Valentina descubre que su novio no solo le es infiel, sino que forma parte de la mafia. Lo que no esperaba era cruzarse con Dante Moretti, un hombre tan peligroso como irresistible, que decide convertirla en su obsesión. Atrapada entre traición, poder y deseo, Valentina deberá sobrevivir en un mundo donde amar puede ser la peor condena.
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23
La convivencia comenzó a adquirir una forma más compleja a medida que las horas dentro de aquella casa aislada se convertían en días difíciles de distinguir entre sí, porque el tiempo ahí no avanzaba mediante rutinas normales ni por acontecimientos externos, sino por pequeños cambios casi imperceptibles que lentamente alteraban la distancia entre ellos, y Valentina empezó a notarlo en detalles que al principio parecían insignificantes, en cómo ya podía reconocer el sonido exacto de los pasos de Dante dependiendo de su estado de ánimo, en la manera en que el silencio entre ambos dejaba de ser incómodo en ciertos momentos para transformarse en algo extrañamente estable, en cómo su presencia constante ya no le generaba únicamente tensión sino también una sensación contradictoria de seguridad que la inquietaba más de lo que estaba dispuesta a admitir, porque aceptar eso significaba aceptar hasta qué punto él había empezado a ocupar espacio dentro de su cabeza, dentro de sus emociones, dentro de una rutina que nunca quiso construir pero que ahora existía de todas formas, y lo peor era que cuanto más consciente se volvía de ello, más difícil le resultaba imaginar cómo sería volver atrás, cómo sería regresar a una vida donde Dante no estuviera ocupando cada pensamiento, cada reacción, cada momento de incertidumbre.
Esa mañana el clima había cambiado, el viento golpeaba las ventanas con fuerza y el cielo gris volvía todavía más pesado el ambiente dentro de la casa, como si incluso el exterior estuviera alineado con la tensión constante que los rodeaba, y Valentina permanecía sentada cerca de una de las ventanas observando el paisaje inmóvil mientras intentaba leer algo que había encontrado en uno de los estantes, aunque llevaba varios minutos pasando la vista por las mismas líneas sin realmente procesarlas, demasiado atrapada en sus propios pensamientos, demasiado consciente de la presencia de Dante moviéndose detrás de ella, porque incluso sin mirarlo sabía exactamente dónde estaba, podía sentirlo de una forma casi irritante, como si su cuerpo hubiera aprendido a reaccionar automáticamente a él, y esa realidad era precisamente la que intentaba ignorar sin demasiado éxito.
Dante hablaba por teléfono en voz baja desde el otro lado de la habitación, pero aunque no lograba escuchar cada palabra, sí podía percibir el tono firme y controlado con el que manejaba la conversación, ese mismo tono que siempre aparecía cuando trataba asuntos relacionados con aquello que seguía ocultándole parcialmente, y por más que hubiera aprendido a convivir con las zonas oscuras que lo rodeaban, todavía había momentos en los que esa parte de él volvía a recordarle que estaba lidiando con alguien que pertenecía a un mundo completamente distinto al suyo, alguien acostumbrado a tomar decisiones peligrosas sin vacilar, alguien que parecía vivir constantemente preparado para la violencia aunque rara vez la mostrara de forma abierta.
—No me importa cuánto cueste, encontralo antes que ellos —dijo Dante finalmente, y aunque su voz no se elevó, la firmeza detrás de esas palabras bastó para hacer que Valentina levantara la vista de inmediato.
El silencio posterior fue corto, apenas unos segundos antes de que él cortara la llamada y guardara el teléfono, pero algo en la tensión de su postura permaneció intacto, algo que hizo que el ambiente volviera a sentirse más frío incluso dentro de la casa.
Valentina dejó el libro a un lado lentamente.
—¿Qué pasó ahora?
Dante no respondió enseguida, y esa demora fue suficiente para que ella sintiera cómo la inquietud empezaba a crecerle en el pecho otra vez, porque había aprendido que los silencios de él nunca eran vacíos, siempre significaban algo, siempre ocultaban información que estaba evaluando antes de decidir cuánto compartir.
—Se están moviendo más rápido de lo esperado —murmuró finalmente.
La frase cayó pesada entre ambos.
Valentina frunció levemente el ceño.
—¿Quiénes exactamente?
Dante la miró entonces, y por un segundo ella creyó que no iba a responder, que volvería a encerrarse detrás de ese muro de control que tanto odiaba y al mismo tiempo comenzaba a entender, pero esta vez ocurrió algo distinto.
—La familia Belmonte.
El nombre no significó nada para ella de inmediato, pero la forma en que él lo pronunció sí, porque había algo oscuro detrás de esas palabras, algo que cargaba historia, resentimiento, conflicto viejo y todavía abierto.
—¿Y qué quieren conmigo?
La pregunta salió más rápida de lo que pretendía, cargada de una tensión que ya no podía ocultar.
Dante sostuvo su mirada unos segundos antes de responder.
—Llegar a mí.
El impacto fue inmediato.
Simple.
Brutal.
Porque aunque en el fondo ya sospechaba algo así, escucharlo directamente fue distinto, más real, más difícil de ignorar, y durante unos segundos sintió cómo el aire parecía quedarse detenido dentro de sus pulmones mientras intentaba procesar lo que eso implicaba realmente.
—Entonces esto es mi culpa también —murmuró, más para sí misma que para él.
La expresión de Dante cambió apenas.
Muy poco.
Pero suficiente.
—No.
La respuesta fue inmediata.
Definitiva.
Valentina soltó una pequeña risa amarga, negando con la cabeza mientras apartaba la mirada hacia la ventana otra vez.
—Estoy acá encerrada porque alguien quiere usarme para destruirte, Dante. Claro que tiene que ver conmigo.
El silencio volvió a instalarse, más denso esta vez, y cuando Dante se acercó, ella no lo escuchó venir, solo sintió su presencia deteniéndose cerca, demasiado cerca, envolviendo otra vez todo el espacio a su alrededor de esa intensidad constante que parecía perseguirla incluso cuando intentaba pensar con claridad.
—Ellos ya tenían motivos antes de vos —dijo finalmente—. Lo único que cambió es que ahora creen que encontraron un punto débil.
La frase golpeó distinto.
Porque no solo hablaba del peligro.
Hablaba de ella.
De lo que significaba para él.
Valentina levantó la mirada lentamente, encontrándose otra vez con esos ojos oscuros donde siempre parecía haber demasiadas cosas ocurriendo al mismo tiempo, demasiada calma y demasiada violencia contenida coexistiendo en un equilibrio inquietante.
—¿Y lo encontraron? —preguntó casi en un susurro.
Dante no respondió enseguida.
Pero esta vez el silencio no fue evasivo.
Fue honesto.
Y eso fue peor.
Porque ella entendió la respuesta antes de escucharla.
—Sí.
El aire pareció volverse más pesado inmediatamente después de esa confesión, como si el espacio entre ambos se redujera todavía más, como si ya no existiera ninguna barrera real capaz de protegerlos de lo que estaba pasando, y Valentina sintió algo extraño atravesarle el pecho, algo que no era exactamente miedo ni alivio, sino una mezcla peligrosa de ambas cosas, porque una parte de ella sabía que debería alarmarse por lo que acababa de escuchar, debería usarlo como una señal definitiva para alejarse emocionalmente antes de que fuera demasiado tarde, pero otra parte, una mucho más débil y mucho más sincera, reaccionó de otra forma al descubrir que alguien como Dante pudiera considerar a otra persona un punto débil.
Él levantó una mano lentamente, acomodando un mechón de cabello detrás de su oreja con una suavidad que contrastaba demasiado con todo lo demás que lo rodeaba, y ese gesto sencillo terminó resultando más intenso que cualquier otra cosa, porque era precisamente esa dualidad lo que más la desarmaba, la facilidad con la que podía pasar de ser alguien completamente frío y peligroso a mirarla de esa manera, como si ella fuera lo único capaz de romper el control absoluto que imponía sobre todo lo demás.
—Por eso tenés que quedarte cerca mío —murmuró.
Valentina cerró los ojos apenas un segundo.
Porque ya no sabía si aquello era una advertencia o una confesión.
¿Lo peor? Era que empezaban a sentirse exactamente iguales.
El silencio volvió a envolverlos, pero esta vez ya no parecía vacío ni incómodo, sino cargado de algo más íntimo, más profundo, algo que seguía creciendo entre ellos incluso en medio del peligro constante, incluso dentro de aquel encierro donde cada emoción parecía amplificarse hasta volverse imposible de ignorar.
Y mientras la tormenta golpeaba las ventanas afuera, Valentina entendió algo que la aterrorizó más que cualquier amenaza externa.
Ya no sabía dónde terminaba el miedo o dónde empezaba todo lo demás.