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Marcada Por El Pecado

Marcada Por El Pecado

Status: En proceso
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Romance oscuro
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Naimastran

Valentina descubre que su novio no solo le es infiel, sino que forma parte de la mafia. Lo que no esperaba era cruzarse con Dante Moretti, un hombre tan peligroso como irresistible, que decide convertirla en su obsesión. Atrapada entre traición, poder y deseo, Valentina deberá sobrevivir en un mundo donde amar puede ser la peor condena.

NovelToon tiene autorización de Naimastran para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

4

El reloj marcaba las 7:52 p.m.

Valentina estaba sentada frente a la mesa del café, con las manos entrelazadas sobre su regazo y la mirada fija en la taza de café que ya se había enfriado hacía rato.

No había dado ni un sorbo.

No podía.

Su mente estaba demasiado ocupada intentando mantenerse en pie.

Había pasado todo el día en un estado extraño, como si caminara sobre una cuerda floja. Cada pensamiento la llevaba al mismo lugar.

Dante.

Su voz.

Su cercanía.

La forma en la que la había tocado.

Y peor aún…

La forma en la que había reaccionado ella.

Apretó los dedos con más fuerza.

—No —susurró para sí misma—. No.

No iba a pensar en eso.

No iba a permitirse sentir eso.

No iba a caer.

La puerta del café se abrió.

El sonido hizo que levantara la vista automáticamente.

Y lo vio.

Santiago.

Pero ya no era el mismo.

O quizás nunca lo había sido.

Su postura estaba tensa, su mirada alerta, como si estuviera midiendo cada rincón del lugar antes de avanzar. Ya no había rastro del hombre relajado que solía ser.

Ahora…

Había algo más.

Algo oscuro.

Algo que siempre había estado ahí… y que ella nunca quiso ver.

Caminó hacia ella.

Despacio.

Controlado.

—Llegaste temprano —dijo, tomando asiento frente a ella.

Valentina no respondió de inmediato.

Solo lo miró.

Y en ese instante…

No sintió nada.

Ni amor.

Ni nostalgia.

Ni siquiera dolor.

Solo una distancia enorme.

—Decime lo que tengas que decir —respondió finalmente.

Directa.

Fría.

Santiago apretó la mandíbula.

—No es tan simple.

—Sí lo es.

El silencio cayó entre los dos.

Pesado.

—Lo que viste…

—Fue bastante claro —lo interrumpió ella.

—No, no lo fue —insistió él, inclinándose levemente hacia adelante—. Esa mujer no significa nada.

Valentina soltó una risa breve.

Sin humor.

—¿En serio vas a empezar por ahí?

—Estoy tratando de explicarte—

—No —lo cortó—. Estás tratando de justificarte.

Sus palabras fueron como una cuchilla.

Santiago respiró hondo, pasándose una mano por el cabello.

—No entendés en lo que estoy metido.

El corazón de Valentina dio un vuelco.

Ahí estaba.

La verdad.

Finalmente.

—Entonces explicámelo.

Silencio.

Uno largo.

Tenso.

Santiago miró alrededor, bajando la voz.

—No puedo decirte todo.

Valentina negó.

—Claro que no podés.

—Pero puedo decirte esto —continuó él, ignorando su comentario—. Lo que viste… no es un juego. No es algo de lo que puedas salir caminando como si nada.

—No tengo nada que ver con eso.

Error.

Grave error.

Porque Santiago la miró con algo parecido a desesperación.

—Sí tenés.

—No.

—Sí —insistió—. Porque lo viste a él.

El aire se tensó.

Valentina sintió un escalofrío.

—¿A Dante?

Santiago cerró los ojos un segundo.

—No deberías decir su nombre tan fácil.

—¿Por qué? ¿Le tengo que tener miedo?

Santiago abrió los ojos.

Y lo que había en su mirada…

No era duda.

Era certeza.

—Sí.

El silencio explotó entre ellos.

Valentina tragó saliva.

—No me va a hacer nada.

Mentira.

Ni ella misma se creyó.

Santiago negó lentamente.

—No lo conocés.

—¿Y vos sí?

—Lo suficiente como para saber que no deja cabos sueltos.

El corazón de Valentina empezó a latir más rápido.

—Yo no soy un cabo suelto.

Santiago se inclinó más.

Más cerca.

—Para él… todos lo somos.

En una mesa al fondo del café, parcialmente cubierta por una columna, un hombre observaba.

Tranquilo.

Inmóvil.

Un café intacto frente a él.

Traje oscuro.

Mirada fija.

Dante Moretti.

No intervenía.

No hablaba.

No se mostraba.

Pero estaba.

Siempre estaba.

Sus ojos no se apartaban de Valentina ni un segundo.

Analizaba cada gesto.

Cada palabra.

Cada reacción.

Especialmente cuando Santiago hablaba.

Especialmente cuando ella respondía.

Porque ahí…

Ahí estaba todo.

La tensión.

El quiebre.

La confusión.

Y algo más.

Algo que lo hacía sonreír apenas.

Celos.

No de ella.

Sino del pasado.

—Tenés que irte —dijo Santiago de repente.

Valentina frunció el ceño.

—¿Qué?

—Irte de la ciudad.

El mundo se detuvo un segundo.

—¿Estás hablando en serio?

—Más que nunca.

—¿Y dejar todo? ¿Mi vida? ¿Mi trabajo? ¿Por qué?

—Por él.

Valentina sintió cómo algo se tensaba dentro de su pecho.

—No voy a huir.

—No es huir —insistió Santiago—. Es sobrevivir.

—No estoy en peligro.

Otra vez.

Error.

Porque Santiago golpeó suavemente la mesa con la mano.

—¡Sí lo estás!

Varias personas giraron la cabeza.

El ambiente se tensó.

Valentina lo miró fijo.

—¿Y vos? —preguntó—. ¿Desde cuándo te importa mi seguridad?

El golpe fue directo.

Santiago se quedó en silencio.

—Porque si realmente te importara —continuó ella, más fría— no me hubieras metido en esto.

Sus palabras lo atravesaron.

—Yo no quise que esto pasara.

—Pero pasó.

Silencio.

—Y ahora pretendés que deje todo… porque te conviene.

—No es por mí —dijo él—. Es por vos.

Valentina negó.

—No.

Se inclinó hacia adelante.

Su voz bajó.

—Es porque tenés miedo.

Santiago no respondió.

Pero su silencio fue suficiente.

Desde su lugar, Dante observó el cambio.

Ese momento exacto.

Ese punto donde la dinámica se rompía.

Donde ella dejaba de ser la víctima…

Y empezaba a tomar control.

Sus labios se curvaron apenas.

Interesante.

Muy interesante.

—No me voy a ir —dijo Valentina con firmeza.

Santiago la miró como si no pudiera creerlo.

—No entendés…

—Sí entiendo.

Su voz no tembló.

—Entiendo que me mentiste. Entiendo que me engañaste. Entiendo que me usaste.

Cada palabra era un golpe.

—Y entiendo que ahora estás tratando de arreglarlo… a tu manera.

Silencio.

—Pero ya no tenés ese derecho.

El aire entre ellos se volvió denso.

Irrespirable.

Santiago la observó.

Largo.

Profundo.

Como si la estuviera viendo por primera vez.

—No sabés en lo que te estás metiendo —dijo finalmente.

Valentina sostuvo su mirada.

—Tal vez no.

Un segundo.

Dos.

—Pero tampoco pienso dejar que decidan por mí.

Dante se reclinó apenas en su silla.

Sus ojos brillaban.

Había algo en ella.

Algo que no era común.

Algo que no se rompía fácil.

Y eso…

Eso lo hacía querer más.

—Entonces escuchame bien —dijo Santiago, bajando aún más la voz—. Dante no es alguien con quien puedas jugar.

Valentina sintió el golpe.

Interno.

Directo.

—Yo no estoy jugando.

—Él sí.

El silencio cayó como una losa.

—Y cuando se aburra…

No terminó la frase.

No hizo falta.

Valentina tragó saliva.

Pero no apartó la mirada.

—No me va a pasar nada.

Santiago negó lentamente.

—Eso es lo que todos creen.

En ese momento…

Dante se levantó.

El movimiento fue suave.

Casi imperceptible.

Pero Valentina lo sintió.

No sabía cómo.

No sabía por qué.

Pero lo sintió.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente.

Giró la cabeza.

Y lo vio.

Ahí.

De pie.

Observándola.

El mundo se detuvo.

El aire desapareció.

Santiago siguió hablando.

Pero ya no lo escuchaba.

Porque Dante estaba caminando hacia ellos.

Paso firme.

Seguro.

Dueño del espacio.

Dueño de la situación.

Dueño de todo.

El corazón de Valentina empezó a latir con fuerza.

No sabía si era miedo.

O algo peor.

—Valentina, escuchame— —decía Santiago.

Pero ya era tarde.

Porque Dante llegó.

Se detuvo junto a la mesa.

Y la miró.

Solo a ella.

Como si Santiago no existiera.

—¿Te está molestando? —preguntó con calma.

El silencio explotó.

Santiago se quedó rígido.

Valentina no respondió.

No podía.

Dante apoyó una mano en el respaldo de su silla.

Cerca.

Demasiado.

—Te hice una pregunta.

Su voz fue más baja.

Más peligrosa.

Santiago se levantó de golpe.

—Esto no te incumbe.

Error.

El peor de todos.

Porque Dante giró la mirada hacia él.

Y lo que había en sus ojos…

No era enojo.

Era algo mucho más frío.

Más letal.

—Todo lo que tenga que ver con ella… me incumbe.

El aire se volvió hielo.

Valentina sintió el impacto en el pecho.

Santiago apretó los puños.

—No es tuya.

Silencio.

Uno largo.

Pesado.

Dante volvió a mirarla a ella.

Y sonrió apenas.

Esa sonrisa.

Oscura.

Peligrosa.

Definitiva.

—Todavía no.

El corazón de Valentina se detuvo un segundo.

Y en ese instante…

Entendió.

Esto ya no era un problema.

No era un error.

No era algo pasajero.

Era el inicio de algo mucho más grande.

Mucho más peligroso.

Mucho más intenso.

Porque ahora, no estaba entre dos hombres.

Estaba en el centro de una guerra.

Y Dante Moretti, acababa de declararla.

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