La alta sociedad aveces pasa por momentos de locura, al igual que está historia que está llena de momentos locos nuestra historia estará llena de aventuras, dramas y mucha pasión.
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Necesidad
La llegada a Wynthorne, tras el largo recorrido por las granjas parecía que la fatiga se mezclaba con la productividad. Eleanor encabezab a la marcha.
Cuando arribaron a la mansión, los sirvientes aguardaban con lámparas encendidas, las ventanas dejaban escapar luces cálidas y el aroma de la cena en preparación daba la bienvenida como un abrazo.
Eleanor desmontó con la ayuda de un lacayo, y tanto Frederick como William hicieron lo propio.
—Un día productivo —comentó William con alivio—. Y gracias a vuestra guía, mi señora.
—Vuestro esfuerzo ha sido considerable —respondió Eleanor con una leve inclinación de cabeza—. Confío en que mañana tendremos una visión aún más clara del potencial de cada zona.
La cena fue servida en el salón principal, donde la mesa larga de cedro estaba adornada con candelabros de plata y vajilla fina. El ambiente era cálido, casi íntimo, aunque la conversación transcurría con cordialidad habitual. Los sirvientes iban y venían con diligencia.
Eleanor, aun fatigada, se mostraba atenta y afable. William narraba anécdotas joviales de su infancia, y Frederick participaba con comentarios mesurados y muy divertidos.
Fue entonces, en medio de la calma aparente, cuando uno de los criados irrumpió con pasos apresurados, llevando un sobre sellado. Se inclinó respetuosamente hacia Eleanor.
—Mi lady… ha llegado este mensaje. Viene marcado como urgente.
Eleanor frunció ligeramente el ceño; tomó la carta, rompió el sello con elegancia y desplegó el papel. Bastó que sus ojos recorrieran las primeras líneas para que el color abandonara su rostro. Sus labios temblaron, apenas perceptibles, y el leve ruido del papel en sus manos reveló que estas habían empezado a perder fuerza.
William se incorporó en su asiento.
—Eleanor… ¿qué sucede?
Ella cerró los ojos un instante, como si un dolor profundo se hubiese reabierto. No miró a ninguno de los presentes.
—Mi tío escribe… —La voz se quebró en un suspiro rasgado—. Mi primo ha fallecido. El funeral será al amanecer.
El silencio fue inmediato, pesado, casi físico. E incluso Frederick, que solía dominar cualquier reacción, sintió cómo el aire en sus pulmones se volvía denso. Eleanor se puso de pie con una cortesía mínima y rígida.
—Disculpadme, caballeros.
Intentó salir sin más palabra, pero William se aproximó para detenerla suavemente por el brazo.
—Eleanor… por favor, dime si hay algo que podamos—
Ella retiró el brazo con delicadeza, pero firmeza.
—No. Esta pérdida pertenece a mi familia. Os agradezco vuestro interés… pero no estoy en condiciones de hablar.
Y sin agregar nada más, dejó el salón. Su figura desapareció por el corredor, envuelta en una sombra que no pertenecía a la luz, sino a un pesar que Frederick comprendió sin necesidad de explicación.
William regresó a la mesa con el rostro compungido.
—Su primo Edward… eran muy cercanos —murmuró, como si solo intentara explicarse a sí mismo.
Frederick no dijo nada. Su copa permaneció intacta. Observó la puerta por donde Eleanor había desaparecido, y con cada segundo que pasaba, algo en él se tensaba como un resorte.
La mansión se sumió en un silencio sepulcral. Los sirvientes se retiraron con sigilo, las luces se atenuaron y cada huésped buscó su descanso. El reloj marcó la medianoche, que resonó a través de los pasillos de Wynthorne.
Frederick, en su habitación, no lograba conciliar el sueño. Había dejado el abrigo sobre el sillón y aflojado la corbata, pero seguía de pie, apoyado contra la ventana, mirando la noche cerrada.
No comprendía por qué la inquietud se había apoderado de él con tal fuerza. No tenía justificación alguna para entrometerse en los asuntos íntimos de Eleanor… y sin embargo, cada fibra de su ser lo empujaba hacia ella.
Caminó de un lado a otro, tratando de razonar. Finalmente, sin más deliberación, abrió la puerta y salió al pasillo.
Sus pasos, silenciosos pero decididos, lo guiaron por el corredor principal. No sabía exactamente a dónde iba… hasta que se encontró frente a la puerta de la duquesa. Se detuvo. Respiró. Tocó con suavidad.
—Mi lady… ¿puedo pasar?
Hubo un pequeño intervalo. Luego, la voz de ella, rota y débil, respondió apenas:
—Adelante…
Frederick abrió la puerta y cerró detrás de sí. La habitación estaba iluminada por dos lámparas bajas, cuyos halos dorados revelaban la figura de Eleanor sentada en la cama. Llevaba sus prendas de dormir, una bata clara que. En su mano derecha sostenía la carta; en la izquierda, un pañuelo arrugado por el llanto.
Ella levantó la vista hacia él. Tenía los ojos enrojecidos, la respiración temblorosa.
—No sé si podré soportar otra pérdida —murmuró, más para sí misma que para él.
Frederick no midió consecuencias. Solo avanzó hacia la cama, rodeó el borde y se sentó frente a ella. La tomó entre sus brazos con naturalidad.
Eleanor no se resistió. apoyando el rostro en su pecho. Sus sollozos surgieron con fuerza, desgarrados por la pena. Frederick la sostuvo con firmeza, una mano en su espalda, la otra protegiendo su nuca.
El llanto duró largos minutos. Hasta que, finalmente, su cuerpo se fue relajando poco a poco. Él la miró: sus pestañas húmedas, su respiración irregular, su mano aferrada con desesperación al tejido de su camisa.
Eleanor levantó el rostro hacia él. La cercanía era tal que Frederick sintió su aliento cálido rozar su piel.
—Lo siento… —susurró ella.
Él frunció el ceño suavemente.
—¿Por qué os disculpáis?
—Por esto.
Y sin darle tiempo a reaccionar, Eleanor inclinó el rostro y posó sus labios sobre los de él.
El beso fue breve, inseguro. Frederick quedó sorprendido, pero antes de que ella se apartara la tomó suavemente del rostro y respondió.
Eleanor no se detuvo. El beso se profundizó, perdió la timidez y encontró un punto de quiebre entre la razón y la necesidad.
Frederick sabía que debía detenerse, que no era un momento apropiado, que cualquier acercamiento podría ser un error. Su mente exigía cautela… y aun así, sus manos se aferraron a su cintura con una decisión. Eleanor lo rodeó con los brazos, acercándose más. Lo que siguió fue inevitable.