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Solo Es Mi Guarura

Solo Es Mi Guarura

Status: En proceso
Genre:CEO / Cambio de Imagen
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Yurle

Isabella Anderson siempre ha tenido el control de su vida: su apellido, su posición y cada decisión que toma. Para ella, Nicolás era solo eso… su guarura. Alguien más en su mundo, alguien que debía mantenerse en su lugar. Nicolás Miller, en cambio, no encajaba en esa etiqueta. Seguro de sí mismo, reservado y con un mundo mucho más grande del que Isabella imaginaba, empezó a romper cada idea que ella tenía sobre él. Entre miradas que dicen más que las palabras, discusiones cargadas de orgullo y una tensión imposible de ignorar, ambos comienzan a cruzar una línea que nunca debió existir. Porque a veces, lo más peligroso no es lo que pasa… sino lo que empiezas a sentir por quien juraste no mirar. Y es ahí donde la verdad pesa más: nunca fue solo su guarura.

NovelToon tiene autorización de Yurle para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Isabella ingresó a la casa para comer y, pasados unos cinco minutos, Nicolás entró buscándola.

—Señorita Anderson —mencionó al verla sentada en el comedor.

Ella volteó con comida en la boca y, al notar la escena, soltó una pequeña risa bajando la cabeza, un poco apenada.

Nicolás se sentó a su lado sin pedir permiso. Isabella terminó de masticar y, sin mirarlo del todo, le dijo:

—¿Qué? Me incomodas, vete al jardín.

—¿Me estás echando? —respondió él fingiendo desconsuelo, llevándose una mano al pecho—. Al parecer hoy estás echando a los hombres de tu vida… bueno, aunque conmigo no eres nada, pero tu noviecito… qué mal por él.

—¿Mi noviecito? —replicó ella alzando una ceja mientras tomaba el vaso.

—Ese que es todo eufórico —añadió Nicolás, mirándola de reojo.

Isabella dejó el vaso con calma y se cruzó de brazos, divertida.

—¿Por qué siento que siempre que te refieres a él se te notan unos celos innegables?

—Porque los siento —dijo él bajando ligeramente la mirada.

El corazón de Isabella se aceleró al instante, pero lo disimuló adoptando una expresión firme, casi desafiante.

—Pero son celos de escolta, ¿no? Y tú ya no lo eres. Eso dejémoselo a Daniel y al otro que ni recuerdo cómo se llama —añadió con aparente indiferencia antes de volver a beber.

Luego, intentando retomar el control, soltó:

—Nicolás, déjame comer, que contigo aquí me siento incómoda.

Él soltó una risa baja, inclinándose un poco hacia ella.

—¿Qué? ¿Te has puesto nerviosa, Isabella?

—Señorita Anderson para ti —lo corrigió de inmediato.

Nicolás hizo un ademán de rendición.

—Pues para mí todo lo que quiero.

Ella lo miró fijamente, en tono de advertencia:

—Nicolás.

—Isabella… —respondió él, sosteniéndole la mirada—. Perdón, señorita Anderson.

Hubo un pequeño silencio cargado de tensión.

—A propósito, tú tenías algo pendiente por decirme, ¿no? ¿O ya no? —preguntó ella, intentando sonar casual.

—Mmm… sí tenía, o bueno, tengo. Pero no sé si sea lo que quieras ahora —respondió él con calma—. Además, tu novio se puede enojar.

Isabella rodó los ojos, exasperada.

—Nicolás, tú sabes que Mateo no es mi novio, ya para con eso.

—Con esa llegada dan a entender todo lo contrario, señorita Anderson.

Ella lo fulminó con la mirada, pero aun así terminó explicándole brevemente por qué había llegado con Mateo. Al final, negó con la cabeza.

—No entiendo por qué te estoy dando explicaciones a ti.

—Porque me las debías —respondió él, serio pero con un deje divertido.

—¿Te las debía? —repitió ella, desconcertada.

Nicolás la miró directo, sin rodeos esta vez.

—Bueno… respondiendo a tu anterior pregunta: sí, siento celos de ese eufórico dramático que se me hace más niña que niño… y no son celos de “escolta”. Son celos de hombre… porque tú me gustas.

El mundo de Isabella pareció detenerse por un segundo. En el fondo, alguna vez imaginó que algo así podía pasar… pero vivirlo así, de frente, sin filtros, era completamente distinto.

Se quedó en silencio, asimilándolo.

Nicolás continuó al notar su reacción.

—Eso era lo que intenté decirte aquel día en la oficina. Cuando me enteré del asado, decidí hacerlo mejor en persona. Sabía que podía estar equivocándome… incluso humillándome, porque no tengo certeza de ser correspondido… pero igual quise decirlo. Me juego la carta y, si no soy correspondido, está bien. No pasa nada.

Isabella lo miró, aún procesando todo.

—¿Y por eso te alejaste? ¿Y renunciaste a ser mi escolta? No entiendo…

Negó levemente con la cabeza, confundida.

—Porque si a alguien le gusta otra persona… y está interesado… —continuó ella, tratando de ordenar sus ideas—, ¿cómo se aleja y luego vuelve a decirle esto? No entiendo tu manera de ver las cosas.

Nicolás soltó el aire despacio antes de responder.

—Porque sentía que no estaba teniendo el control… y porque sentía que no tenía oportunidad. A pesar de las miradas, de la tensión… nunca me diste a entender nada.

Isabella sostuvo su mirada, más seria ahora.

—¿Y por qué ahora quieres jugarte la carta?

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