Valentina Ruiz, de 29 años, se casa con Alejandro Montesinos en una ceremonia de ensueño, pero apenas después del matrimonio, él tiene que viajar a Estados Unidos por un largo viaje de negocios. Mientras él está ausente, la familia de Alejandro – su madre doña Elena, su hermana Carolina y su tío Javier – la trata con indiferencia, desprecio y hasta humillaciones.
Cuando Valentina descubre que Alejandro le es infiel con su antigua novia, decide callarlo todo para proteger el matrimonio que tanto soñó y porque cree que su amor puede cambiar las cosas.
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Capitulo 6
Valentina había pasado toda la mañana en el centro de Madrid, recorriendo pequeñas galerías de arte en busca de algo que hiciera sentir la casa de los Montesinos más cálida, más parecida a un hogar. Cuando vio el cuadro en la vitrina de una tienda que vendía obras de artistas andaluces, supo de inmediato que era el que buscaba.
Era un óleo de tamaño mediano, que representaba una calle estrecha de Sevilla con flores en las balconeras y un niño jugando con una pelota en el suelo. Los colores eran vibrantes – rojos, amarillos, azules intensos – y el estilo era el del artista sevillano Manuel Ruiz, cuyo trabajo conocía desde pequeña. Había costado casi todo el dinero de su mesada, pero Valentina pensó que valía la pena: con ese cuadro en la sala de estar, quizás la casa dejara de sentirse tan fría y extraña.
Llegó a la mansión con el cuadro envuelto en tela gruesa, llevándolo con cuidado como si fuera un tesoro. Subió las escaleras y se dirigió a la sala de estar, donde doña Elena estaba sentada en el sofá leyendo un libro.
—Señora —dijo Valentina, con una sonrisa esperanzada—. He comprado algo para decorar la sala. Creo que le dará un toque más acogedor.
Doña Elena levantó la vista del libro y miró el paquete que sostenía Valentina, luego dejó la lectura sobre el mesón y se puso de pie con lentitud.
—Déjamelo ver —dijo, acercándose.
Valentina quitó la tela con cuidado, revelando el cuadro. Esperaba una sonrisa, un gesto de aprobación, pero la expresión de doña Elena se endureció de inmediato. Miró el óleo de arriba abajo con una mirada crítica, como si estuviera examinando un objeto defectuoso.
—¿Qué es esto, Valentina? —preguntó, con voz fría—. Un cuadro de ese estilo no es adecuado para una casa como la nuestra. Los Montesinos coleccionamos arte clásico – pinturas de maestros españoles, esculturas de mármol. Este... este es arte popular, lo que se vende en los mercados de turistas. No tiene lugar aquí.
Valentina sintió cómo se le rompía el corazón en mil pedazos. Había pensado que el cuadro sería una forma de conectar su mundo con el de la familia, de mostrarles un poco de su tierra y su cultura.
—Pero es de un artista sevillano muy reconocido —intentó explicar, con la voz temblorosa—. Creí que podría darle un toque diferente a la sala, que la haría sentir más como un hogar.
—Una casa como la nuestra no necesita "toques diferentes" —respondió doña Elena, volviéndose para sentarse de nuevo en el sofá—. Ya tiene su decoración establecida desde hace generaciones. Guárdalo en el trastero, por favor. No quiero que nadie lo vea cuando vengan visitas.
Valentina cogió el cuadro con las manos temblorosas y se dirigió hacia la puerta, pero en el pasillo se encontró con Carolina, que acababa de bajar las escaleras.
—¿Qué llevas ahí? —preguntó la cuñada, mirando el óleo con curiosidad.
—Es un cuadro que compré para la sala —respondió Valentina, bajando la cabeza—. Tu madre dice que no es adecuado y que lo guarde en el trastero.
Carolina se acercó y miró el cuadro con una sonrisa burlona.
—Claro que no es adecuado —dijo, riendo suavemente—. Deberías aprender a conocer los gustos de esta familia, Valentina. Alejandro nunca ha tenido interés por el arte popular – él prefiere las pinturas serias, las que tienen historia y valor. Esto... bueno, es bonito para una casa en Sevilla, pero aquí no encaja en absoluto.
Valentina no respondió. Caminó hasta el final del pasillo, abrió la puerta del trastero y entró en el pequeño espacio oscuro y polvoriento. Allí había cajas apiladas hasta el techo, muebles viejos y objetos que la familia no usaba más. Colocó el cuadro con cuidado sobre una estantería, cubriéndolo con una tela vieja para protegerlo del polvo.
Se quedó de pie en medio del trastero durante un rato, mirando el paquete cubierto, sintiendo la tristeza acumularse en su pecho como una piedra pesada. Había querido hacer algo bonito, algo que hiciera que la casa se sintiera como suya, pero nuevamente se había sentido rechazada. Quiso llamar a Alejandro para contarle lo que había pasado, para decirle cuánto había querido hacerle feliz con ese regalo, pero recordó cómo las últimas llamadas habían sido cortas y distantes. Decidió guardar la tristeza para sí misma, cerrando la puerta del trastero con un suspiro suave.
De vuelta en su habitación, se sentó en la cama y miró por la ventana al jardín. El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de colores naranjas y rosas – los mismos colores que tenía el cuadro que ahora estaba olvidado en el trastero. Se preguntó si alguna vez lograría hacer que su familia la aceptara, si alguna vez sentiría que pertenecía a ese lugar. Pero luego tocó el anillo en su dedo y recordó la promesa de Alejandro, y decidió que seguiría intentándolo. Por él, estaría dispuesta a callar incluso la decepción más grande.