nunca hay que mentirse a uno mismo
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5
Vincent Salvatore y Dante Marconi no tenían prisa. En su mundo, la paciencia no era solo una virtud, era una estrategia de guerra. Mientras el equipo de seguridad —una red invisible que se extendía por cada calle empedrada de Florencia— les enviaba coordenadas precisas, ellos terminaron sus bebidas con una calma gélida. Sin embargo, en la intimidad de su pensamiento, Vincent ya cometía el error más antiguo de la humanidad: proclamar como suyo algo que, en realidad, ni siquiera sabía que él existía hasta hacía una hora. La llamó "su mujer" entre dientes, una posesión mental que el destino suele cobrar muy caro.
El club L'Inferno era, irónicamente, el nombre del establecimiento más exclusivo de la familia Salvatore. Era un santuario de neón, cuero y bajos que retumbaban en el esternón, donde la élite europea se mezclaba con el peligro más absoluto. Cuando los leones llegaron, no pasaron por la fila ni por la pista; entraron por la puerta trasera y ascendieron directamente a la zona VIP elevada, un balcón de cristal oscuro que presidía el local como un trono sobre un abismo de perdición.
Desde ahí, Vincent y Dante tenían una vista privilegiada del caos. Y abajo, en el centro de la pista, el infierno ardía con una intensidad que ellos mismos habían provocado.
—Míralas —murmuró Dante, apoyando las manos en el barandal de cristal. Su figura proyectaba una sombra imponente sobre la multitud inferior—. No están bailando, están reclamando el aire.
Carmín y Nina no necesitaban a nadie más. Se movían en una coreografía espontánea de sensualidad y gracia que dejaba sin aliento a cualquiera que se atreviera a mirar. Carmín, con su vestido de seda negro ahora brillante bajo las luces estroboscópicas, era un espectáculo de la naturaleza. Cada gesto de sus manos, cada vuelta que hacía resaltar sus curvas de ángel, era una invitación al pecado. Su aura se había transformado en un magnetismo animal; ya no lloraba por un novio mediocre , ahora celebraba su propia existencia en el corazón de Italia.
Nina, a su lado, era la cómplice perfecta, moviéndose con una energía eléctrica que complementaba la cadencia profunda de Carmín. Juntas eran una tormenta perfecta de piel, sudor y libertad. Cada vez que Carmín echaba la cabeza hacia atrás y reía, el pulso de Vincent se aceleraba en el balcón VIP. El jefe de la mafia, un hombre que creía haberlo visto todo, sentía cómo su libido se elevaba a niveles peligrosos. No era solo deseo carnal; era la fascinación de ver algo que no podía controlar.
—Esa mujer es un problema, Vincent —dijo Dante, sin apartar la vista de Nina—. Una mujer que se divierte así de sola, sin mirar a los lados, es una mujer que no se puede comprar.
—No quiero comprarla, Dante —respondió Vincent, con los ojos fijos en la silueta de Carmín, que en ese momento bajaba el cuerpo en un movimiento lento y rítmico que hizo que varios hombres en la pista se detuvieran a mirar—. Quiero que me mire así. Quiero ser yo el que provoque esa risa y el que domestique ese fuego.
Abajo, Carmín sentía una mirada pesada sobre ella. Era esa misma presión que había sentido en el restaurante, pero ahora multiplicada por la adrenalina del baile y los tragos. Sabía que los leones estaban cerca; podía oler el peligro mezclado con el perfume caro y el tabaco. Pero en lugar de asustarse, se movió con más fuerza. Sabía que la estaban viendo desde alguna zona , y se aseguró de que cada movimiento fuera un recordatorio de lo que habían dejado ir .
La música alcanzó un clímax ensordecedor. Carmín dio una vuelta, su cabello volando, y por un segundo elevó la vista hacia el balcón oscuro. No podía ver a Vincent tras el cristal, pero él pudo verla a ella: una sonrisa desafiante, unos labios rojos que parecían susurrar una provocación y una mirada que decía claramente que ella era la dueña de su propia noche.
Vincent apretó el barandal hasta que sus nudillos se tornaron blancos. El error estaba consumado: se sentía dueño de un fuego que aún no lo había quemado, pero estaba más que dispuesto a caminar directo hacia las llamas.
no se vale