"A veces, el final de un matrimonio es solo el prólogo de tu verdadera historia de amor."
A sus 40 años, Elena creía tener la vida perfecta: un matrimonio sólido de dos décadas y una posición social envidiable. Todo se derrumba la noche en que descubre que su esposo, el frío y calculador Julián, no solo le es infiel, sino que planea dejarla en la ruina para iniciar una nueva vida.
Humillada y al borde del abismo, Elena decide que no será la víctima de esta historia. En su camino hacia la libertad, aparece Gabriel, un hombre mucho más joven, audaz y peligrosamente encantador, que ve en Elena la pasión y el fuego que Julián intentó apagar durante años.
Mientras Elena orquesta su venganza contra el hombre que la traicionó, deberá enfrentar sus propios prejuicios: ¿Es demasiado tarde para volver a amar? ¿O es este el momento perfecto para descubrir quién es ella realmente?
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capitulo 24
El zumbido del secador de pelo es lo único que amortigua los gritos que suben desde la planta baja. Julián y Rebeca están discutiendo de nuevo. Es una melodía extraña, casi rítmica, que se ha vuelto el ruido de fondo de esta casa desde que decidí dejar de ser la alfombra sobre la que ambos caminaban. Me miro al espejo y no reconozco a la mujer que me devuelve la mirada, pero por fin me gusta.
He dejado atrás las ondas perfectas y el rubio ceniza que Julián consideraba "distinguido". Ahora mi pelo es corto, oscuro, con un corte desfilado que me da un aire peligroso, casi felino. Me pinto los labios de un rojo tan intenso que parece sangre fresca. Hoy no soy la esposa abnegada que espera un diagnóstico; hoy soy el incendio que ellos mismos provocaron al creer que podían pisotear mis cenizas.
Me pongo el vestido que compré hace dos días. Es de seda negra, con una caída que se desliza por mi cuerpo como una caricia prohibida. Tiene una abertura lateral que llega casi hasta la cadera y una espalda tan descubierta que me hace sentir desnuda y poderosa al mismo tiempo. Es un vestido que grita "mírame", algo que la antigua Elena habría escondido en el fondo del armario por miedo a las críticas de su marido.
Escucho que la puerta de mi habitación se abre. No me molesto en girarme. El olor a colonia cara y arrogancia lo delata antes de que hable.
—¿A dónde crees que vas vestida así? —La voz de Julián es un latigazo.
Me termino de poner un pendiente de plata, ajustándolo con una calma que sé que lo desquicia. Me giro lentamente, apoyando una mano en el tocador. Julián está de pie en el umbral, con la corbata deshecha y esa expresión de dueño ultrajado que tanto le gusta lucir últimamente.
—Voy a salir, Julián. Pensé que te resultaría obvio.
—¿A salir? Son las nueve de la noche. Tienes una enfermedad degenerativa, por si se te ha olvidado entre tanta compra compulsiva y tanto cambio de imagen ridículo. Deberías estar en la cama, descansando, no exhibiéndote como una...
—¿Como una qué? Termina la frase —le reto, dando un paso hacia él. Los tacones de diez centímetros me permiten mirarlo casi a los ojos—. ¿Como una mujer libre? ¿Como alguien que no te pide permiso para respirar? Lo que tú llamas descanso, yo lo llamo entierro en vida. Y no pienso pasar mis últimos meses esperando a que tú y tu amante decidáis qué hacer con mis restos.
Él aprieta los puños. Veo la vena de su frente latir. Es la primera vez en nueve años que no retrocedo ante su ira, y el shock en su rostro es una droga deliciosa.
—Rebeca está abajo llorando porque le has dicho que este cuarto le quedará grande cuando yo no esté. Tienes una crueldad que no te conocía, Elena.
—Se llama honestidad, Julián. Deberías probarla alguna vez. Y dile a Rebeca que si quiere llorar, que lo haga sobre las sábanas de seda que tú le compraste con el dinero de nuestra cuenta común. Yo tengo mejores cosas que hacer.
Paso por su lado, rozando su brazo con el mío. Siento cómo se tensa, cómo su respiración se acelera. Sé que, a pesar de su odio, hay una parte de él que no puede dejar de mirarme. Porque ahora que ya no soy suya, soy más interesante que nunca.
Bajo las escaleras y encuentro a Rebeca sentada en el sofá, con un pañuelo en la mano y esa barriga que exhibe como un escudo de armas. Me mira con una mezcla de envidia y terror. Yo no digo nada. Simplemente salgo por la puerta principal, subo a mi coche y arranco, dejando atrás la mansión que ya no siento como un hogar, sino como un decorado mal construido.
Conduzco hacia el estudio de Gabriel. La ciudad de noche se ve distinta desde que él está en mi vida. Las luces de neón tienen más color, el aire parece más ligero. Gabriel no sabe quién soy realmente; para él, soy una mujer misteriosa con una tristeza antigua y un fuego nuevo. Y me gusta que sea así. Con él, no tengo que ser "la enferma" ni "la cornuda".
Llego a la zona de almacenes. El estudio de Gabriel está en una antigua fábrica de techos altos y ventanas inmensas. Cuando subo por el montacargas y las puertas se abren, lo veo. Está de espaldas, trabajando en un lienzo enorme bajo una luz cenital. Lleva unos pantalones manchados de óleo y una camiseta negra que se ajusta a sus hombros. La música suena baja, un jazz melancólico que parece envolverlo todo.
Se gira cuando escucha mis pasos. Se queda quieto, con el pincel en la mano, y su mirada recorre mi vestido, mi pelo, mi desafío.
—Vaya —susurra, y su voz suena como una caricia—. Sabía que eras hermosa, pero hoy... hoy pareces una declaración de guerra.
—Es exactamente lo que soy, Gabriel.
Me acerco a él. El olor a pintura, trementina y a su propia piel me embriaga. Gabriel deja el pincel y se limpia las manos con un trapo, sin dejar de mirarme a los ojos. Hay una intensidad en él que Julián nunca tuvo. Julián era control; Gabriel es pasión desbordada.
—¿Por qué ese vestido hoy? —pregunta, acortando la distancia entre nosotros.
—Porque me cansé de esconderme. Porque cada vez que me miro al espejo, recuerdo que el tiempo no espera a nadie. Y porque quería que me vieras así.
Gabriel levanta una mano y roza mi mejilla con sus dedos, todavía con restos de pintura azul. El contraste de su piel áspera contra la mía me hace estremecer.
—Te veo, Elena. Te veo más que a nadie. Pero hay algo en ti hoy que me asusta un poco. Es como si estuvieras despidiéndote de algo.
—Me estoy despidiendo de la mujer que permitía que otros escribieran su historia —le digo, inclinándome hacia él—. ¿Quieres pintar algo de verdad hoy? Olvida el lienzo. Olvida el arte estático. Enséñame a sentir que este cuerpo todavía me pertenece.
Gabriel no responde con palabras. Me toma por la cintura y me atrae hacia él. Sus labios encuentran los míos con una urgencia que me devuelve la vida. No es un beso delicado; es un reclamo. Es el fuego que necesitaba para quemar los últimos restos de mi pasado. En sus brazos, la mansión, el diagnóstico, Julián y su amante desaparecen. Solo existe el roce de la seda contra su piel, el sabor a libertad y el latido desbocado de mi propio corazón.
Nos movemos hacia el sofá gastado que tiene en un rincón. Gabriel me mira como si fuera la obra maestra que ha estado esperando toda su vida. Sus manos recorren mi espalda descubierta, trazando el mapa de mi columna vertebral como si estuviera aprendiendo un idioma nuevo.
—Eres increíble —susurra contra mi cuello—. No sé de dónde vienes, ni qué secretos guardas en esa casa de la que nunca hablas, pero te juro que nunca he sentido nada igual.
—No pienses, Gabriel. Solo... no me dejes volver a ser de piedra.
Pasamos horas allí, en la penumbra del estudio, rodeados de cuadros que parecen observarnos. Por primera vez en nueve años, mi cuerpo no es un campo de batalla ni un objeto de transacción. Es placer puro. Es una rebelión contra la muerte que se supone que me habita. Gabriel me trata con una ternura que me hace querer llorar, pero también con un hambre que me hace sentir poderosa.
Cuando el sudor se enfría y nos quedamos envueltos en una manta, mirando las estrellas a través del ventanal del techo, el silencio es cómodo. Gabriel juega con un mechón de mi pelo.
—Quédate conmigo —dice de repente—. No vuelvas a donde sea que vayas cada noche. Sea lo que sea que te ate a esa vida, rómpelo. Yo no tengo mucho, pero este espacio es tuyo si lo quieres.
Siento una punzada de dolor en el pecho. Me encantaría decirle que sí. Me encantaría desaparecer en este almacén y dejar que el mundo exterior se devore a sí mismo. Pero no puedo. Mi abuela todavía está en ese hospital que Julián paga. Mis papeles todavía dicen que soy su esposa. Y la venganza... la venganza es un plato que todavía estoy cocinando.
—No puedo, Gabriel. No todavía. Hay cosas que tengo que terminar.
—¿Qué cosas? Elena, estás huyendo de algo, lo veo en tus ojos cada vez que suena el teléfono. Déjame ayudarte.
—Nadie puede ayudarme con esto. Es algo que tengo que hacer sola. Pero te prometo que cada vez que esté aquí, seré solo tuya.
Me levanto y me empiezo a vestir. El vestido de seda se siente frío ahora. Gabriel se queda sentado, observándome con una mezcla de tristeza y admiración. Sé que lo estoy lastimando, que mi misterio es una barrera que no lo deja entrar del todo, pero es la única forma de protegerlo. Si Julián se entera de que existe, usará todo su poder para aplastarlo. Y no pienso permitir que ensucien lo único puro que me queda.
Vuelvo a casa cuando el cielo empieza a clarear con ese tono grisáceo previo al amanecer. Entro en la mansión en silencio, con los zapatos en la mano. Pero Julián no está en la cama. Está sentado en el primer escalón de la escalera principal, con una botella de whisky a medio vaciar y los ojos rojos.
—Has tardado mucho —dice, y su voz suena arrastrada, peligrosa.
—¿Qué haces aquí, Julián? Deberías estar durmiendo con tu familia feliz.
Se levanta, tambaleándose un poco, y camina hacia mí. Me agarra del brazo con una fuerza que me va a dejar marca.
—Hueles a otro hombre —escupe, acercando su cara a la mía—. Hueles a pintura y a sexo barato. ¿Crees que no lo sé? ¿Crees que soy estúpido? Te he puesto un rastreador en el coche, Elena. Sé exactamente dónde has estado. En un almacén mugriento en la zona industrial.
Mi corazón da un vuelco, pero mantengo la mirada fija en la suya. No voy a mostrar miedo. Ya no.
—¿Y qué vas a hacer, Julián? ¿Vas a divorciarte de mí? Adelante. Hazlo. Nada me haría más feliz que firmar esos papeles ahora mismo.
—No —dice él, con una sonrisa malvada que me hiela la sangre—. No voy a divorciarme de ti. Eso sería demasiado fácil. Voy a dejar que te pudras en esta casa. Voy a quitarte el coche, voy a quitarte las tarjetas y voy a asegurarme de que ese artista muerto de hambre no vuelva a ver la luz del día si te acercas a él de nuevo.
Me suelto de su agarre de un tirón.
—Tócale un solo pelo, Julián, y juro que lo último que haré antes de morir será prenderle fuego a todo lo que amas. Tu empresa, tu reputación, tus contactos... tengo copias de cada contrato ilegal que has firmado en los últimos cinco años. Están en una caja de seguridad. Si me pasa algo a mí o a él, los documentos saldrán a la luz.
Julián se queda lívido. No esperaba que yo tuviera pruebas. Siempre pensó que yo era demasiado tonta o demasiado distraída para fijarme en sus negocios.
—Estás mintiendo —sisea.
—Pruébame —le respondo, subiendo las escaleras sin mirar atrás—. Y ahora, apártate de mi camino. Tengo que ducharme para quitarme el olor a este matrimonio podrido.
Entro en mi habitación y cierro la puerta con llave. Me apoyo contra la madera, temblando por fin. La guerra ha escalado. Julián ya no solo es un marido infiel; es una amenaza directa. Miro por la ventana cómo sale el sol y me prometo que, pase lo que pase, no dejaré que me gane.
Tomo mi teléfono y veo un mensaje de Gabriel: "He empezado un nuevo cuadro. Solo tiene tus ojos. Vuelve pronto".
Sonrío entre lágrimas. Julián cree que tiene el control porque tiene el dinero y el poder, pero no entiende que yo ya no tengo miedo. Y una mujer que no tiene miedo y que tiene un motivo para luchar es algo que su mente cuadriculada nunca podrá comprender.