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Bennosuke El Eco Del Vacío

Bennosuke El Eco Del Vacío

Status: En proceso
Genre:Mitos y leyendas / Aventura
Popularitas:96
Nilai: 5
nombre de autor: Luis Torres

Seiscientos años de leyenda nos han contado la historia del invicto, del ronin que jamás perdió un duelo. Pero la historia olvidó mencionar la batalla número 62: la que Musashi libró cada noche contra su propia sombra.
Este libro no es una crónica de cortes y acero, sino el mapa de un laberinto mental. Descubre al hombre detrás del mito, aquel que comprendió que vencer a mil enemigos es insignificante comparado con la tarea de dominarse a uno mismo. Aquí no encontrarás al héroe de piedra, sino al ser humano que sangró en silencio, enfrentando demonios que ninguna katana podría cortar.

NovelToon tiene autorización de Luis Torres para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La Geografía del Vacío

De los diecisiete a los veintinueve años, la vida de Miyamoto Musashi no se midió en años, sino en leguas de camino y en el número de hombres que dejó pudriéndose bajo el sol. No tuvo casa, ni señor, ni un techo que no fuera el entramado de ramas de algún bosque olvidado. Sus sandalias de paja se deshacían contra las piedras de los senderos de montaña, y sus pies, callosos y deformes, aprendieron a leer el terreno mejor que sus ojos.

Japón, según decían los pregoneros en las ciudades, vivía la Paz de Tokugawa. Una paz de hierro, donde los castillos se alzaban sobre los huesos de Sekigahara y la ley del Shogun intentaba domesticar a una casta guerrera que ya no tenía batallas que pelear. Pero los caminos seguían siendo salvajes. En las rutas hacia Edo o Kioto, todavía acechaban hombres con hambre de nombre, samuráis sin amo que buscaban recuperar su estatus a través de la punta de una espada.

Musashi no buscaba los duelos; al menos, eso se decía a sí mismo. Pero su sola presencia era un desafío. El chico sarnoso de Harima se había convertido en una leyenda urbana, un rumor que corría por las tabernas: el joven que masacró a un maestro con un palo de madera. Los retos le llovían en los campos de arroz, en los patios de los templos zen y en las puertas grasientas de los burdeles de mala muerte. Él aceptaba siempre. No por honor, sino porque el combate era el único lenguaje en el que no tartamudeaba.

...El Peso de los Muertos...

Aprendió pronto una verdad amarga: matar era la parte fácil. Un golpe bien colocado, una rotura de hueso, el silencio repentino de un pulmón perforado. Lo difícil era el minuto después, cuando la adrenalina bajaba y el mundo volvía a su quietud indiferente.

A los dieciséis, en un bosque de pinos, mató a Tadashima Akiyama. Ambos tenían la misma edad, ambos eran perros hambrientos. El combate fue sucio. Akiyama resbaló en una raíz húmeda y Musashi, sin dudarlo, le hundió el cráneo con una piedra del tamaño de un puño. No hubo elegancia, solo la supervivencia del más rápido.

A los diecisiete, en las calles de Kioto, un maestro de lanza intentó mantenerlo a raya. Musashi no respetó las distancias. Se metió dentro del círculo de la lanza, sintiendo el aire del arma rozarle la oreja, y le quebró la tráquea al hombre con un golpe seco de su codo. Vio al maestro ahogarse con su propia lengua, una imagen que lo acompañaría en sus fiebres nocturnas.

Pero el punto de quiebre llegó a los veintiuno, contra la escuela Yoshioka. No fue un duelo, fue una cacería. Los Yoshioka representaban la tradición, la elegancia de la capital. Musashi los representaba a ellos como la decadencia. Los fue eliminando uno a uno, desgastando su orgullo hasta que solo quedó el último heredero: Yoshioka Matashichiro.

El "maestro" de la escuela era un niño de trece años, rodeado de guardaespaldas que temblaban ante la sombra de Musashi. En un pinar bajo la luz de la luna, Musashi se abrió paso entre la escolta y alcanzó al chico. Un solo golpe de su bokken fue suficiente. El sonido del cuello del niño al romperse fue idéntico al de Arima Kihei, pero el efecto en el alma de Musashi fue distinto.

Después del golpe, se alejó del grupo que gritaba y vomitó en la maleza. No era el asco por la sangre; era el asco por la repetición. Matashichiro tenía la edad que él tenía cuando su padre lo abandonó. En ese momento, el vacío no fue un concepto poético, sino un abismo físico que se le abrió en el estómago.

...El Mendigo de la Espada...

Entre duelo y duelo, solo quedaba el vacío. Musashi se convirtió en una sombra que recorría el archipiélago. Dormía en templos abandonados donde los zorros eran sus únicos compañeros. Comía lo que podía robar o lo que algún campesino le ofrecía por lástima, viendo en él no a un guerrero, sino a un mendigo loco.

Su aspecto era el de una pesadilla. Nunca se bañaba, temiendo que el momento de vulnerabilidad fuera aprovechado por un enemigo. No se cortaba el pelo, que se enredaba como un nido de cuervos sobre su cabeza. Su piel seguía siendo su mayor enemigo: roja, escamosa, siempre en carne viva, recordándole que seguía siendo el "niño demonio".

Una tarde, cerca de Nara, una anciana le ofreció un cuenco de arroz caliente frente a una pequeña choza. Musashi lo tomó con manos temblorosas, el vapor del arroz acariciándole el rostro sucio.

—¿Por qué peleas tanto, chico? —preguntó la mujer, con una voz suave que no juzgaba—. Llevas la muerte cosida a la ropa.

Musashi se detuvo, con los palillos a medio camino de la boca. La pregunta le dolió más que cualquier corte.

—Porque si no peleo... —dijo al fin, mirando el fondo del cuenco—, ¿quién soy? Fuera del duelo, solo soy costras y hambre. No sé ser otra cosa.

La mujer no contestó. Solo le sirvió más té, observando cómo aquel gigante de un metro ochenta comía con la desesperación de quien intenta llenar un pozo sin fondo.

...La Sombra de la Golondrina...

A los veintiocho años, la cuenta de muertos superaba los sesenta. Sesenta vidas apagadas por su mano. En las noches de insomnio, los contaba uno por uno, tratando de recordar sus rostros, pero todos se fundían en una sola máscara de sorpresa y dolor. No sentía orgullo. Sentía un cansancio que le nacía en la médula y se extendía hasta las puntas de sus dedos.

Fue entonces cuando el nombre de Sasaki Kojiro empezó a resonar en cada rincón de Japón. Lo llamaban "El Demonio de la Provincia Occidental". Decían que era todo lo que Musashi no era: elegante, hermoso, un aristócrata del acero. Su arma, el Monohoshizao ("El Palo de Secar Ropa"), era un nodachi de una longitud imposible, y su técnica, el Tsubame Gaeshi (el "Giro de la Golondrina"), se decía que podía cortar un pájaro en pleno vuelo.

Musashi escuchó las leyendas y, por primera vez en más de una década, sintió un chispazo en su pecho. No era la sed de fama. No era el deseo de probar que era el mejor. Era una pregunta existencial que le quemaba las entrañas desde la muerte de Arima Kihei:

"¿Y si pierdo?"

Había pasado doce años ganando, y cada victoria lo dejaba más vacío. Tal vez la derrota fuera la respuesta. Tal vez, si alguien lograba cortarlo, el espíritu que se rascaba por dentro finalmente encontraría la paz. Kojiro era la respuesta a ese enigma.

...La Noche en el Río...

Mandó el reto. La fecha se fijó para 1612, en una lengua de arena conocida como la isla de Ganryu.

La noche antes de la batalla definitiva, Musashi se arrodilló a la orilla de un río cercano al puerto. Se miró en el reflejo del agua estancada. Bajo la luz de la luna, vio a un hombre flaco, sucio, con el rostro marcado por la enfermedad y los ojos hundidos de quien ha visto demasiado. No vio al "Santo de la Espada" que las crónicas futuras describirían. Vio al niño de Harima que todavía sentía el aliento a sake de su padre y el grito roto de su madre.

Tocó el agua con un dedo y el reflejo se distorsionó, rompiéndose en mil pedazos de plata.

—Si mañana muero —susurró al río, mientras preparaba un remo de madera para convertirlo en su arma—, al menos el silencio será distinto. Ya no habrá nada que rascar.

Se acostó en el suelo, cerró los ojos y, por primera vez en veintinueve años, no durmió con un ojo abierto. Sabía que, pasara lo que pasara en la isla, el Bennosuke que conocía el dolor estaba a punto de terminar su viaje.

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Bibi Ortega
mucho éxito con tu obra
Luis Torres: ¡Muchas gracias!
total 1 replies
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