Latidos Prestados
La puerta se cerró con un clic discreto.
El cuerpo que la cruzó avanzó con pasos medidos, como si cada movimiento costara más de lo que debía. No hubo palabras, ni contacto visual. Solo respiración contenida y un leve temblor en los dedos mientras se sentaba frente al terapeuta.
La sala era clara, silenciosa. Demasiado pulcra para alguien que arrastraba tanto desorden por dentro.
—Gracias por venir —dijo el terapeuta—. Toma asiento, por favor.
El silencio que siguió se extendió como una manta húmeda. Las manos descansaban juntas en el regazo, los nudillos blancos por la presión que ejercían. La mirada baja, perdida. No había enojo, pero sí un cansancio profundo, de esos que no se borran con dormir.
—No creo que esto funcione —susurró al fin—. Pero… me dijeron que lo intentara.
—¿Quién te lo dijo?
—Mi hermana. Cree que necesito ayuda. Supongo que sí… aunque no sé si realmente la quiero.
Otra pausa. Más larga. El terapeuta no interrumpió.
—Desde que pasó… desde que perdí lo que más amaba, no me reconozco —un estremecimiento leve sacudió sus hombros—. Me despierto cada día pensando que es una pesadilla. Que va a entrar por la puerta y todo esto… no fue real.
Un hilo de voz se coló entre los labios, cargado de algo más que tristeza:
—Yo no debería… yo no… —negó con la cabeza, apretando los labios—. Tuvimos un matrimonio de infierno y todo por mi culpa.
Los ojos finalmente se alzaron, no hacia el terapeuta, sino hacia un punto perdido en el techo.
—No sé cómo seguir. Todo me parece falso. Las palabras de la gente, sus abrazos, los días… Me da miedo levantarme. Me da miedo… no sentir nada. Pero también me da miedo sentir. Porque si siento, duele. Y si duele, entonces es real.
El silencio volvió, más pesado, cargado de un dolor que parecía llenar la habitación.
—Y no tuve la oportunidad de despedirme. Ahora tengo miedo, miedo de lo que viene.
⸻
El auto avanzaba en silencio, como cada mañana. Su esposa estaba absorta en sus pendientes, de vez en cuando levantando la mirada hacia la ventana. La luz suave se filtraba, iluminando su rostro concentrado, sereno y distante a la vez.
Llevaba un vestido negro sin mangas, cubierto apenas por un saco que descansaba en sus hombros. Imponente, casi inaccesible. Su cabello largo y ondulado recogido con un broche brillante que armonizaba con la pedrería delicada del vestido. Tacones puntiagudos que marcaban un paso firme, seguro.
Su piel blanca, tan pálida que las venas verdes y azules de sus piernas se transparentaban bajo la luz. Lauro no podía apartar la mirada, reconociendo en ella esa belleza serena que aún, en la distancia emocional, le provocaba un golpe en el pecho.
El auto frenó frente al edificio. Su esposa abrió la puerta con naturalidad. Él bajó tras ella. A pocos metros, Esteban, su asistente, ya esperaba con una carpeta llena de reportes y tareas.
Pero Lauro no se apresuró. Su atención fue capturada por las pantallas gigantes del edificio, que reproducían un debate político candente.
—Lo que proponemos con la Ley de Cierre Voluntario no es una rendición, señores diputados, es una afirmación radical de la libertad —decía un legislador, gesticulando con vehemencia—. ¿O acaso vamos a seguir condenando a vivir a quienes ya no quieren hacerlo? No pedimos que compartan la decisión. Solo pedimos que la respeten.
—¿Libertad? ¿Desde cuándo dejar de existir es un acto de libertad? —respondió una mujer, con voz cortante—. Esta ley es una puerta abierta al abandono. A que un Estado diga: “muéranse si quieren, es más barato”. ¿Eso es lo que somos ahora?
Aparecieron imágenes de las calles llenas de manifestantes. Pancartas con frases como “Mi cuerpo, mi decisión” se enfrentaban a otras que decían “La vida no se desecha”.
Otra voz, esta vez masculina, resonó con gravedad:
—La ley contempla un proceso riguroso, con filtros médicos, psicológicos y sociales. Nadie podrá acceder al cierre voluntario por impulso o manipulación. Y sí, también contempla a personas sanas que, por razones profundamente personales, han decidido no continuar. La autonomía no es solo para los enfermos.
—¿Y qué haremos cuando adolescentes deprimidos quieran acceder? ¿Qué tipo de sociedad normaliza el suicidio como una opción legal? —interrumpió otra diputada, visiblemente alterada.
Lauro apenas respiraba, atrapado por la intensidad del debate. Cada palabra parecía resonar en su pecho, reflejando sus propias contradicciones internas.
—No puedo creer que haya gente luchando para legalizar el derecho a quitarse la vida —dijo casi sin pensar, al vacío.
Su esposa pasó junto a él. Apenas desvió la mirada y respondió, fría:
—Es irrelevante.
Lauro giró la cabeza. Su mirada chocó con la espalda firme de ella, alejándose como si el edificio ya le perteneciera. Sintió que ese ruido político también podía resquebrajar lo que ellos alguna vez fueron.
Comenzó a caminar hacia el edificio mientras Esteban le lanzaba pendientes como si fueran balas. Apenas puso un pie en la oficina, lo primero que escuchó:
—Tu suegro quiere verte.
Cinco años de matrimonio y todavía ese hombre lograba ponerlo tenso. Ni tiempo de sentarse y ya lo mandaban directo al fuego.
—Al mal paso, darle prisa —murmuró Lauro, ajustando el saco—.
Al pasar frente a la oficina de Cora, se detuvo un instante. Ella estaba concentrada, dictando instrucciones a su asistente. Todo en orden, todo bajo su control. La miró, solo un instante. Ella lo reconoció, lo midió con frialdad, y volvió a su tarea.
Lauro siguió. Llegó a la puerta del despacho. Arturo Valencia estaba de pie, mirando por la ventana, manos cruzadas detrás de la espalda. Se giró.
—Lauro, te mandé a llamar por una razón importante.
Era raro verlo así. Arturo rara vez elogiaba, rara vez desperdiciaba palabras. Pero esta vez, su tono no era duro, sino medido.
—Permíteme felicitarte por tu trabajo en la última ronda de negociación —dijo, estrechando su mano—. La resolución fue impecable. Tu nombre empieza a sonar fuera de esta empresa, y eso… no es cualquier cosa.
Lauro asintió con un “gracias” controlado.
—Y ya que estamos en confianza —agregó Arturo, acomodándose detrás del escritorio—, quiero invitarte a comer esta noche. Solo nosotros, nada formal.
Antes de que Lauro respondiera, la puerta volvió a abrirse. Cora apareció, firme, como dueña del espacio.
—Papá, el abogado Storni ya está en la sala de juntas —anunció, sin mirarlo—. Dijo que no puede posponer la firma del fideicomiso más allá de esta mañana.
Arturo se levantó de inmediato.
—Perfecto —dijo, y miró a Lauro—. Quedamos para la cena entonces.
Cora dio media vuelta, pasó junto a él sin mirar. Su perfume le rozó la garganta, casi como un reproche. Lauro asintió, pero sin palabras.
Padre e hija se fueron, cerrando la puerta tras de sí. La invitación flotaba en el aire como advertencia. No era solo cortesía familiar. No con Arturo. No con Cora.
Lauro volvió a su oficina. Intentó concentrarse en la auditoría, pero su cabeza no dejaba de girar en torno a otra carpeta: los papeles de divorcio. Fríos, exactos, inalterables. Solo faltaban dos firmas.
Los había recibido semanas atrás. No los mostró ni mencionó. No porque Cora ignorara lo que se avecinaba, sino porque aún no sabía si tenía sentido ponerle punto final a algo que sentía como ya terminado.
Cerró la carpeta, la guardó en el cajón y giró la llave. Luego la metió al bolsillo del saco, como para silenciar el eco que lo habitaba por dentro.
Eran las 2:08. Hora de la comida.
Se levantó, cruzó el pasillo en silencio y se dirigió al elevador. Cuando las puertas se abrieron, allí estaba Cora. Perfecta, con el celular en la mano, mirada perdida en la pantalla. Lo reconoció, levantó la vista apenas y volvió a su tarea.
—Hola —saludó él, mesurado.
—Hola —respondió ella, sin mirarlo.
Se acomodó a su lado, dejando espacio. Silencio espeso. Podía oler su perfume. Sabía que no diría nada si él no hablaba primero. Lo sabía porque la conocía.
—¿Ya vas a comer? —preguntó, sin demasiada esperanza.
—No. Tengo cita con el médico.
Alarma discreta.
—¿Estás bien?
Giró apenas la cabeza. Lo miró unos segundos, midiendo cada palabra.
—Sí. Solo rutina.
—¿Quieres que te acompañe?
—No quiero —dijo, con certeza. Ni duro, ni suave.
Asintió. Esta vez más lento.
Las puertas se abrieron. Cora salió primero. Afuera, su chofer esperaba con el sedán negro. Lauro la vio subir sin voltear. Luego salió él, rumbo al estacionamiento, sin prisa.
Llegó al restaurante. Discreto. Mesas de madera oscura, ambiente íntimo. En una esquina, Óscar lo esperaba, aguas servidas, hojeando el menú con desinterés.
—¿Supiste lo del Congreso esta mañana? —preguntó apenas Lauro se sentó.
—Algo vi. Debate sobre el derecho a quitarse la vida.
—Eutanasia voluntaria —dijo Óscar, sin rodeos—. Presionan para permitir que las personas decidan cuándo y cómo morir, incluso sin enfermedad irreversible.
—Muerte digna, lo llaman —murmuró Lauro, pero su mente estaba en otro lado.
—La propuesta es más radical —continuó Óscar—. Personas conscientes, incluso sin enfermedades terminales, podrían optar legalmente por quitarse la vida asistida, sin dolor, con evaluación previa.
—¿Y tú qué piensas?
Óscar bajó la mirada.
—Es delicado —dijo—. Pero a veces pienso que hay algo humano en controlar el final. No sé si está bien o mal, pero entiendo por qué lo desean.
—Las personas están locas. Es instinto buscar sobrevivir.
Óscar asintió, mirándolo con atención.
Lauro quedó viendo la nada.
—¿Te pasa algo? —preguntó Óscar—. Te quedaste ido.
Suspiró largo, sostuvo la mirada.
—Te voy a contar algo, pero no se lo digas a nadie.
—Lo que digas se queda aquí.
—Estoy pensando en divorciarme.
Óscar dejó los cubiertos. Lo miró con sorpresa y cuidado.
—¿De verdad?
—Sí. Ya no podemos seguir así. Solo peleamos. Y cuando no discutimos, simplemente no hablamos. Compartimos la cama, a veces, pero no la vida. No hay intimidad, ni un beso, ni una mirada… nada.
—¿Se lo dijiste?
—No aún. Hoy vi los papeles de nuevo en la oficina. Pensé mostrárselos, pero… no pude.
Óscar asintió, sin interrumpir.
—Me siento como un cobarde —añadió Lauro—. Pero también siento que ya no tengo nada más que ofrecerle. Y si espero más, la lastimaré más.
Silencio breve. Solo el sonido lejano de platos en la cocina.
—No eres cobarde —dijo finalmente Óscar—. A veces irse también es una forma de amar.
No hablaron mucho más. La conversación derivó en banalidades. Lauro apenas probó bocado, sintiéndose agotado, como si hubiera cargado un peso imposible durante horas.
***¡Descarga NovelToon para disfrutar de una mejor experiencia de lectura!***
Updated 22 Episodes
Comments