Alexa Hills desprecia a su jefe, el arrogante y poderoso Azkarion DArgent, casi tanto como a su asfixiante deuda. Sin embargo, cuando un oscuro incidente destruye su estabilidad, la renuncia parece su única salida... hasta que Azkarion le presenta una oferta imposible de rechazar.
A cambio de su libertad financiera, Alexa deberá firmar un contrato de matrimonio y entregarse al mundo de un hombre con obsesiones ocultas y una tentación secreta que roza lo prohibido. Atada por un papel y rodeada de lujos peligrosos, Alexa descubrirá que el mayor riesgo no es el contrato, sino sucumbir a los deseos irresistibles que su "esposo" despierta en ella.
NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 4
Al salir, me encontré con Marcus, el jefe de seguridad de la planta. Era un hombre amable que siempre me había tratado con respeto, pero hoy su mirada era diferente. Había una mezcla de lástima y advertencia en sus ojos.
—Ten cuidado, Alexa —susurró al pasar a mi lado—. He visto a muchas personas entrar en la órbita de DArgent. Ninguna sale siendo la misma.
Sus palabras se quedaron grabadas en mi mente mientras regresaba a mi escritorio. Sabía que tenía razón. Azkarion no era un hombre que compartiera su vida; él colonizaba la de los demás. Estaba absorbiendo mis horarios, mi espacio físico y, ahora, mi identidad social.
La tarde se alargó entre correos urgentes y preparativos para la mudanza. Azkarion me hizo revisar una lista de sus propiedades, indicándome cuál sería nuestra "casa de campo" y cuál el ático de la ciudad. Hablaba de millones como si fueran granos de arena, y cada vez que mencionaba un nuevo lujo, yo sentía que la brecha entre nosotros se hacía más profunda. Yo venía de un mundo donde el éxito se medía en llegar a fin de mes; él venía de un mundo donde el éxito se medía en cuántos competidores habías dejado en la ruina ese día
Cerca de las siete, cuando la oficina empezó a vaciarse, él salió de su despacho con el abrigo en la mano.
—Te llevo a tu casa. Necesitas empezar a empacar —dijo, sin darme opción a negarme.
El trayecto en su coche de lujo fue silencioso. El interior del vehículo olía a él, envolviéndome en una burbuja de opulencia que me resultaba extrañamente claustrofóbica. Observé su perfil mientras conducía; tenía una mandíbula cuadrada, siempre tensa, y unas pestañas largas que suavizaban por un segundo la dureza de su expresión. Era un hombre hermoso, de una manera peligrosa y afilada, como un arma de doble filo.
Cuando llegamos a mi modesto edificio de apartamentos, se detuvo pero no apagó el motor. Se quedó mirando la fachada desconchada con una expresión indescifrable.
—Mañana a las ocho vendrá un equipo a recoger tus cosas. No traigas nada innecesario. Te compraré ropa nueva —sentenció.
—Mis cosas no son innecesarias, Azkarion. Son mi vida —repliqué, sintiendo una chispa de rebeldía.
Él se giró hacia mí, y en la penumbra del coche, su mirada parecía de plata pura. Se acercó lentamente, acortando la distancia hasta que su aliento cálido golpeó mi mejilla. Estiré la mano para abrir la puerta, pero él fue más rápido y bloqueó el seguro.
—Tu vida anterior ha terminado, Alexa —susurró, y esta vez no hubo burla en su voz, sino algo parecido a una advertencia solemne—. Cuanto antes lo aceptes, menos te dolerá el proceso.
Se acercó un poco más, su nariz rozando la mía. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, una invitación silenciosa al desastre. Mis dedos se enterraron en la tapicería de cuero del asiento mientras él bajaba la mirada hacia mis labios. Hubo un segundo eterno en el que pensé que me besaría, y una parte de mí, una parte oscura y desconocida, lo deseaba desesperadamente. Deseaba que borrara la angustia con esa intensidad que solo él poseía.
Pero no lo hizo. Se apartó justo cuando mi respiración se rompió en un suspiro.
—Sube, Alexa. Tienes una familia a la que mentir y una maleta que llenar.
Salí del coche casi corriendo, con el aire frío golpeándome el rostro. No miré atrás hasta que estuve en el portal. Su coche seguía allí, una sombra negra bajo la luz mortecina de la calle, vigilando mi entrada como un guardián infernal.
Al entrar en mi apartamento, el contraste me golpeó como una bofetada. El olor a guiso de mi madre, los muebles gastados, las fotos familiares en las estanterías… todo parecía tan pequeño, tan frágil. ¿Cómo iba a meter mi vida en una maleta? ¿Cómo iba a mirar a mi madre a los ojos y decirle que me mudaba con el hombre que los había humillado indirectamente a través de sus empresas?
Me senté a la mesa con ellos esa noche. La comida se me hizo nudo en la garganta. Mi padre estaba de buen humor por primera vez en meses; le habían notificado que el embargo se había detenido por un "error administrativo". Yo sabía que no era un error. Era el poder de Azkarion moviendo los hilos de la realidad.
—Mamá, papá… tengo algo que decirles —empecé, jugando con el anillo que había ocultado bajo la manga de mi jersey—. En el trabajo me han ofrecido una promoción. Una de mucha responsabilidad.
Les conté la mentira que Azkarion había diseñado. Les dije que tendría que vivir en la residencia del presidente para gestionar crisis internacionales, que el sueldo cubriría todas nuestras necesidades y que sería una oportunidad única para mi carrera. Vi el orgullo en sus rostros, la esperanza renaciendo en sus ojos cansados, y sentí que una parte de mí se marchitaba por dentro. Estaba comprando su felicidad con mi propia libertad, y el peso de esa verdad era casi insoportable.
Más tarde, en la soledad de mi habitación, empecé a empacar. Metí mis libros favoritos, algunas fotos y la ropa que más me gustaba, aunque supiera que Azkarion probablemente la mandaría a la basura. Cada objeto que guardaba se sentía como un adiós.
A medianoche, mi teléfono vibró sobre la mesita de noche. Era un mensaje de un número desconocido.
"Espero que estés empacando, futura señora DArgent. No me gusta esperar."
No respondí. Lancé el teléfono sobre la cama y me asomé a la ventana. La ciudad brillaba a lo lejos, llena de luces y secretos. En algún lugar de esa selva de cristal, Azkarion estaba planeando nuestro siguiente movimiento, moviendo las piezas para la gala de mañana. Me toqué el dedo anular, sintiendo el frío del diamante. Ya no era Alexa Hills, la asistente que luchaba por sobrevivir. Ahora era una pieza en el tablero de un hombre que no conocía la derrota.
Me acosté, pero el sueño se me escapaba. Cada vez que cerraba los ojos, veía su mirada gris, sentía el rastro de sus dedos en mi mandíbula y escuchaba su voz prometiéndome que mi vida anterior había terminado. La oscuridad de la habitación parecía cobrar vida, envolviéndome en una promesa de lujo y peligro que me aterraba y me fascinaba a partes iguales. Mañana cruzaría el umbral de su mansión. Mañana empezaría la verdadera prueba. Mañana, el contrato dejaría de ser papel para convertirse en piel.