⚠️🔞El duque Marek Kizilbash gobierna un territorio sitiado por la peste y las bestias. Dispuesto a todo para salvar a su pueblo, compra en el mercado negro a Naim, un peligroso y orgulloso licántropo de pura sangre.
Lo que el duque ignora es que el contacto carnal despertará la magia ancestral del bosque, desatando un embarazo místico tan acelerado como violento. Atado a Marek por una marca de sangre inquebrantable, el cuerpo trigueño del indomable shou se transformará para gestar al heredero de una nueva era.
Con el consejo de nobles traidores conspirando en las sombras y la Iglesia del Sur avanzando con carros de fuego para destruir la "abominación", Marek y Naim transformarán la torre del castillo en un santuario sagrado. Una historia de dominación absoluta, erotismo salvaje, masacres en las colinas y un amor que se bautizará con la sangre de sus enemigos. Esta novela es sucia y grotesca. Están advertidos.🔞⚠️
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Promesa de muerte
El Castillo de Alva apenas respiraba en calma cuando el peligro del sur volvió a tocar las fronteras. El invierno se negaba a marchar, cubriendo las murallas de un hielo grueso y opaco. Desde lo alto de la torre del homenaje, el capitán Gregor observaba con pánico las colinas del este a través de su catalejo de bronce. Las señales de humo no mentían.
La Iglesia del Sur no se había retirado. Habían regresado con el cardenal Silvano a la cabeza y una fuerza militar destructiva. En las faldas de la colina, tres estructuras monstruosas de madera negra y refuerzos de hierro dorado se abrían paso entre la nieve: los carros de fuego sagrado. Eran máquinas de asedio del Vaticano, diseñadas no para derribar muros, sino para incinerar reinos enteros. Sus calderas de cobre ya escupían un humo denso y amarillento, cargado de azufre y plata fundida que prometía derretir los cimientos de piedra y purificar el bosque con fuego eterno.
Dentro de la torre oeste, el ambiente era muy diferente, ajeno por unos instantes a la maquinaria de muerte exterior. Naim se encontraba en el centro del nido de telas y pieles. Apenas había pasado una semana desde el parto, pero el cachorro híbrido crecía a una velocidad que desafiaba toda lógica humana.
El bebé ya no parecía un recién nacido; tenía el tamaño de un niño de seis meses. Su cuerpo era robusto, de una piel trigueña impecable y un cabello oscuro y sedoso que caía sobre su frente. El niño permanecía sentado en las mantas, devorando la leche que brotaba del pecho de Naim. Su apetito era insaciable. Sus colmillos de leche ya eran afilados, y cada vez que succionaba, sus grandes ojos de color ámbar brillaban con una luz mágica dorada, idéntica a la de su madre.
Marek Kizilbash entró a los aposentos con paso firme, vistiendo su armadura de hierro negro incompleta. El duque se arrodilló al lado de la cama de pieles, con el rostro serio y cubierto de sudor por los entrenamientos en el patio. Miró al niño y luego a Naim, cuyo torso desnudo exhibía las marcas de pasión de las noches anteriores, mezcladas con el goteo dulce de su leche.
—Los carros de fuego ya están en las colinas —dijo Marek con su voz grave, pasando sus dedos grandes por la mejilla trigueña del lobo—. El cardenal Silvano planea disparar proyectiles de plata fundida contra esta torre antes del anochecer. Exigen vuestras cabezas.
Naim no mostró miedo. Retiró al bebé de su pecho con suavidad, limpiando la comisura de los labios del niño con su dedo. El cachorro dejó escapar un pequeño gruñido sordo, un sonido territorial que hizo vibrar el aire de la habitación.
—Esos humanos de la cruz no entienden nada —siseó Naim, con los ojos de oro encendidos—. Creen que su fuego puede purificar el bosque, pero solo van a despertar la furia de la tierra. Mira a tu hijo, Marek. Su flujo de energía ya no es el de un bebé común. Su magia de runas y mi sangre se están uniendo más rápido de lo que pensábamos.
En ese preciso instante, el cachorro híbrido extendió su mano derecha hacia la espada de plata que Marek había apoyado contra la mesa de roble. La marca de nacimiento en su palma, la runa de la espiral de color rojo encendido, comenzó a brillar con una intensidad cegadora.
Lo que ocurrió a continuación dejó a Marek e incluso a Naim impactados. La pesada espada de plata se elevó de la mesa por sí sola, flotando en el aire de la torre mientras una barrera de energía rojiza y dorada la envolvía por completo. El niño soltó una risa, una muestra de pura inocencia mezclada con un poder místico capaz de mover el hierro con la mente. El cachorro no solo controlaba la magia del bosque; la runa de la sangre de su padre latía de forma perfecta en sus venas.
—Está despertando su linaje —susurró Marek, maravillado, tomando la espada en el aire con su mano vendada antes de que el niño la soltara—. Tiene tu fuerza salvaje y mi control de las runas. No es una abominación, Naim. Es un dios de la frontera.
Pasaron los minutos en absoluto silencio mientras el humo de las calderas de la Iglesia comenzaba a oscurecer el cielo exterior. El licántropo ya lucía curado y lleno de una vitalidad renovada por la eyaculación del duque; sus manos y su cuello estaban limpios de cualquier fatiga.
—El nido está protegido —dijo Naim, tomando al bebé en sus brazos, quien dormía plácidamente tras haber absorbido la energía excedente —. Ahora vamos a destruir esos carros de fuego, Marek. Tú y yo limpiaremos las colinas del este.
Marek se arregló los pantalones de montar y su armadura de hierro negro completa, ajustando la espada de plata a su cinto. Su mirada oscura reflejaba una promesa de muerte.
—Gregor nos espera abajo con los barriles de brea —explicó el duque, abriendo la puerta de la torre—. La Iglesia del Sur aprenderá hoy que el fuego del Vaticano no puede quemar el linaje del norte.
El duque y la bestia bajaron las escaleras de caracol, listos para enfrentar la cruzada de fuego del cardenal Silvano con la fuerza combinada de sus runas de sangre, las garras del lobo y el despertar del cachorro híbrido que ya reclamaba su derecho a gobernar el bosque entero.