A los quince años, Daniel escribió un cuaderno con reglas para tener éxito antes de los veinticinco. Ocho años después lo encuentra por accidente… y descubre que no cumplió ninguna.
Con su vida estancada, sin dinero y con más dudas que certezas, decide intentar seguir esas reglas aunque ya sea tarde. Entre intentos fallidos, situaciones absurdas, amistades caóticas y un romance inesperado, Daniel descubrirá que crecer no es tan ordenado como imaginaba… y que equivocarse también puede ser parte del camino.
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Capítulo 24 — Cuando ya no es equipo
Daniel no durmió bien.
No porque tuviera mucho que hacer.
Sino porque no podía dejar de pensar en una sola cosa:
“Revisión individual.”
El profesor no lo dijo como amenaza.
Pero sonó como una.
Y en su cabeza… eso se convirtió en otra cosa.
Comparación.
Medición.
Competencia directa.
A la mañana siguiente, llegó temprano.
Otra vez.
Se sentó en su lugar.
Miró al frente.
Esperando.
Valeria llegó unos minutos después.
—Hey.
—Hey.
Se sentó a su lado.
—¿Dormiste?
Daniel negó con la cabeza.
—Más o menos.
—Yo tampoco.
Silencio.
—¿Te preocupa lo de hoy? —preguntó ella.
Daniel dudó.
—Un poco.
Valeria suspiró.
—A mí también.
—Pero vamos bien —añadió rápidamente.
Daniel asintió.
—Sí… vamos bien.
Pero no sonaba tan convencido.
David llegó justo antes de que empezara la clase.
Tranquilo.
Como siempre.
Se sentó.
Abrió su laptop.
Y no dijo mucho.
Eso… tampoco ayudaba.
El profesor entró.
—Bien —dijo—. Vamos a comenzar.
El ambiente cambió.
Se volvió serio.
Más pesado.
—Quiero ver qué ha hecho cada uno.
—No como equipo.
—Como individuo.
Ahí estaba.
Directo.
Sin filtro.
—Valeria —dijo el profesor—. Empieza tú.
Valeria se levantó.
Explicó su parte.
Clara.
Ordenada.
Segura.
El profesor asintió.
—Bien.
—Muy bien.
Se sentó.
Daniel sintió alivio por ella.
Pero también…
Presión.
—David.
David se levantó.
Y empezó.
Y ahí fue donde todo se complicó.
Porque David no solo explicó su parte.
Explicó más.
Mucho más.
Detalles.
Análisis.
Extras.
Cosas que no habían acordado mostrar aún.
Daniel frunció el ceño.
Valeria también lo notó.
Pero ya era tarde.
—Excelente —dijo el profesor—. Eso es exactamente lo que busco.
Daniel sintió ese pequeño golpe.
Otra vez.
Ese mismo de siempre.
—Daniel.
Su turno.
Se levantó.
Caminó al frente.
Respiró.
Y empezó.
Explicó su parte.
Como lo había hecho antes.
Claro.
Real.
Con ejemplos.
Pero mientras hablaba…
Sabía algo.
No era lo mismo.
No tenía ese “extra”.
No tenía ese impacto académico que David había mostrado.
Terminó.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
—Bien —dijo el profesor finalmente.
No “muy bien”.
No “excelente”.
Solo…
—Bien.
Daniel asintió.
Se sentó.
Y en ese momento…
Sintió algo que no había sentido en días.
Que estaba perdiendo.
Después de la clase, salieron los tres.
Pero esta vez…
No caminaron juntos.
Valeria se acercó a Daniel.
—Oye.
—¿Qué?
—Estuvo bien.
Daniel soltó una risa corta.
—No fue suficiente.
—No digas eso.
—Valeria…
Ella lo miró firme.
—No todo es lo que dijo el profesor.
—Pero importa.
Silencio.
Valeria bajó un poco la voz.
—David se adelantó.
Daniel la miró.
—¿Tú sabías?
—No.
Eso lo calmó… un poco.
Pero no del todo.
David se acercó.
—Oigan.
Ambos lo miraron.
—Creo que fue bien.
Daniel no respondió.
Valeria habló:
—Te adelantaste.
David la miró.
—Quería asegurar que destacáramos.
Daniel soltó aire por la nariz.
—Claro.
David lo miró.
—¿Qué?
—Nada.
—Dilo.
Daniel dudó.
Un segundo.
Dos.
Pero esta vez…
No se quedó callado.
—No fue en equipo.
Silencio.
David cruzó los brazos.
—Era una evaluación individual.
—Sí —respondió Daniel—. Pero el proyecto no lo es.
Valeria miraba a ambos.
Otra vez.
La misma tensión.
Pero diferente.
Más madura.
Más directa.
David habló:
—Estoy haciendo lo necesario para ganar.
Daniel lo miró fijo.
—¿Y nosotros?
Silencio.
Pequeño.
Pero pesado.
David no respondió de inmediato.
Y eso…
Fue suficiente.
Esa tarde, Daniel no fue a la cafetería.
No tenía ganas.
No tenía cabeza para eso.
Llegó a su apartamento.
Se dejó caer en la silla.
Y, casi por inercia…
Sacó el cuaderno.
Lo abrió.
Buscó una regla.
Pero no encontró ninguna que encajara.
Porque esto…
No era sobre disciplina.
Ni sobre hábitos.
Era sobre otra cosa.
Así que escribió.
Regla #14:
Si alguien juega solo… deja de ser un equipo.
Se quedó mirando la frase.
Pensando en David.
Pensando en Valeria.
Pensando en sí mismo.
Porque esta vez…
No era solo inseguridad.
Era una línea.
Y alguien…
La estaba cruzando.
Esa noche, su celular vibró.
Mensaje de Valeria:
"Tenemos que hablar mañana."
Daniel miró la pantalla.
Suspiró.
—Sí… —murmuró—.
—Definitivamente.
Porque algo ya no estaba igual.
Y esta vez…
No iba a ignorarlo.