Después de años de matrimonio, Lauro y Cora se sienten más distantes que nunca. El silencio es lo que más se escucha en casa, y hay dos corazones que, aunque siguen latiendo, cada vez se gritan más por estar tan lejos. Lauro está decidido a pedirle el divorcio: ya no soporta la convivencia. Pero todo empieza a cambiar cuando a Cora le diagnostican una enfermedad del corazón. La única manera de salvarla será con un trasplante. Y cuando el destino los empuje al límite, Lauro descubrirá que, por más lejos que intente estar, su corazón nunca ha dejado de pertenecerle a ella.
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DIVORCIO.
Lauro caminaba sin rumbo. No sabía a dónde iba. Solo escuchaba sus pasos en la banqueta, golpeando despacio, uno tras otro. Sentía que le dolía todo por dentro, pero no era un dolor que se pudiera gritar ni llorar. Era un vacío raro, como si algo se hubiera roto y ya no quedara nada más que un hueco enorme. Y lo peor era que ese hueco le recordaba que a veces, aunque se ame mucho, no se puede salvar nada.
Él no entendía cómo habían llegado hasta ese punto.
Ella era todo. Su casa. Su refugio. Su lugar seguro. Pero también era un espejo. Y verse en ella ya era insoportable. Porque cuando la miraba, no solo la veía sufrir a ella… también se veía a él, cansado, roto, marchito.
Y no era justo.
Ni para ella.
Ni para él.
Él la amaba todavía. Mucho. La sentía dentro de su corazón como si nunca se hubiera ido. Pero aun así se alejaba. Porque entendía al fin que no podía seguir queriéndola de esa forma. No cuando dolía más de lo que curaba. No cuando lo mejor para ella, aunque lo matara a él, era dejarla ir.
¿Pero cómo se hace eso?
¿Cómo se deja ir lo único que uno de verdad amó en la vida?
La respuesta era fácil: no se puede.
Pero aun así se hace.
Porque quedarse sería egoísta. Porque fingir que todo estaba bien, que todavía había esperanza, que el amor alcanzaba, sería condenarla. Sería arrastrarla con él al mismo pozo donde él ya estaba cayendo. Y él no quería verla ahí. No con esos ojos tristes. No con esa fuerza apagándose de a poco.
La quería tanto que por primera vez, durante semanas ha pensado en irse. No porque no la quisiera, sino porque el amor ya no los estaba sosteniendo. Los estaba destrozando.
Cerró los ojos.
Y en su mente apareció Cora.
La vio clara, como si estuviera enfrente. Casi podía escucharla decirle que no lo odiaba, que lo entendía. Y eso lo hacía sentir aún peor. Porque ella nunca fue el problema. El problema era él. EL LA TRAICIONÓ.
No quería fingir que podían arreglarse cuando cada intento solo abría más heridas. No quería verla deshacerse mientras los dos se aferraban a algo que ya no los contenía.
Él solo quería que ella supiera que no era su culpa. Que ella siempre fue suficiente. Que lo era todo. Y que justamente por eso merecía un amor más limpio, más libre, uno que no la apagara. Un amor que él ya no podía darle.
Siguió caminando hasta una calle desierta. Las luces titilaban, como si también estuvieran a punto de rendirse. Se detuvo ahí, con el pecho tan pesado que casi no podía respirar.
Sabía que si ella le pedía que se quedara, volvería. Que si ella lloraba, correría hacia ella y se aferraría otra vez. Como un cobarde. Pero sabía también que no podía permitírselo. Porque sí, la amaba, pero no quería amarla así. Con miedo, con culpa, con heridas abiertas.
No podía quedarse en la oscuridad solo por miedo a la luz sin ella.
Y sabía que ella tampoco debía hacerlo.
Aunque la amara.
Aunque le partiera el alma.
Aunque el amor no muriera nunca.
Y tal vez eso era lo más triste de todo: que el amor no era el problema. Era lo único verdadero. Pero a veces, ni siquiera eso alcanza.
Siguió caminando.
Cada paso era una despedida muda. Cada calle era un ensayo de cómo sería vivir sin su voz, sin sus manos, sin ella.
No quería perderla.¿pero la forma eñ como se trataban no significaba eso ?
Pero más que eso, no quería destruirla.
Y quedarse sería eso.
Se detuvo. Estaba temblando. El silencio lo rodeaba. Y lloró. Lloró de verdad. No un poco. No en silencio. Lloró como quien no tiene consuelo. Lloró como quien sabe que tomó la decisión más difícil de su vida. Lloró como quien ama tanto que, justamente por eso, decide dejar ir. Porque ella era el amor de su vida. Y él sabía que nunca volvería a amar a otra como la amó a ella.
Un rato después, llegó a la oficina.
El edificio estaba vacío y oscuro. No encendió las luces. Caminó directo a su escritorio. Sacó la llave del cajón y lo abrió. Los papeles seguían ahí, esperándolo. Los miró largo rato. Su mano temblaba, pero tomó la pluma. Firmó. Una vez. Y otra. Y otra. Hasta que ya no quedaba nada por firmar.
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LEra de madrugada cuando llegó a la cafetería cerrada de su familia. Las sillas estaban apiladas, el letrero de “Abierto” apagado. La casa de su madre estaba detrás, igual que siempre. Sencilla, de un solo piso. Con el olor a café y pan que parecía estar en las paredes. Solo que esa noche estaba todo en silencio.
Golpeó la puerta despacio. No quería molestarla. Pero no tenía a dónde más ir.
La luz del pasillo se encendió y la puerta se abrió con un chirrido. Su madre apareció con bata y el cabello medio recogido. Lo vio y su cara cambió al instante.
—Hijito… —susurró, como si se le rompiera la voz.
Y eso fue todo.
Lauro no dijo nada. Solo dio un paso y se abrazó a ella como cuando era niño. . Ella lo apretó fuerte. Lauro lloró en su cuello, con un llanto torpe y desesperado.
—Shhh, ya, ya, mi amor —le decía ella, acariciándole la cabeza.
Él lloraba, como niño pequeño. Como quien que no sabía cómo salvar lo que había perdido.
—No me preguntes, ma… por favor.
—No necesito que me digas nada —contestó ella—. Con que estés aquí, basta.
Se quedaron ahí abrazados. Después lo llevó a la cocina y le preparó leche caliente, igual que cuando no podía dormir de niño. Él la sostuvo con manos temblorosas. Quiso hablar, pero solo pudo suspirar.
—Hay cosas que se rompen, mamá… y no sé cómo arreglarlas.
Ella le tomó la mano.
—A veces no es tu trabajo arreglarlas, Lauro. A veces tienes que dejárselas a Dios.
Él bajó la mirada.
Lauro solo asintió, pero el no creía en eso.
—Se que no tienes fe. —respondió ella, sonriendo con dulzura—. Pero yo sí. Y yo creo por ti. Hasta que tú puedas creer otra vez.
Lauro cerró los ojos. Sintió un golpe en el pecho. No por Dios, sino por la paz con que ella hablaba de cosas invisibles, mientras él sentía que por dentro todo se le rompía.
—Me estoy yendo… y no sé si fue por amor o por cobardía.
Ella le acarició el cabello.
—Fue por amor, hijito. Porque te duele tanto que no puedes quedarte. Y cuando duele así… Dios lo entiende.
No le pidió más. No buscó culpables. Solo estuvo ahí, con él.
Después, cuando terminaron la leche, ella lo llevó a su cuarto de siempre. Igual que antes: las mismas cortinas, el crucifijo, el olor a sábana limpia. Antes de salir, ella le dijo:
—No estás solo, Lauro. Nunca lo has estado.
Y lo dejó descansar.
Él se sentó en la cama, en la oscuridad. Y por primera vez en mucho tiempo, no sintió la necesidad de fingir ni de correr. Solo estar. Solo dejar que el dolor se quedara un rato.
Esa noche, al menos, estaba a salvo.
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Al día siguiente, no fue a trabajar. No contestó llamadas. No volvió a su casa. Se quedó todo el día como en un limbo. Su madre no le preguntó nada, solo lo acompañó en silencio. Pero al caer la noche, él entendió que ya no podía esconderse más.
Volvió a casa. Sabía que Cora estaría ahí.
Manejaba despacio, como si retrasar el camino sirviera de algo. Pero no. Cuando llegó, la oscuridad ya lo cubría todo. Entró con cuidado, el sobre en la mano. La casa olía a encierro y estaba en penumbras. Y entonces la vio.
Cora estaba sentada en el sofá, como esperándolo. Se levantó despacio cuando lo vio entrar.
Solo estaba la luz qie reflejaba la noche por las ventanas.
—Tenemos que hablar —dijo ella.
Él la miró, sin decir nada al principio.
—Sí.
—Es importante lo que voy a decirte.
Lauro negó apenas.
—Esta vez hablaré yo primero.
—Por favor, Lauro… lo que tengo que decir importa.
—Y lo mío también —contestó él. Su voz era firme, sin gritos pero sin dejar lugar a dudas—. Esta vez hablaré yo.
Abrió el maletín, sacó el sobre blanco y lo puso en su mano sin tocarla.
Ella lo miró, confundida.
—¿Qué es esto?
Él sostuvo su mirada.
—Es el divorcio.
Y la sala se oscureció aún más.