COMPLETA
Mudarse parecía la única salida.
Para Andrés, Lili y su hijo Santiago, dejar la ciudad no fue una decisión… fue una necesidad. Una casa barata en un pueblo olvidado les ofrecía algo que ya no tenían: tranquilidad.
Y al principio, eso fue exactamente lo que encontraron.
Silencio. Calma. Espacio para empezar de nuevo.
Pero hay silencios que no son normales.
Y hay lugares donde la oscuridad no solo oculta… sino que observa.
Cuando cae la noche, la casa cambia.
Los rincones se vuelven más profundos. Los pasillos más largos. Y lo que no se ve… comienza a sentirse.
No hay monstruos.
No hay presencias.
Solo algo mucho más peligroso:
La mente.
Porque en la oscuridad, cada pensamiento toma forma…
y lo que imaginas… puede volverse real.
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Capítulo 5 – Lo que solo él vio
El pueblo no cambió al día siguiente. Las casas seguían en su lugar, las calles permanecían vacías y los ancianos continuaban observando con esas sonrisas que ya nadie en la familia podía ignorar del todo. Pero algo dentro de ellos sí había cambiado. No era algo que se pudiera señalar con claridad, ni algo que se pudiera explicar con lógica. Era más bien una sensación constante, como una idea que se repetía en el fondo de la mente sin llegar a tomar forma completa.
Después de la historia de la anciana, el silencio se volvió más difícil de soportar. Antes era solo incómodo; ahora parecía tener significado. Como si ocultara algo que estaba demasiado cerca de ser entendido.
Santiago fue quien lo sintió con más fuerza.
Esa tarde decidió salir solo. No pidió permiso, no avisó realmente. Simplemente caminó hacia la puerta, la abrió y salió. No quería pensar demasiado en lo que hacía. Si lo hacía, probablemente no saldría. Y quedarse dentro de la casa tampoco era mejor.
El aire afuera se sentía pesado, igual que el día anterior. No era algo físico, no era que faltara oxígeno, pero respirar no se sentía igual. Caminó sin rumbo claro, evitando mirar directamente a las personas que estaban afuera. Aun así, podía sentir sus miradas. Y sus sonrisas.
No cambian.
El pensamiento apareció sin que él lo buscara. Era cierto. Ya no era una sospecha. Era algo evidente. Las sonrisas no cambiaban nunca. No reaccionaban. No se movían como deberían. Eran como algo puesto en sus rostros, algo que no les pertenecía del todo.
Santiago apretó los labios y caminó más rápido. Doblar en otra calle pareció buena idea, como si cambiar de dirección pudiera cambiar también lo que sentía. Pero no funcionó.
Fue entonces cuando se detuvo.
No supo por qué. Su cuerpo reaccionó antes que su mente, como si algo lo hubiera obligado a hacerlo.
Había alguien ahí.
Al otro lado de la calle.
Una figura pequeña, inmóvil.
Parecía una niña.
Santiago entrecerró los ojos, tratando de enfocar mejor. El aire alrededor se sintió aún más pesado, como si todo se hubiera vuelto más lento de repente.
La niña no se movía. No saludaba. No hacía nada.
Solo estaba ahí.
Su cabello era negro, pero no como cualquier negro. No reflejaba la luz. No tenía brillo. Era profundo, como si absorbiera todo lo que lo rodeaba. Como si no fuera simplemente cabello, sino algo más.
Su piel contrastaba de forma extraña. Pálida, casi luminosa, como si la luz se aferrara a ella de una manera que no era natural. Y sus ojos…
Santiago sintió un vacío en el pecho.
No parecían ojos normales. No tenían ese reflejo leve que tienen los ojos humanos. Eran profundos, demasiado oscuros, como si no terminaran. Como si mirar dentro de ellos fuera caer en algo sin fondo.
Quiso apartar la mirada.
Pero no pudo.
La niña inclinó ligeramente la cabeza, apenas un movimiento, pero suficiente para que un escalofrío recorriera todo su cuerpo.
Y entonces ocurrió.
No vio a la otra llegar.
Simplemente… ya estaba ahí.
A su lado.
Otra niña.
El contraste era inmediato, pero igual de perturbador.
Su cabello era rojizo, pero oscuro, como si el color hubiera sido más vivo alguna vez y se hubiera apagado con el tiempo. Su piel no era clara ni completamente oscura, sino algo intermedio, extraño, como si no perteneciera del todo a ninguna de las dos.
Pero lo que más destacaba era su sonrisa.
No era como las del pueblo.
No era vacía.
Era consciente.
Intencional.
Como si supiera algo que él no.
Santiago bajó la mirada sin querer.
Y entonces lo vio.
Su estómago no era normal. No estaba plano, ni simplemente abultado. Había algo en él… formas. Siluetas. Como si algo se moviera bajo la piel, lentamente, deformando apenas la superficie.
Sintió que el aire le faltaba por un segundo.
Retrocedió un paso.
La niña de cabello negro no dejó de mirarlo.
La otra sonrió un poco más.
Y entonces… Santiago sintió algo en su mente.
No fue una voz.
No exactamente.
Fue una idea.
Clara.
Directa.
Como si no fuera suya.
“Mírala.”
Su cuerpo reaccionó antes de que pudiera resistirse. Levantó la vista otra vez, directo hacia la niña de cabello negro.
Seguía ahí.
Observándolo.
Sin moverse.
Sin parpadear.
La otra niña giró ligeramente la cabeza hacia ella, como si la presentara sin necesidad de palabras.
Y en ese momento, Santiago entendió algo.
No porque alguien se lo dijera.
Sino porque lo sintió.
No estaban separadas.
No eran dos cosas distintas.
Había algo que las conectaba de una forma que su mente no podía explicar.
Otra idea cruzó su mente, más débil, más… inquietante.
“Te la presento…”
Santiago dio otro paso atrás.
—No… —susurró.
Parpadeó.
Y todo desapareció.
La calle estaba vacía.
Silenciosa.
Normal.
Como si nada hubiera pasado.
Pero su cuerpo no reaccionó como si fuera así. Su corazón seguía acelerado, su respiración irregular.
Se quedó quieto unos segundos, tratando de entender.
¿Lo había imaginado?
¿Todo?
No podía asegurarlo.
Y eso era lo peor.
Porque se había sentido demasiado real.
Demasiado claro.
Regresó a la casa sin mirar atrás.
Esa noche, no dijo nada.
Se sentó a la mesa con sus padres. Comió en silencio, escuchando una conversación que sonaba normal, pero que no lograba seguir realmente. Todo parecía igual que antes… pero no lo era.
Porque ahora había algo más.
Algo que no podía ignorar.
Levantó la mirada por un instante.
Y vio a su madre.
Lili estaba mirando hacia una esquina de la casa.
Su expresión no era tranquila.
No era normal.
Era… tensa.
Como si estuviera viendo algo que no quería ver.
Santiago sintió un frío recorrerle el cuerpo.
Pero Lili no dijo nada.
No reaccionó.
Solo bajó la mirada segundos después, como si nada hubiera pasado.
Andrés siguió hablando.
Como si no hubiera notado nada.
Como si todo estuviera bien.
Pero no lo estaba.
Porque en ese momento, los tres compartieron algo sin decirlo.
No estaban viendo lo mismo.
Pero ya no podían negar una cosa.
Algo estaba pasando.
Y esta vez…
no parecía solo imaginación.