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Solo Es Mi Guarura

Solo Es Mi Guarura

Status: En proceso
Genre:CEO / Cambio de Imagen
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: Yurle

Isabella Anderson siempre ha tenido el control de su vida: su apellido, su posición y cada decisión que toma. Para ella, Nicolás era solo eso… su guarura. Alguien más en su mundo, alguien que debía mantenerse en su lugar. Nicolás Miller, en cambio, no encajaba en esa etiqueta. Seguro de sí mismo, reservado y con un mundo mucho más grande del que Isabella imaginaba, empezó a romper cada idea que ella tenía sobre él. Entre miradas que dicen más que las palabras, discusiones cargadas de orgullo y una tensión imposible de ignorar, ambos comienzan a cruzar una línea que nunca debió existir. Porque a veces, lo más peligroso no es lo que pasa… sino lo que empiezas a sentir por quien juraste no mirar. Y es ahí donde la verdad pesa más: nunca fue solo su guarura.

NovelToon tiene autorización de Yurle para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4 - ¿Tú no valoras tu vida?

—¿Y esta guachafita qué? —dice uno, mirándolos de arriba abajo—. ¿Qué hacen en esta zona, niños puppys?

—Oye, ¿qué te pasa? ¿Y ustedes quiénes son? —reclama Isabella, todavía con la mano en el rostro.

—¿En serio, princesita, quieres saber quiénes somos? —responde el tipo, sacando un arma.

A los tres se les borra la risa de golpe.

—Ay, Virgen del agarradero… agárrame a mí primero —grita Lucas, y sale corriendo por puro instinto.

Se escucha un disparo.

Todo pasa en segundos.

Mientras tanto, Rubén

Decidí continuar con la vigilancia de la señorita Isabella. No pude ingresar al restaurante porque era área VIP y solo se entraba con reserva, así que esperé afuera.

Cuando salió, la seguí. De pronto entró a un callejón y no volvió a salir. Esperé un momento. Nada. Dos minutos después me bajé del carro. No había otros vehículos, así que debía ser cuidadoso.

Desde lejos vi una discusión. Reconocí el auto de Isabella, pero no lograba verla bien. Entonces escuché una cachetada… y aparecieron varios hombres.

Ahí ya no dudé.

—¿Qué pasa aquí? —dice Rubén, acercándose con paso firme.

—No se metan con ella —continúa—. Viene conmigo. Y no piensen hacerle daño.

—¿Ah sí? ¿Y quién eres tú para impedírmelo? —responde uno, apuntándole.

Rubén actúa rápido. Un disparo certero al brazo del sujeto hace que el arma caiga al suelo. El hombre grita.

—¡Maldito! ¡Acaba con él! —le dice a su compañero.

Rubén vuelve a apuntarles.

—Ni se les ocurra. Ya llamé a la policía y todo está grabado. Lárguense.

El segundo tipo duda un segundo… y lo jala.

—Vámonos —le dice—, esto no vale la pena.

Y se van.

El silencio vuelve a caer sobre el callejón.

—Dios… de otra nos salvamos —dice Lucas, respirando hondo.

Isabella clava la mirada en Rubén.

—Tú eres el escolta que me puso mi papá, ¿no es cierto?

—No, señorita —responde él, serio—. No sé de qué habla. Pasaba por aquí, vi la situación y decidí colaborar.

—No mientas —le dice Isabella, hirviendo—. ¡Sí eres tú! Y ahora mismo voy a reclamarle a mi padre.

Sin esperar respuesta, les hace una seña a Lucas y a Luisa para que la sigan. Se sube al auto y se va directo a su casa. Ya es de noche, alrededor de las siete.

En la mansión Miller

—¿Dónde estará Bella? —pregunta Tomás, inquieto—. Nada que llega.

—Debe estar con Lucia y Lucas —responde Sara—. Tenían días sin verse.

No alcanza a terminar la frase cuando se escucha un portazo y gritos desde la entrada.

—¡Yo sabía! ¡Lo sabía! —grita Isabella—. ¡Me colocaste escolta! ¡Mamá, y tú me mentiste!

—Oye, Isa, cálmate —dice Sara, levantándose—. ¿Por qué vienes tan alterada, nena? ¿Qué pasó?

—¿Cómo que qué pasó, papá? —responde Isabella, fuera de sí—. Te dije que no quería un guarura detrás de mí y aun así lo hiciste. Por eso estabas tan tranquilo, por eso me dejaste salir como si nada. ¡Me mintieron!

—Isabella, te calmas —dice Tomás, serio—. Ya estás grande para estos berrinches. Es por tu bien. Lo único que nos importa es que estés viva y segura.

Isabella aprieta los puños, furiosa.

—Isa, amiga —interviene Lucas—, la verdad es que gracias a él la situación no pasó a mayores.

—¿Qué situación? —pregunta Sara, alarmada—. Isabella… ¿qué te pasó en el rostro?

—Nada, mamá, nada —responde ella rápido—. Y ustedes no dirán nada. Los veo luego.

Sube corriendo a su habitación.

—¡Isabella! ¡Isabella, ven acá! —grita Tomás, pero la puerta ya se cerró.

—¿Qué pasó? —pregunta Sara a Lucas y Luisa, muy preocupada.

—Señora Sara, usted sabe cómo es Isabella —responde Lucas—. Si le contamos, nos deja de hablar. Mejor pregúntenle al escolta, él sabe mejor lo que pasó. Con permiso.

Lucas y Luisa se marchan.

—Tomás, llama a Rubén —dice Sara.

Justo en ese momento, Rubén está entrando a la casa.

—Dime, Rubén —dice Tomás—. ¿Qué sucedió?

Rubén relata todo con calma. Al final, admite que será complicado seguir con el trabajo y que hablará con su jefe para ver cómo proceder.

Luego se retira.

Tomás y Sara suben a la habitación de Isabella.

—Isabella —dice Tomás, intentando controlar su voz—. Dime algo… ¿tú no valoras tu vida?

Silencio.

—Isabella, te estoy hablando.

—Papá, déjame en paz —responde ella desde la cama—. No quiero saber nada de ustedes. Déjenme sola.

—¿Qué carajos crees que estás haciendo con tu vida? —dice Tomás, perdiendo la paciencia—. Estuviste en una situación delicada. Si Rubén no llega, ni siquiera quiero imaginar qué habría pasado.

—Lucia y Lucas te contaron, ¿no? —responde Isabella—. Par de chismosos.

—Ellos siempre te guardan lealtad —dice Sara—. Rubén fue quien contó todo.

—¿Qué carajos crees que haces, Isabella? —grita Tomás, haciendo que ambas mujeres se sobresalten—. Me estoy cansando de tus rebeldías y de que no valores tu vida. No vas a salir de esta casa hasta que yo lo diga.

—Ay, papá, no seas ridículo.

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