La vida nunca fue fácil para Verónica Castillo. Desde niña aprendió a crecer entre ausencias y silencios, creyendo que algún día el amor le daría el hogar que siempre soñó. Por eso, cuando decidió formar una familia con Héctor, pensó que por fin había encontrado su lugar en el mundo.
Pero los sueños también pueden romperse.
Entre infidelidades, desprecios y promesas vacías, Verónica terminó atrapada en una vida donde el amor dejó de existir. Hasta que una noche, cansada de las heridas y pensando en el futuro de sus dos hijos, tomó la decisión más difícil de todas: marcharse y empezar de nuevo.
Con Samuel y Rodrigo como su única fuerza, Verónica deberá reconstruir su vida desde cero, enfrentándose a sus miedos, a un pasado que insiste en perseguirla y a un hombre que solo entenderá lo que perdió cuando ya sea demasiado tarde.
Porque a veces la vida primero te rompe… para después enseñarte a renacer.
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Aprender.
Los días comenzaron a pasar… pero no se hicieron más fáciles. Verónica lo entendió muy pronto.
Salir de aquella casa había sido solo el primer paso. El más difícil, sí… pero no el único. Porque ahora venía lo que nadie le explicó: aprender a sostenerse cuando todo alrededor parecía inestable.
Esa mañana, como tantas otras desde que había llegado, despertó antes que todos. El calor del cuarto era denso, y el ventilador apenas lograba mover el aire. Sus hijos dormían juntos en un colchón improvisado en el suelo, abrazados, ajenos al peso que su madre cargaba en el pecho, ella también había dormía ahí con ellos.
Verónica se incorporó lentamente, observándolos en silencio.
—Todo va a estar bien… —susurró, más para convencerse a sí misma que a ellos.
Cerró los ojos y agradeció a Dios esa nueva oportunidad de vidas, agradeció y pidió por sus hijos.
Luego tomó su celular y ahí estaban.
Los mensajes. Todos de Héctor. Su corazón se tensó al abrir la conversación.
"Así que te crees muy valiente, ¿no?"
"A ver cuánto duras sin mí."
"Te vas a morir de hambre con esos niños."
"Regresa antes de que sea peor."
"Eres una mala madre, una buena no aparta a sus hijos de su padre"
Verónica tragó saliva. Sus ojos se humedecieron, pero no respondió. Dejó el celular a un lado, quería bloquearlo. Lo había pensado tantas veces, pero no podía. No mientras fuera el padre de sus hijos. No mientras Samuel y Rodrigo quisieran hablar con él y eso… era lo que más le dolía porque Héctor podía ser cruel con ella... Pero con sus hijos... Era otro hombre o por lo menos lo intentaba. Pero también le daba rabia que Héctor no se daba cuenta que ese castigo que le estaba infligiendo a ella, también estaba afectando a los niños.
...
—Mami… —la voz adormilada de Rodrigo la hizo girarse— ¿ya es de día?
Verónica sonrió de inmediato, limpiándose el rostro con rapidez.
—Sí, mi amor. Ya casi.
Samuel se sentó, frotándose los ojos.
—¿Hoy también vamos al colegio nuevo?
—Sí —respondió ella con suavidad—. ¿No te gusta?
El niño dudó un momento.
—Sí… pero extraño el otro.
Verónica se acercó y lo abrazó.
—Es normal… todo es nuevo ahora. Pero verás que poco a poco te vas a sentir mejor.
Rodrigo intervino con una sonrisa.
—A mí me gusta… tengo un nuevo amigo que se llama Mateo.
Eso le arrancó una pequeña risa.
—¿Ah sí? ¿Y ya son mejores amigos?
—Sí —respondió con seguridad—. Me prestó un lápiz.
Samuel rodó los ojos.
—Eso no te hace mejor amigo…
—¡Sí hace! —replicó Rodrigo.
Verónica los miró discutir y, por un instante… todo se sintió un poco más ligero.
Después de alistarlos, les sirvió el desayuno con lo poco que había. Pan, huevo y café con leche.
Su madre apareció en la cocina.
—Buenos días, hija.
—Buenos días, mamá.
—¿Cómo amaneciste?
Verónica dudó un segundo.
—Bien… —respondió, aunque ambas sabían que no era del todo cierto.
Su madre la observó en silencio, pero no insistió.
—Hoy salgo más temprano —añadió—. Voy a estar con… —hizo una pausa breve— con Manuel.
Verónica asintió.
Sabía que su madre había comenzado una nueva relación. Y aunque el hombre no le había dado motivos para desconfiar… no podía evitar sentirse incómoda.
No después de todo lo que vivió con su antiguo padrastro.
—Está bien —respondió simplemente.
Dejó a los niños en el colegio. Se agachó frente a ellos antes de que entraran.
—Pórtense bien, ¿sí?
—Sí, mami —respondieron al unísono.
Rodrigo la abrazó.
—Te amo mucho.
—Yo más, mi amor.
Samuel también la abrazó, más reservado.
—Nos vemos después.
Verónica besó sus frentes.
—Que Dios los bendiga y los guarde.
Los vio entrar y cuando desaparecieron tras la puerta… la realidad volvió a caer sobre ella.
Caminó por varias calles preguntando por trabajo. Entró a tiendas, a casas, a pequeños negocios.
—Buenos días… ¿están necesitando ayuda?
Las respuestas fueron siempre las mismas.
—No, gracias.
—Ya tenemos a alguien.
—Déjanos tu número.
Pero nadie llamaba.
Al segundo día fue igual, Pero al tercero…
—Sí, estamos buscando —le dijo una mujer desde la puerta de una casa.
El corazón de Verónica dio un salto.
—¿En serio?
—Sí… para oficios varios. De siete de la mañana a tres de la tarde.
—¿Y el pago?
—Trescientos mil al mes.
El entusiasmo se desinfló lentamente. Verónica hizo cuentas en silencio.
—¿Incluye transporte? —preguntó con cuidado.
—No, eso corre por tu cuenta.
Pensó en el mototaxi. Uno del barrio le cobraría mínimo ciento cuarenta mil pesos al mes. Caso de la mitad del sueldo.
Respiró hondo.
—Lo siento… no me sirve.
La mujer encogió los hombros.
—Entonces suerte.
Y cerró la puerta.
Esa tarde, sentada en la pequeña sala, Verónica miraba su celular.
Abrió Nequi. El dinero seguía bajando poco a poco. Como un reloj en cuenta regresiva.
Suspiró.
—¿Y ahora qué hago…? —murmuró.
Intentó escribir.
Abrió la aplicación donde publicaba su novela.
Leyó los comentarios.
"¿Cuándo actualizas?"
"La historia está buenísima, no la dejes así."
"Qué falta de compromiso con los lectores."
"Ánimo, autora, aquí esperamos."
"Por eso es que odio leer novelas en emisión"
"Siempre es lo mismo"
"Queridos compañeros de lectura, tengamos paciencia con nuestra autora, ella siempre termina sus novelas"
Su pecho se apretó.
Abrió el grupo y escribió:
"Hola… sé que he estado ausente. Estoy pasando por un momento difícil. Me estoy separando, cambié de ciudad y estoy tratando de organizar mi vida y la de mis hijos. Gracias a quienes siguen aquí. Volveré pronto."
Se quedó mirando el mensaje unos segundos y lo envió.
Esa noche, después de que los niños se durmieron, Verónica se quedó sentada en el borde del colchón.
El silencio era pesado. Sus pensamientos aún más.
Tomó el celular en el que había otro mensaje de Héctor.
"Te doy una semana. Después no vengas a rogar."
Verónica dejó caer el teléfono y las lágrimas comenzaron a rodar en silencio.
Como siempre.
Se llevó las manos al rostro.
—Dios mío… ayúdame… —susurró.
Se sentía cansada, perdida, asustada. Pero rendirse no era una opción.
Miró a sus hijos dormidos y eso fue suficiente. Se secó las lágrimas, respiró profundo y aunque por dentro se estaba rompiendo se obligó a ser fuerte.
Porque ellos lo eran todo.
Observó la habitación, no tenía una cama en donde sus hijos pudieran dormir cómodos. La ropa le había tocado organizarla en cajas porque no tenía un closet, compartía la habitación con su hermana menor de 16 años quien a veces se dormía temprano, otras veces lo hacía tarde chateando o viendo videos en su celular y ella no se atrevía a decir nada.
Rosa esta novela con esta trama de superación me fascinó te felicito gracias por compartir tu talento con todas las lectoras que Dios te bendiga siempre saludos desde 🇻🇪🤗😘🙏🏻🌷
🥰
bendiciones