¿Qué harías si la única persona que puede salvarte es un "fantasma" que solo tú puedes ver?
Hades está en coma, pero su espíritu está atrapado en el mundo de los vivos, atado a Ela por un hilo rojo incandescente. Él busca una salida; ella busca una razón para seguir adelante. Están anclados el uno al otro en una lucha desesperada contra el destino. Juntos deberán enfrentar los nudos de dolor que los unen antes de que sea demasiado tarde. Una historia sobre la vida, la muerte y el poder de una conexión que no se puede romper.
Descubre "Rojo destino: El último nudo", una novela donde el amor es la única luz en la oscuridad del vacío.
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El pacto.
La ubicación que Bastián había enviado a través de Hades no era un lugar lujoso, sino todo lo contrario. Se trataba de una antigua propiedad de la familia Lombardi, una vieja casona de ladrillos a la vista oculta tras un muro de hiedra y descuido en las afueras de la ciudad. El jardín estaba devorado por la maleza y las ventanas, aunque intactas, reflejaban una soledad absoluta.
Isela llegó al lugar mientras el sol empezaba a caer, pintando el cielo de un tono violeta sucio. Llevaba consigo la información que Hades había extraído del teléfono de Miller en la cena de la noche anterior.
—Él está adentro, Ela —susurró Hades. Su presencia se sentía más densa en ese lugar cargado de historia—. Puedo detectar su dispositivo, pero no hay señales de seguridad de Vittorio. Este lugar es un punto ciego para los Lombardi.
Isela empujó la pesada puerta de madera, que cedió con un gemido sordo. El interior olía a papel viejo y a encierro. En el centro del salón, sentado en un sillón de cuero desgastado y rodeado de monitores portátiles, estaba Bastián. Ya no vestía su ropa impecable del instituto; se veía cansado, con el cabello revuelto y la misma mirada sombría que Isela había visto en el depósito.
—Viniste —dijo Bastián sin levantar la vista de su pantalla—. Arriesgado de tu parte, considerando que mi padre tiene ojos en cada esquina.
—Tú me enviaste la ubicación, Bastián —respondió Isela, dando un paso adelante. El hilo rojo en su pecho vibró con una frecuencia extraña, como si reconociera la energía de Bastián—. Y después de lo que hiciste en el depósito, supuse que podíamos hablar.
Bastián finalmente la miró. Sus ojos, usualmente gélidos, mostraban una vulnerabilidad que intentaba ocultar tras su inteligencia.
—No te ayudé por caridad, Novak. Lo hice porque mi padre cree que es un dios, y los dioses necesitan recordar que son mortales. Miller es su perro faldero, un peón útil pero descartable. Lo que robaste anoche de su teléfono... ¿ya lo viste?
Isela asintió y se sentó frente a él. Hades proyectó una luz azul sobre la mesa, mostrando los archivos que habían procesado durante la madrugada.
—Hades encontró carpetas encriptadas que Miller guardaba como un seguro de vida. No solo hay registros de droga. Hay informes médicos sobre tu madre, Bastián.
El silencio que siguió fue tan pesado que Isela pudo escuchar el zumbido de los servidores portátiles. Bastián se puso de pie, caminó hacia una de las ventanas y apretó la mandíbula.
—Mi madre no murió por una enfermedad natural, como dice el acta oficial que mi padre firmó —dijo Bastián con una voz quebrada por el odio contenido—. Ella era demasiado sensible, demasiado humana para el mundo de Vittorio. Cuando ella empezó a cuestionar de dónde venía el dinero para las campañas políticas y los laboratorios, él decidió que su "fragilidad mental" era un peligro. La encerró en una clínica privada de los Villafañe. La llenaron de esa misma droga azul, pero en dosis experimentales, hasta que su corazón no aguantó más.
Isela sintió un escalofrío. La crueldad de Vittorio Lombardi no tenía límites; había usado a su propia esposa como un sujeto de prueba para proteger su imperio.
—Miller fue el encargado de "limpiar" la escena en la clínica —continuó Bastián, dándose la vuelta para enfrentar a Isela—. Igual que limpió la escena de tu padre, Julián. Miller es el hombre que borra las huellas de los Lombardi.
—Entonces estamos en el mismo bando —dijo Isela, poniéndose de pie. Se acercó a Bastián y, por primera vez, sintió que no era la única que cargaba con el peso de los muertos—. Tu padre mató a mi padre porque él sabía la verdad sobre la droga. Y mató a tu madre porque ella no pudo soportar esa misma verdad.
—Por eso estoy aquí —Bastián señaló sus monitores—. Llevo años construyendo un sistema para hackear las cuentas bancarias de mi padre en el extranjero, pero necesitaba el código de acceso físico que solo Miller tiene en su transmisor de seguridad. El que usó anoche en la cena.
—Hades lo tiene —intervino Isela, y la figura azul del chico apareció junto a ella, mirando a Bastián con una mezcla de respeto y precaución—. Lo interceptamos cuando Miller atendió la llamada de emergencia que tú mismo provocaste para distraerlo.
Bastián miró a Hades. Aunque no podía verlo con la misma claridad que Isela, su dispositivo de detección captaba la anomalía.
—Eres un genio, Novak. O quien sea que esté detrás de esa inteligencia que te acompaña. Juntos tenemos lo que hace falta. Yo tengo el acceso al corazón financiero de los Lombardi, y tú tienes las pruebas gráficas del depósito y los registros de Miller.
—Pero no es suficiente con una denuncia, Bastián —advirtió Isela—. Tu padre es dueño de los jueces.
—No vamos a denunciarlo —respondió Bastián con una sonrisa gélida que recordaba a la de su padre, pero con una intención noble—. Vamos a destruirlo. Vamos a vaciar sus cuentas, exponer sus laboratorios y dejar que sus socios se encarguen de él cuando se den cuenta de que ya no tiene poder para protegerlos. Mi padre morirá por la misma codicia que lo creó.
Isela miró a Hades y luego a Bastián. Por primera vez en once meses, la justicia no parecía un sueño lejano, sino una posibilidad real. El hilo rojo brilló con una fuerza renovada, extendiéndose no solo hacia Hades, sino vibrando en dirección al nuevo aliado que el destino le había puesto frente a ella.
—Es un pacto, entonces —dijo Isela, extendiendo su mano hacia Bastián.
Bastián la estrechó con firmeza. Sus manos estaban frías, pero su determinación quemaba.
—Es un pacto de cenizas, Isela. Porque cuando terminemos con ellos, no va a quedar nada de su mundo en pie.
Isela salió de la casona con una sensación de propósito que la hacía sentir más fuerte que nunca. Mientras caminaba por el jardín abandonado, Hades caminaba a su lado, en silencio.
—Ten cuidado, Ela —susurró él—. Bastián tiene sus propios demonios. Pero tienes razón en algo: para derribar a un monstruo, a veces hace falta unirse a otro.
Isela asintió, mirando hacia el horizonte donde las luces de la ciudad empezaban a brillar. El juego había cambiado. Ya no era una adolescente buscando respuestas; era parte de una conspiración que estaba a punto de hacer arder los cimientos de la familia más poderosa del país.