar hacia la calle angosta. Al fondo se veía el letrero descolorido: _Panadería Tsukino_. Olía a mantequilla y harina desde aquí.
Aoi hizo puchero. “Odio que te vayas siempre corriendo. Íbamos a ir por taiyaki.”
“Mañana. Lo prometo.” Otra mentira pequeña. Ya iban tres hoy.
Aiko solo levantó la mano a modo de despedida. “No te quedes hasta muy noche. Tu mamá se preocupa.”
“Mi mamá ni nota si llego”, contestó Kasumi, pero sonrió. Era el “adiós” de Aiko.
Se quedaron viéndola dos segundos más. Como si esperaran que cambiara de opinión. Como si en el fondo supieran que algo estaba raro desde la mañana.
Kasumi les dio la espalda primero.
Empujó la puerta de la panadería. La campanita sonó, aguda y familiar. El aire caliente le golpeó la cara, lleno de azúcar y pan recién horneado.
“¡Llegas tarde!” gritó la señora Tsukino desde atrás, sin asomarse siquiera. Tenía ese don.
“Cinco minutos”, contestó Kasumi, colgando su mochila y poniéndose el delantal sobre la sudadera. “Eso es puntual para mí.” kasumi ve asu abuela y la abraza
A través del vidrio, vio a Aoi y a Aiko alejarse. Aoi iba hablando con las manos, seguro contándole a Aiko lo de la mañana. Aiko negaba con la cabeza.
Normales. Seguros. Lejos del bosque.
Kasumi amarró el delantal. Tomó una charola de conchas.
Y por primera vez en todo el día, el tirón en el pecho se calló.