Valeria sobrevive a un matrimonio gélido refugiándose en un cuarto secreto, donde plasma en lienzos los sueños húmedos que tiene con un hombre desconocido que la adora. Tras descubrir la cínica traición de su esposo, el dolor se transforma en una sed de venganza diseñada con la precisión de una obra de arte. En esta batalla por su amor propio, la línea entre la fantasía y la realidad se rompe cuando el hombre de sus pinturas aparece frente a ella, desatando un deseo prohibido que podría ser su salvación o su ruina.
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el santuario del pecado y el óleo
Capítulo 1
El calor no era el de nueva York; era un fuego que nacía desde adentro. En la penumbra de aquel estudio que solo existía detrás de sus párpados, el aire estaba saturado con el aroma punzante del aguarrás y el perfume almizclado de un hombre que Valeria no conocía, pero que su cuerpo reclamaba como propio.
Ella estaba allí, de pie frente a un lienzo inmenso, desnuda bajo una bata de seda que apenas se sostenía. Él emergió de las sombras del sueño, una silueta de hombros anchos y movimientos felinos. Sin decir una palabra, la rodeó con sus brazos. Valeria sintió la aspereza de sus manos, grandes y seguras, recorriendo su cintura, subiendo por su espalda hasta enredarse en su cabello. El deseo fue una descarga eléctrica que la dejó sin aliento. Él la giró con una urgencia adoradora y la presionó contra la madera fría del caballete. Sus labios estaban a milímetros, su respiración era un vendaval caliente sobre su piel... el encuentro estaba a punto de consumirse en una explosión carnal.
—Mírate... —susurró el desconocido con una voz que vibraba en los huesos de Valeria—. Eres mía aquí, donde nadie puede tocarte.
Y justo cuando el placer amenazaba con desbordarla, la realidad la golpeó con la frialdad de un bloque de hielo.
—¡Valeria! Por Dios, ¿piensas quedarte ahí babeando todo el día?
El sonido seco de la puerta del vestidor al cerrarse fue como un disparo. Valeria abrió los ojos de golpe. Su corazón golpeaba contra sus costillas con una frecuencia violenta y sus sábanas de seda estaban húmedas, pegadas a su piel por un sudor que nada tenía que ver con el clima. El vacío en su vientre le dolió de una forma casi física.
Julián estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero, ajustándose un reloj de oro con movimientos mecánicos. Ni siquiera se dignó a mirarla. Su presencia emanaba una arrogancia que asfixiaba el aire de la habitación.
—Llegas tarde para el desayuno. Tengo una reunión con la junta directiva y necesito que la casa esté impecable para la cena de esta noche. No quiero verte con esa cara de muerta —sentenció él, con una voz cargada de desprecio—. Y por favor, quítate ese olor a encierro. A veces creo que te estás volviendo loca en esta casa.
Él se acercó a la cama, pero no para besarla, sino para lanzarle el teléfono sobre el colchón.
—Me voy. Asegúrate de ser una esposa útil por una vez en el día.
Valeria esperó a escuchar el motor del auto alejarse. Cuando el silencio volvió a reinar en la mansión, se levantó con los ojos encendidos de una rabia contenida. No bajó a la cocina. Se dirigió al fondo del pasillo, hacia una pequeña habitación que todos creían que era un depósito de lencería vieja.
Sacó la llave que escondía debajo de una baldosa suelta y entró.
El cuarto secreto era su verdadero hogar. Allí, las paredes estaban cubiertas de lienzos que gritaban lo que ella callaba. En el centro, el retrato del hombre de sus sueños la esperaba. Valeria tomó una espátula, la hundió en una mezcla de rojo carmesí y negro, y dio un trazo violento sobre una esquina del cuadro.
—Tú no sabes quién soy, Julián —susurró ella, mientras el rastro de la pintura fresca brillaba como sangre bajo la luz filtrada—. Pero vas a aprenderlo de la peor manera.
Ese día, Valeria no solo pintó el deseo. Ese día, en la soledad de su santuario, empezó a pintar su venganza.
para mí será negativo 🤭