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Marcada Por El Pecado

Marcada Por El Pecado

Status: En proceso
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Romance oscuro
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Naimastran

Valentina descubre que su novio no solo le es infiel, sino que forma parte de la mafia. Lo que no esperaba era cruzarse con Dante Moretti, un hombre tan peligroso como irresistible, que decide convertirla en su obsesión. Atrapada entre traición, poder y deseo, Valentina deberá sobrevivir en un mundo donde amar puede ser la peor condena.

NovelToon tiene autorización de Naimastran para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

3

El aire se volvió irrespirable.

Valentina no se movía.

No podía.

Su cuerpo estaba rígido, tenso, como si cada músculo hubiese decidido congelarse al mismo tiempo. Frente a ella, dentro de su propio departamento, estaba él.

Dante Moretti.

No era una ilusión.

No era una pesadilla.

Era real.

Demasiado real.

—¿Cómo entraste…? —preguntó finalmente, con la voz apenas firme.

Error.

Porque en cuanto habló, sintió cómo su control se resquebrajaba.

Dante ladeó apenas la cabeza, observándola con esa calma perturbadora que parecía no alterarse nunca.

—¿Eso es lo que más te preocupa?

Su tono no era burlón.

Era peor.

Era genuinamente curioso.

Como si realmente le interesara entender cómo funcionaba su mente.

Valentina apretó los labios.

—Es mi casa.

—Ahora sí —respondió él, dando un paso más hacia adelante—. Pero la seguridad… deja bastante que desear.

Su mirada recorrió el lugar con desinterés.

Evaluando.

Midiendo.

Dominando.

Valentina sintió una punzada en el pecho.

—No tenés derecho a estar acá.

Dante sonrió apenas.

Esa sonrisa que no era sonrisa.

—Eso no es verdad.

Otro paso.

Más cerca.

—Tengo todo el derecho.

—¿Quién te creés que sos? —disparó ella, aunque su voz tembló al final.

Silencio.

Pesado.

Denso.

Dante se detuvo a apenas un metro de ella.

Y cuando habló…

Su voz fue más baja.

Más grave.

Más peligrosa.

—Soy el tipo de hombre al que no le hacen esa pregunta.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Pero esta vez…

Valentina no retrocedió.

Y eso…

Eso cambió algo.

Muy leve.

Pero suficiente.

Porque los ojos de Dante brillaron con algo nuevo.

Interés.

Oscuro.

Profundo.

—Andate —dijo ella, más firme esta vez—. No quiero verte.

Mentira.

No toda.

Pero tampoco completa.

Porque una parte de ella… no podía dejar de mirarlo.

No podía dejar de sentir esa tensión extraña que vibraba entre los dos.

Dante lo notó.

Claro que lo notó.

—No —respondió simplemente.

El silencio volvió a caer.

—¿No? —repitió ella, incrédula.

—No.

Otro paso.

Ahora estaba demasiado cerca.

Valentina sintió su respiración alterarse.

El espacio entre ellos desaparecía.

—No te voy a dejar sola —continuó él.

Ella soltó una risa seca.

—¿Y eso se supone que me tranquiliza?

—No —dijo él—. Se supone que te haga entender.

—¿Entender qué?

Dante la miró fijamente.

Sin pestañear.

Sin moverse.

—Que esto no terminó.

El corazón de Valentina golpeó con fuerza.

—No hay un “esto” —respondió rápido—. Yo no tengo nada que ver con vos.

Otra vez…

Error.

Porque Dante inclinó apenas la cabeza.

Y su voz bajó un nivel más.

—Lo tenés todo que ver.

El silencio volvió a romperse dentro de ella.

Valentina negó.

—Te equivocás.

—No —dijo él, con una seguridad absoluta—. Nunca me equivoco.

Su mano se alzó lentamente.

Valentina contuvo el aliento.

No sabía si iba a tocarla.

No sabía si quería que lo hiciera.

Pero no retrocedió.

No esta vez.

Los dedos de Dante rozaron un mechón de su cabello, húmedo aún por la lluvia del día anterior. Lo sostuvo un segundo.

Demasiado tiempo.

Demasiado íntimo.

—Entraste a un lugar donde nadie entra —murmuró.

Su pulgar rozó apenas su mejilla.

Fuego.

Puro fuego.

—Viste cosas que nadie ve.

El corazón de Valentina latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo.

—Y ahora… —continuó Dante, acercándose apenas un poco más— sos parte.

—No —susurró ella, casi sin voz.

Pero no se apartó.

—Sí —respondió él—. Aunque no quieras.

El sonido del teléfono rompiendo el silencio fue como un disparo.

Valentina se sobresaltó.

Dante no.

Sus ojos se movieron apenas hacia el celular sobre la mesa.

La pantalla brillaba.

Santiago.

El nombre quedó flotando en el aire.

Valentina dudó.

Un segundo.

Dos.

—Atendé —dijo Dante.

No fue una sugerencia.

Fue una orden.

—No quiero hablar con él.

—No es por lo que vos querés —respondió con calma—. Es por lo que yo necesito.

Ella lo miró, confundida.

—¿Qué…?

—Atendé.

Su tono no dejó lugar a discusión.

Valentina tragó saliva.

Caminó hacia el teléfono.

Cada paso se sentía pesado.

Lo tomó.

Sus manos temblaban.

Dante se movió detrás de ella.

Cerca.

Demasiado.

Podía sentir su presencia sin tocarla.

Podía sentir su control.

Atendió.

—¿Hola…?

—Valentina —la voz de Santiago sonó desesperada—. ¿Estás bien? Necesito verte.

Ella cerró los ojos un segundo.

Todo lo que había pasado volvió como un golpe.

—No.

—Escuchame, lo que viste no es lo que parece—

Valentina soltó una risa amarga.

—¿En serio?

—No puedo explicarlo por teléfono. Por favor, necesito hablar con vos.

Dante observaba.

En silencio.

Pero su mirada…

Su mirada lo decía todo.

—No tengo nada que hablar con vos —respondió ella.

—Sí lo tenés —insistió Santiago—. Porque si no me escuchás… vas a terminar metida en algo que no entendés.

El aire se tensó.

Dante se acercó un poco más.

Lo suficiente para que su voz rozara el oído de Valentina.

—Decile que sí.

Un susurro.

Pero cargado de intención.

Valentina dudó.

—¿Dónde? —preguntó finalmente.

Silencio al otro lado.

Luego:

—Mañana. A las ocho. En el café de siempre.

Valentina no respondió de inmediato.

Miró hacia adelante.

Pero sentía los ojos de Dante clavados en ella.

Esperando.

Exigiendo.

—Está bien.

Cortó.

El silencio volvió.

Pesado.

Dante sonrió.

—Bien.

Valentina giró hacia él de golpe.

—¿Qué estás haciendo?

—Solucionando un problema.

—¿Yo soy el problema?

—No —respondió él—. Sos la consecuencia.

Sus palabras le golpearon más fuerte de lo que esperaba.

—No voy a ir.

Dante alzó una ceja.

—Ya dijiste que sí.

—Puedo cambiar de opinión.

Silencio.

Un segundo.

Dos.

Y entonces…

Dante dio un paso más.

Invadiendo completamente su espacio.

—No —dijo, bajo—. No podés.

El corazón de Valentina se aceleró.

—¿Me vas a obligar?

Dante la miró.

Fijo.

Intenso.

Y por primera vez…

Hubo algo más.

Algo que no era solo control.

Algo más oscuro.

Más profundo.

—No —susurró.

Su mano subió lentamente hasta su cuello.

No apretó.

No hizo daño.

Pero la sostuvo.

Firme.

—Te voy a convencer.

El aire se volvió fuego.

Valentina tragó saliva.

—No me conocés.

—Lo suficiente —respondió él.

Su pulgar rozó apenas su piel.

—Sos fuerte.

—No.

—Sí.

Sus ojos no se apartaban de los de ella.

—Y eso es lo que me gusta.

El silencio explotó entre los dos.

—Estás enfermo —susurró ella.

Dante sonrió.

—Puede ser.

Se inclinó apenas.

Demasiado cerca.

Sus labios quedaron a milímetros.

—Pero no soy el único que lo siente.

El mundo se detuvo.

Valentina sintió el golpe en el pecho.

—No sabés lo que decís.

—Sí sé.

Su voz fue un susurro contra su piel.

—Lo vi en tus ojos.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Y entonces…

Se apartó.

Como si nada.

Como si no acabara de sacudirle todo el mundo.

—Mañana vas a ir —dijo, volviendo a su tono normal—. Vas a escucharlo.

—¿Y vos?

Dante caminó hacia la puerta.

Tranquilo.

Seguro.

Como si siempre tuviera el control.

—Yo siempre estoy.

Se detuvo antes de salir.

La miró una vez más.

Esa mirada.

Esa que quemaba.

—No te olvides de eso.

Y se fue.

El silencio que dejó atrás fue peor que su presencia.

Valentina se quedó inmóvil en el centro del departamento.

Respirando.

Intentando procesar.

Intentando entender.

Pero no podía.

Porque algo había cambiado.

Dentro de ella.

Algo que no podía negar.

Algo que no quería aceptar.

Se llevó una mano al pecho.

El corazón seguía acelerado.

Pero ya no era solo miedo.

Y eso…

Eso era lo más peligroso de todo.

Esa noche, mientras la ciudad dormía, Valentina no pudo cerrar los ojos.

Porque sabía que al día siguiente, nada iba a mejorar.

Todo iba a empeorar.

Porque ahora no solo estaba atrapada entre la verdad y la mentira.

Sino entre dos hombres.

Uno que la había destruido.

Y otro…

Que recién empezaba a hacerlo.

Y lo peor, era que no sabía cuál de los dos iba a romperla más

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